
Era principios de octubre, no recuerdo bien el día. Me desperté como una mañana más, con las mismas pocas ganas que todos los días por ir a la facultad, me metí en la cocina para adentrarme en la lacena y coger un par de rodajas de pan tostado. Recuerdo perfectamente que se me había caído media tostada porque, no sé si a ti también te ocurre, pero a mí, ese pan que ya viene tostado en la bolsa casi siempre viene con las rodajas de pan rotas. Bueno, tras este pequeño inciso, continúo.
Armada con mis tostadas y mi kéfir me fui al salón a hacerle compañía a Paula, mi compañera de piso, que siempre desayunaba con la tele puesta y sentada en el sillón individual.
—Buenos días, Pau.
La saludé como cada mañana. Tardó en responderme un rato mientras miraba fijamente el televisor y masticaba lentamente sus galletas.
—¡Loca! ¿Viste qué cachondón presenta ahora este programa?
Esa frase fue el inicio de todo. Giré la cara en dirección a la pantalla y ahí estaba él, uno de los tíos más guapos que había visto en mi vida. Tenía el pelo corto, con un poco de tupé y cortado como a la moda de ahora, con ese degradado que le queda tan bien a los tíos, bueno, a no ser que tenga las orejas de soplillo que ahí ya no me gusta tanto. Tenía una barbita de unos días bien perfilada y un tono de piel moreno que para mí era irresistible.
—¡Pues sí que está bueno, sí!
Fue lo único que salió de mi boca en lo que duró mi desayuno y acabó el programa. Esperé a los créditos de este y decidí coger su nombre y seguirlo en Instagram. Sé que era una estupidez, pero lo hice igual.
Lo que fue toda una sorpresa fue que él también me empezó a seguir. Empecé el juego de moda, le lancé un like para ver si así llamaba su atención. Y así fue, me respondió con otro like y ni corta ni perezosa, le envié un mensaje. No tenía nada que perder y, por otra parte, si me hacía caso, estaría viviendo una historia que hasta soñando me costaría creerla.
Todo fluyó con naturalidad y sus respuestas a mis mensajes eran súper agradables y simpáticas. Me apetecía muchísimo quedar con él, pero la verdad es que empezó a darme un poco de miedo, ya que me daba la sensación de que él tenía los mandos del juego y si a eso le sumábamos la diferencia de edad, el resultado era que yo no era capaz de dar ningún paso.
Al fin y al cabo, las redes sociales dan una falsa sensación de seguridad, de confianza y de que conoces a esa persona con la que interactúas, pero en realidad, no conoces una mierda de la otra persona.
Un día encontré la forma de satisfacer mis necesidades de conocerlo en persona y de estar tranquila porque no fuese un psicópata. Aunque suene a coña por mi tono, hay una parte muy real a la que todas o casi todas las mujeres nos tenemos que enfrentar en algún momento de nuestra vida: el miedo a que abusen de nosotras.
Bueno, la solución era quedar con él en un sitio público, muy concurrido, y quedar por la tarde, pero que, si la cosa se alargaba por estar a gusto, que se transformase en un local de copas. Busqué una cafetería en Madrid centro que reuniese esas características y la encontré.
Llegó el día y resultó que todos mis miedos con él eran infundados, cuando llegué, él ya estaba esperándome y lo pude ver desde lejos sin que él se diese cuenta de que le observaba. Estaba realmente guapo y toda la seguridad que transmitía en la pantalla se convertía en inseguridad y dulzura a la hora de esperarme. Me acerqué a él por su espalda y le dije:
—Por fin nos vemos en persona.
Se levantó como un resorte y al hacerlo tiró el vaso de agua que tenía sobre la mesa, lo que hizo que se pusiese mucho más nervioso. Se puso rojísimo y me devolvió el saludo dándome dos besos. Era el principio de uno de los mejores días de mi vida.
Iniciamos una relación que me costaba creer que fuese real, todo fluía como en un sueño, pero duró tanto como el de Segismundo en “La vida es sueño” de Calderón de la Barca, ya que al poco tiempo de que empezásemos, lo contrataron para un programa en el que tendría que irse fuera, de reportero.
Quise creer que podríamos seguir juntos, pero se fue enfriando hasta que ya no recordaba toda la ilusión que me había generado. La falta de comunicación acabó porque dejase de agarrar la cuerda que nos unía.
sta es mi breve pero peculiar historia, tal vez algún día continúe.


