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ENTRE TÚ Y YO

En defensa de la familia, fuente de felicidad, seguridad y LIBERTAD

Carlos Castillo Martes, 09 de Noviembre de 2021 Tiempo de lectura:

 

La institución de la familia, en torno a la cual se ha organizado de forma espontánea la vida social desde tiempos inmemorables, se encuentra cada vez más deteriorada. Lo está, por un lado, por la inherente incompatibilidad de la institución familiar con el hedonismo que, por desgracia, impera. Por el otro, porque existe un proyecto ideológico y político que, de forma bastante más explícita de lo que cupiera imaginar, tiene como uno de sus objetivos debilitar a la familia. Es precisamente por el estado de debilidad en que se encuentra hoy la familia como institución básica de la organización social, que debemos defenderla con más energía y convicción que nunca.

 

En primer lugar, debemos defender la institución familiar por la propia utilidad que aporta a los individuos. La familia es una fuente de seguridad y felicidad. Como he apuntado, la familia es incompatible con el hedonismo, es decir, es incompatible con la búsqueda del placer sensorial e inmediato como forma de vida. Desgraciadamente, la sociedad, especialmente los jóvenes- entre los que me encuentro-, identifica cada vez más la felicidad con el placer. En parte, esto se debe a que vivimos en un mundo en el que la cantidad de estímulos destinados a la satisfacción de nuestras necesidades más inmediatas es inaudita. Si estás aburrido, basta con encender la Smart tv y disfrutar un rato del sádico Juego del Calamar, por ejemplo. Si te sientes solo y falto de cariño, nunca viene mal echar un vistazo a la oferta de Tinder, no tardarás en recibir algún match que hará que tu autoestima crezca como la espuma.

 

Con tal cantidad de estímulos que permiten tener nuestros más superfluos deseos satisfechos de forma inmediata, ¿Quién va a ser el loco que se plantee formar una familia? Menudo enredo.

 

En efecto, la familia, en el plazo inmediato, aporta algunos momentos de placer, pero, sobre todo, trae quebraderos de cabeza y sacrificios. Formar una familia, o participar activamente de ella, no es fácil. Un proyecto familiar no es apto para aquel que solo encuentra la felicidad en la satisfacción inmediata de los placeres propios. Al contrario, la familia es para aquellos que encuentran la felicidad en servir, algo cada vez más extraño pero que merece la pena. Formar una familia implica ofrecer tu vida a los demás, al resto de miembros de la unidad familiar, y es en la satisfacción de estas personas donde uno encuentra la felicidad. Es una felicidad más costosa, pero más plena. Menos evidente, pero más pura. Además, es una felicidad que se encuentra secundada por la seguridad que otorga saberse rodeado de un núcleo de personas que siempre estará ahí. La familia cobra su mayor sentido en los momentos de penuria. El hedonismo, tan atractivo a priori, ha creado una sociedad de personas huérfanas ante la dificultad, desprovistas del apoyo y el cariño que brinda una familia al necesitado, al enfermo o al que atraviesa dificultades personales o económicas. No es de extrañar que, en esta sociedad enferma de hedonismo, cada vez más las personas se muestren partidarias de promover la muerte tanto en los estadios más tempranos como en los más tardíos de la vida. El hedonista, ante la dificultad, se encuentra solo y sin ningún resquicio de felicidad. Las personas que cimientan su felicidad en servir a una familia, por contra, se encuentran arropados y pueden llegar a ser felices incluso en los momentos difíciles.

 

Pero la familia no solo se ve deteriorada por el vacío hedonismo imperante. Existe toda una corriente ideológica liberticida que tiene como objetivo menoscabar la institución familiar. Y es que, la familia ha funcionado y funciona como un contrapeso al poder político. La unidad familiar constituye un ámbito de soberanía que escapa al ubicuo poder del estado. No es de extrañar que los totalitaristas, desde Platón hasta Hitler o Stalin, hayan tenido siempre entre ceja y ceja a la familia. La familia es un incordio para el político liberticida, pues supone una unidad que sigue una estructura jerárquica propia, con una tradición y una idiosincrasia propias. En las familias se transmiten valores y formas de entender la vida que en muchos casos difieren de las promovidas por el poder político. Es por eso, que algunos políticos atacan a la institución familiar, empezando por la libertad de los padres para elegir la educación de sus hijos.

 

Puede que esta defensa de la familia como institución básica para la organización social, como la unidad que permite a las personas desarrollar su felicidad en libertad y seguridad, sea tachada de anacrónica por aquellos que defienden “el progreso”. A estas personas, les digo que “el progreso” que promueve arramblar con todas aquellas instituciones que han organizado de forma razonablemente satisfactoria la vida social durante siglos no es progreso, sino barbarie.

 

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