
Releo la noticia y no acabo de creérmelo. Juan Redondo se nos ha ido.
Es difícil asumir la marcha de cualquier persona, pero más aún cuando se trata de un amigo.
Socarrón, muy castellano. ¿Puedes creer que no recuerdo apenas verte reír? Tú lo hacías por dentro, como por dentro lo hacemos aquellos que procedemos de las secas tierras castellanas. Tú de Navares (de Cuevas nunca lo añadías), en tu maravillosa Segovia, y yo de Palencia, a la que no voy a poner adjetivo porque siempre me decías que quien de verdad seguía a Nuevo Mester de Juglaría eras tú, y eso te marcaba más carácter que a mí. Incluso por encima de otros compañeros de aquellas tierras como nuestros comunes amigos Julián (García Valencia) y Javier (Adán). Incluso me recordabas que para ser y mantenerse castellano había que nacer en un pueblo y yo lo había hecho en una capital (y a los amigos los habían parido en Valladolid y en Bilbao –porque estos se sienten de donde les da la gana-). ¡Ah¡, y ahora que no me vas a discutir, te digo que tu pueblo se ha quedado en poco más de veinte habitantes y sin duda tú eras el más ilustre de todos. Juanico 'el estudiante', le llamaban.
¿Cómo podría ser una persona que había nacido entre esos parajes yermos solo salpicados por algunos terrenos de cereal? Pues como tú, siempre íntegro, divertido, inteligente, culto, buen conversador, mejor amigo y gran periodista. Esa fue tu meta y la alcanzaste.
Eras periodista –siempre lo serás-, de los de siempre. Si lo dejamos en lo académico diría que buen observador, incisivo sin ser grosero, buen analista sin recurrir a creencias en conspiraciones aunque a ambos nos gustaba aquella política en torno a la mesa camilla (alguno sabrá a cuál me refiero).
No voy a romper ningún pacto de silencio ya que tú y yo siempre lo contábamos, nos conocimos compartiendo habitación. Los amigos saben la historia, pues además de política creo que nunca dejamos de comentar aquella situación cada vez que nos encontrábamos con alguien más, casi todos compañeros: Enrique (Nieto) Javier (Vigara) el otro Javier (Adán) y Pedro (González)… y tantos otros con los que nos hemos bebido varias añadas de cerveza.
Hoy, que tristemente sé que no me vas a replicar, contaré que allá por el año 1988 compartimos habitación en el hotel Santa Catalina en Las Palmas de Gran Canaria. Tú formabas parte de la organización de un congreso del Partido Socialista de Canarias y yo era un redactor que desde Tenerife había ido a cubrirlo para informar. A mí me querían poco, pues aunque llevaba ya dos años por las islas seguía siendo un ‘godo’ y tú ya eras medio canario y me diste amparo y amistad sabiendo lo duro que era integrarse en un territorio insular cuando veníamos de las mesetas.
Y nos pasábamos las noches hablando del futuro de ‘Momo’ Saavedra, y de Rodríguez Fraga (ahí sigue, de alcalde de Adeje) y de Juan Carlos Alemán… Hacía dos años que habían perdido el Gobierno canario por ‘Fufú’ Fernández y Olarte, ¿recuerdas?
A los pocos meses a ti te atrajo la llamada de la que se neonata La Opinión de Murcia y a mí una vacante en mi casa, Antena 3 Radio. Alberto Castillo había sido destinado a Málaga y su sustituto, Santiago Juanes, volvió a Salamanca. Así pues, castellano por castellano.
Nos reencontramos en la plaza del Romea, allí donde nunca te negabas a tomar una cerveza en un descanso a los pies de la primera redacción del periódico. Y luego volvimos a reencontrarnos en Cartagena. Tú había sido nombrado delegado de La Opinión en Cartagena y a mí de Diario 16 en la misma ciudad. ¡Qué casualidad! Nos habíamos seguido los pasos: Canarias, Murcia, Cartagena
…
En Cartagena era fácil encontrarte. O en la redacción del edificio Maíz, en La Bodega o el desaparecido bar Plaza, donde volvíamos a engancharnos hablando de política y de Vallejo y de 'Camoto’ Alonso y de Martínez Simón.
Antes de seguir, he de dar gracias a esta mi antigua casa, MurciaEconomía, por permitirme soltar todo este rollo a sus lectores, pero no se me ocurre otra forma de decirte que muchos periodistas –más de lo que pensamos- te hemos seguido y aprendido de ti, maestro.
Por la noche nos reencontrábamos –retorno el relato- en La Sastrería con Paca Naranjo y Miguel Ángel –sus hijos te llamaban 'nosequé’ y creo que yo soy padrino de uno- y allí estaban Manolo (Ponce) y José María (Rodríguez) y José Ángel (Cerón) y Pedro (Martínez) y Carlos (Gallego DEP) y Paco (Ferreño) y José-Pepe (Albaladejo, DEP), y Carlos (Gallego, DEP), y Silverio (Conesa, DEP), Paco (Lastra) y Manuel-Manolo (Buitrago)… y muchos más a los que pido perdón por no poner sus nombres.
Éramos una corte o cohorte de Juan Redondo al que hoy recordamos, queremos y admiramos...
Siempre fuiste más por lo que callaste que por lo contaste, y contaste mucho.
¿Sabes? Hoy me ha llamado tu amigo Collada con una lágrima en la mejilla. Él, y muchos de los que estuvimos alrededor, te vamos a echar de menos.
Espero que más pronto que tarde echemos un alboroque en la tierra y más tarde que pronto otro contigo en persona allá en el cielo.

