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ENTRE TÚ Y YO

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Esther Egea Jueves, 04 de Noviembre de 2021 Tiempo de lectura:

 

Llegas a un restaurante y si el ambiente es cómodo, el camarero amable y la comida de calidad es bastante probable que repitas el local. Pero si hay mucho ruido, los camareros discuten entre ellos, son groseros contigo y la comida no te gusta es también bastante probable que no repitas.

 

Ahora imagina que el restaurante está en tu casa, donde tus hijos necesitan comida para saciar el hambre de alimentos pero también necesitan saciar el hambre psicológico de caricias. Y los padres  decidimos de nuestra carta de menús afectiva, saciar, empachar o malnutrir a nuestros hijos.

 

En un ambiente adecuado, con un buen menú de caricias positivas incondicionales, ya sean abrazos, ánimos o respeto,  con variedad de alimentos psicológicos y apoyo social; tu hijo estará bien alimentado. Pero si esto no ocurre, el niño que tiene hambre, buscará las caricias con otras conductas. Será obediente, ordenado o responsable condicionando “su bienestar” con conductas de lo que se espera de él. Pero, si además estas conductas adaptativas tampoco llevan a alcanzar lo que necesita, buscará entonces caricias negativas a través del castigo, ya sea con un comportamiento retador, pasivo, quejica o desordenado. Necesita llenar su batería de caricias para funcionar; si no son positivas, serán negativas, pero la llenará. La elección va a depender del menú de los padres y de los gustos y carácter del niño.

 

Al final todos necesitamos comer para estar alimentados pero no todos lo conseguimos de la misma manera. Todos necesitamos ser vistos o tenidos en cuenta pero no todos lo obtenemos igual. Los problemas de conducta, ya sea por exceso o por defecto,  por complacencia o por sufrimiento, por agrado o desagrado pueden estar detrás de la necesidad de alimentarse.

 

El hijo aprende desde pequeño las estrategias funcionales y disfuncionales de satisfacer su hambre y va a comer aunque el alimento engorde, no sea nutritivo o esté caducado. Y como se acostumbrará a alimentarse así para relacionarse, puede ir con sobrepeso o con falta de apetito en las relaciones con los demás.

 

Si me siento a la mesa a comer yo sé el hambre que tengo y lo que necesito comer para estar satisfecho. La medida está en mí. Si dependo del otro puede ser que me quede con hambre o me empache. A nivel psicológico, el umbral de caricias de cada hijo es diferente; unos tienen más hambre que otros, te demandan más y además les gustan más unos alimentos que otros, pero todos tienen que comer porque todos tienen hambre. La medida está en ellos.

 

Te propongo convertirte en Padre Nutricionista para ajustar el menú de caricias a las necesidades reales de tu hijo. Analiza qué está comiendo tu hijo en estos momentos para sentirse reconocido y valora sus necesidades alimenticias reales. Pueden ser besos, abrazos, escucha, comprensión o tiempo. Los hijos necesitan comer estímulos, ya sea deporte, bailar o hablar; necesitan sus referentes de autoridad que le den seguridad con normas, horarios regulares y límites claros de los que pueden y no pueden hacer.

 

Un hijo sano sabrá comer bien en las relaciones con los demás, pedirá comida si tiene hambre, comerá cuando lo necesite, comerá lo que necesite y rechazará alimentos psicológicos que le destruyen.

 

A María le entra mucho sol por el ventanal de mi despacho. Mira hacia el otro sillón para cambiarse porque no necesita comer más sol. Le paro y le pregunto por qué no me pide bajar la persiana si está cómoda en ese sillón. Se ha acostumbrado a un self-service en las relaciones con los demás; la incertidumbre de lo que yo pueda responder le lleva a renunciar a su comodidad aunque tiene claro que no quiere más sol. Se queda en su sillón y hablamos de pedir lo que necesita.

 

“Dime lo que comes y te diré quién eres”. Si las necesidades de aceptación, amor, estimulación, y reconocimiento se satisfacen adecuadamente, tu hijo tendrá una identidad realista y positiva, si no es así, será una personalidad autolimitada.

 

Un abrazo. Esther.

 

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