
En muchas ocasiones la realidad supera a la ficción, y nos cuesta creer más lo que vemos que lo que sentimos. Aquella tarde paseaba con Mariela por nuestra urbanización: los árboles se mecían suavemente mientras los gritos de los niños que jugaban en el parque cercano nos hacían recordar nuestros días de juventud. Tras enfilar la cuesta de la avenida, que serpentea sobre la colina que cierra la urbanización, un extraño sonido nos hizo detenernos. El ruido provenía del cielo, y levantamos la cabeza para buscar su procedencia. Lo que vimos nos paralizó: una enorme bola de fuego cruzó el horizonte, constante, como una magnífica estrella fugaz. Miré a Mariela para asegurarme de que lo que veía era real, y su cara denotaba su sorpresa. La bola de fuego desapareció al cabo de unos cuantos segundos, y como un misterio sin resolver, nos hizo mirarnos incrédulos. Nadie más al parecer lo había visto, y dudamos por un momento de que realmente hubiera pasado. Estábamos tan seguros de lo que habíamos visto que incluso adivinamos la imperceptible estela de humo que se había dibujado en el cielo. Cuando todo pasó, Mariela me dijo:
- ¿Has visto lo mismo que yo? -me preguntó atónita.
- Sí, sin duda -respondí.
- ¿Sabes lo que he pensado mientras ocurría? -continuó Mariela.
-Dime
-He pensado que el tiempo no existe. He podido recordar en esos segundos toda nuestra vida, nuestro pasado, y lo que es realmente aterrador, todo nuestro futuro.
Mariela me asustó. Tenía en su rostro una extraña mueca, la sombra de la certeza que llega de improviso, y pensé que no debía preguntar lo que al fin pregunté.
- ¿Y cómo es nuestro futuro?
Ella me miró fijamente, y tardó en contestar unos segundos, que fueron eternos para mí.
-Prefiero no contártelo.
Aquello me sobrecogió, y giré el rostro hacia el parque donde los niños corrían y gritaban. Seguimos caminando en silencio, hasta llegar al banco donde todas las tardes veíamos el atardecer. Me senté en mi sitio de costumbre, justo debajo del granado que los días de verano nos arrojaba su sombra como una lluvia fina. Mariela seguía callada, reflexiva, como si estuviera digiriendo una turbia premonición. Yo miré al horizonte, que se extendía en la lejanía entre los últimos rayos del sol que se posaban sobre la Alhambra, y pensé que no quería estar en ningún otro sitio que no fuera aquel, junto a Mariela, fuera lo que fuera que hubiera presentido. Entonces entendí que efectivamente el tiempo no existe si estás donde quieres estar y con quien quieres estar, y que fuera lo que fuera lo que la bola de fuego hubiera hecho entender a Mariela, mi sitio estaba allí, en ese banco, y con ella.
-No me lo cuentes -dije. No necesito saberlo.
Unos días más tarde Mariela murió. Así, de repente, como un huracán que aparece de improviso y pone todo boca abajo. Fue tan rápido y extraño que aún no lo creo, aun no puedo entenderlo. Pero sé con absoluta certeza que aquella bola de fuego que cruzó nuestras vidas aquella tarde fue la que anunció mi pérdida. Ahora todas las tardes, al pasar por el mismo sitio donde la vimos por primera vez, me detengo, esperando una nueva estrella que me anuncie su regreso, o mi marcha junto a ella.
NOTICIA QUE INSPIRA EL RELATO: “europrapress/andalucía: Una bola de fuego sobrevuela el cielo de Granada a 83.000 kilómetros por hora”. OCTUBRE 2021. Granada.
¡Hasta dentro de quince días, mis lectores, en los que otra noticia de actualidad inspirará un nuevo relato! Mariate.

