
La historia que hoy les traigo es de gente tan cool como el propio Lester Young, saxofonista de jazz, que fue -según cuentan- quien introdujo la moda de actuar de noche luciendo gafas de sol en un escenario para de impedir que nadie “viera sus cartas”, es decir, ocultar sus emociones y en definitiva para que nos entendamos, que no se le viera el plumero. De ahí pasó a un cierto estilo de vida que dicen los muy muy cool, próximo al estoicismo (no sé si nuestro Séneca estaría muy de acuerdo) que se traduce en tenerlo todo bajo control para así triunfar en la vida. Vamos algo así como Lady Gaga, Madonna y Cloony todos juntos. Bueno, a los demás que no tenemos esa vena artística y que básicamente somos del montón, siempre nos queda la posibilidad de contratar un coach que nos dé un empujoncito, eso sí, previo paso por caja.
Pues fíjense, esto que hoy nos parece la vanguardia de la vanguardia, ya estaba experimentado y aplicado mucho antes de nuestro siglo. Claro, sin los anglicismos que tanto gustan hoy día como distintivo inequívoco de actualidad y de formación (si no sabes inglés, eres un troglodita cavernícola). Pues los Papas de los que voy a hablar hoy, ni dominaban la lengua de Shakespeare ni necesitaron prácticas de coaching para brillar como Michael Jackson y ser los más cool de todo el medievo.
Serían las tres o las tres y media, cuando allá por el siglo XIII el Papa Celestino V harto ya de revueltas y del descontrol en su papado, presenta su renuncia a ser Papa. Pronto se reúnen los cardenales en cónclave para elegir a su sucesor. Rápidamente nombran a Benedetto Gaetani que tomó el nombre de Bonifacio VIII quien –como siempre sucede- empezó con el cuñadísimo a meter en el poder eclesiástico a su sobrino, a su otro sobrino, al vecino y al que pasa la página. Claro rápidamente se buscó muchos enemigos. Encima Felipe IV (sí, el hermoso, aquel que no tuvo un pelo de tonto y se casó con Juana de Castilla, hija de los Reyes Católicos) como rey consorte le dijo algo así como “tú serás el Papa, pero yo soy “el hermoso” y los tributos me los pagas a la corte”. Como es normal el Papa opuso resistencia y Felipe ya tomó cartas en el asunto en persona hasta que consiguió apresarlo con no sé cuántas denuncias (por hereje o algo así) y procuró por su cuenta que se nombrara a un Papa francés, Clemente V, al tiempo que forzó el traslado de la Santa Sede de Roma a Aviñón para tenerla cerquita.
Como ustedes pueden suponer en Roma se lió la de San Quintín (bueno de ésta ya hablaremos otro día, si eso) y empezó un tira y afloja entre Francia y Roma por disputarse la Sede. El sucesor de Clemente V fue Gregorio XI quien, aunque francés, dijo ya estar harto de vivir en Aviñón y que ya era hora de volver a Roma.
Empezó a tomar fuerza de nuevo la Ciudad Eterna, de tal modo que a Gregorio XI le sucedió rápidamente Urbano VI en un cónclave exprés con la presencia de solo 16 cardenales de los 22 que tenían que estar, y no es que hicieran novillos, no, es que no se esperó a que llegaran los cardenales que estaban en Aviñón (¡qué impacientes!), aunque desde luego influyó también el clamor del pueblo de Roma que no quería ya más papas franceses, y ¿qué hicieron éstos? Pues declarar nula la elección de Urbano VI y considerarlo ilegítimo, por lo que se reunieron y con el apoyo de Carlos V nombraron otro Papa, Clemente VII, que para su desgracia pasó a la historia como un Antipapa por la forma en que se eligió, supuestamente con presiones y atemorizados los cardenales del cónclave. Señores, pero con todo este lío ¿cómo no iba a comenzar el Cisma de Occidente?
Hasta aquí tenemos ya que coinciden en la historia dos papas, dos colegios cardenalicios y la cristiandad dividida. En esto que muere Clemente VII y se elige en Aviñón a Pedro de Luna como Papa en esa Sede, con el nombre de Benedicto XIII. Así con todas las escisiones, separaciones y divisiones llegó un momento en que existían hasta tres Papas: Gregorio XII, Juan XXIII (otro Antipapa) y ahora también el Papa Luna.
Como Benedicto XIII era súbdito de la Corona de Aragón, los franceses, que desconfiaban de su lealtad a su monarca, le retiraron la financiación, lo repudiaron y empezaron a presionarle para que abdicara. Pero el Papa Luna que no necesitaba recurrir a un coach para ganar confianza, sin anestesia, perseverante como buen aragonés, se enrocó, se puso a la jerarquía por montera y dijo aquello de que “Nos, non Possumus abdicare” vamos, que de Papa no le derrocaba ni un terremoto. Se mantuvo en sus trece (Benedicto XIII), se parapetó bajo la protección del rey Alfonso V de Aragón y, temeroso de recibir un ataque, trasladó su sede de Aviñón a España instalándose en el Castillo de Peñíscola, así, sin dudas ni vacilaciones permaneció impasible autoafirmándose como Papa. Eso sí que es tener confianza en sí mismo. Ya me dirán ustedes si no fue un Papa de lo más cool.
Naturalmente que si despierta su curiosidad, podrán recrearse en el Castillo de Peñíscola visitando el refugio del Papa Luna, antigua fortaleza de la Orden del Temple. Pero si lo que desean es observar el Báculo del Papa que empuñó su poder con decisión y perseverancia, pueden hacerlo en el Museo Arqueológico Nacional.

