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ENTRE TÚ Y YO

Cómo ser empático, si me atropella el tranvía

Cristina González Jueves, 11 de Noviembre de 2021 Tiempo de lectura:

 

No sé si me creerán, pero la empatía está desapareciendo, o por lo menos ya no conserva esa belleza irremisible y mágica que sale del alma. 

 

Ya no existe la ternura desbordada en las personas. No está de moda practicar la generosidad, ponerse en la piel de los demás, sentir lo que otros sienten, compartir sus preocupaciones.

 

La neurociencia afirma que demasiada empatía puede enfermarnos.  Quizá por eso nos inclinamos demasiado por el lado de la ecuanimidad, de la sangre fría de quien sabe mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, a lo suyo, mientras a su alrededor sobrevuela la rechifla, la afrenta grosera que, ya no en lo intelectual, sino en lo más elemental y humano, nos sitúa a un nivel abyecto. 

 

Para seguir la costumbre de apostillar con anécdotas mis afirmaciones les voy a hacer una dolorosísima confesión: hace poco estuve a punto de espicharla atropellada por el tranvía de Murcia.

 

[Img #86402]

 

Estaba yo de pie, sobre la amplia acera de una avenida, con un mohín de atención o sumisión hacia el semáforo que, frente a mí, se obstinaba por no cambiar del rojo al verde. El sol me cegaba los ojos con mercurio líquido (los veranos de Murcia no calientan, ejecutan) y decidí buscar una pequeña sombra con la que mantenerme a una distancia cautelosa de sus rayos. Con el mismo trotecillo alegre que el borrico que cabalgó Jesucristo cuando entró en Jerusalén, me metí entre los raíles del tranvía.

 

Cerré los ojos un segundo y, cuando volví a parpadear, escuché un atronador pitido por mi lado izquierdo que por poco me taladra la oreja. Me aturde y me excita el gran espacio en blanco en que se convirtió mi vida en aquellos segundos. Giré la cabeza y lo vi venir. Era verde y brillante como una aceituna gordal y llegaba veloz hacia mí pidiendo paso.  Al verme entre las vías, el maquinista me fulminó con los ojos y comenzó a mover los brazos en una danza tan pueril que, empotrado como iba entre los mandos del vagón y su asiento, tuve la sensación de que su empresa le había sustituido por la trona infantil el sillón de piloto.

 

Cuando llegó a mi altura blasfemó a gritos, soltando perdigonazos de saliva que si no me alcanzaron la cara fue gracias al cristal de la cabina que los retenía, y que me habría valido como valiosísima prueba de su injuria en caso de llevarme a los tribunales.

 

Qué despliegue de ego, qué falta de empatía y qué pestilentes sus expresiones vernáculas que me acribillaban con la misma afrenta que a Juana de Castilla.

 

Tragué saliva, la sangre se me arremansó en las pestañas y se me cayeron los párpados y el rostro por el peso de la vergüenza.

 

En una tentativa benévola por no defraudarme a mí misma,  me excusé humildemente con una sonrisa que reflejaba mi corazón de buena samaritana, conminando a mi interlocutor a solucionarlo todo con un sincero apretón de manos.

 

Hago un inciso porque aquí es donde se abre la grieta de la reflexión: o bien puedes tirar hacia el endiosamiento del ego y creer que las cosas se dan exclusivamente como tú las has visto, que tu opinión es la única y verdadera y que todo el mundo a tu alrededor ha de caer rendido por tus grandes conclusiones. O bien puedes derivar hacia la consciencia de que algo más grande que tu comprensión está sucediendo y que el Universo te hace partícipe para que te fundas en armonía con el resto de los mortales que habitamos el Cosmos. Es decir, o eres mano que agarra foco, o eres lámpara que iluminas. Pero el conductor del tranvía no era precisamente una luminaria. Si le gustó mi disculpa no lo demostró en absoluto.

 

Frenó el tranvía para insultarme. Sus blasfemias crepitaban desde dentro del vagón emitiendo sonidos que escapaban de la cabina como una verbena de fuegos artificiales.

 

En aquel momento me quedé muda, no buscaba ya su comprensión, ni quería llevarme el duro que pertenecía enteramente a su monedero; solo pretendía (inútil esfuerzo) que se callara de una vez y no me enjuiciara, que sus gritos me estaban hiriendo porque llevaban  a la burla y la humillación innecesarias.

 

Si de algo me sirven las arrugas es para saber cuándo tomar la iniciativa de hacerme a un lado por si de esta manera evito el empujón. Quizá pueda parecer que desisto o me escapo. Nada más lejos de la realidad. Para mí es un acto de no invasión. Quien no me conozca no sabe que me cuesta controlar mi ímpetu y que mis caricias a veces bordean el apretón. Prefiero hacerme sangre mordiéndome las uñas antes que arañar con ellas. Di media vuelta y me marché con la finalidad de colocar a distancia mi propio ego, que empezaba a envenenarme el oído y me pedía a gritos que lo dejara libre para cortar cuellos con lengua afilada.

 

El tranvía reanudó su recorrido pegando un acelerón y se perdió en la arquitectura de la ciudad en dirección Norte. Todo el mundo me miró, pero nadie me preguntó sobre el estado de aquel cuerpecillo que yo ya no sabía si era mío o lo estaban sometiendo a un escáner.

 

Hoy escribo esta crónica y hago muso de mis humildes letrillas al conductor del tranvía que estuvo a punto de atropellarme. Quizá la historia caiga en sus manos y se vea identificado. Quizá pueda palpar mis imágenes, oler mis metáforas y sentir en su rostro el guantazo de mi humillación. También la escribo para consolarme un poco y templar mi melancolía.

 

Con la vida en las ciudades ocurre lo mismo que con los curas o los toreros. Que marcan. Por eso me gusta tanto vivir en mi pueblo, ir a comprar el pan al horno de la Trini; me siento protegida con el olor de las cocinas familiares que me llega desde las ventanas, transformadas en pequeñas alacenas desde las que escapa el aroma suculento de los guisos. Tengo la sensación de que, si me faltara el sentido de la vista, el olfato me daría el mismo consuelo que una brújula y me indicaría el camino para volver a casa. Sin conductores y sin tranvías. Con los ojos cerrados. Sana y salva.

 

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