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ENTRE TÚ Y YO

Vamos a contar mentiras

Cristina González Jueves, 25 de Noviembre de 2021 Tiempo de lectura:

 

-Te doy cinco duros si le cantas una canción a Luis, el barbero de la plaza. Esas palabras me las dijo mi tío Manuel, el hermano de mi padre, una tarde a la salida del colegio. Por aquellos años yo cantaba con las monjas en el coro de la capilla, y mi madre me había apuntado a unas clases muy prácticas para que me enseñaran a bailar la jota, por eso, cuando mi tío Manuel me hizo aquella proposición, yo le contesté: -Por cinco duros, si quieres, también le bailo la jota. / No, niña, será suficiente con que le cantes. Ya lo verás.

 

Yo entonces era muy pequeña todavía, así que no me di cuenta de que los ojos de mi tío estaban entelados de ironía y que su voz presentaba las abolladuras propias del sarcasmo. La verdad es que en aquel momento solo pensaba en los cinco duros, y la sola idea de poseer un tesoro tan grande me llenó el alma de una espiritualidad muy dulce que pronto se vio reflejada en el vidrio de la pastelería.

 

[Img #86706]

 

Luis, el barbero, al que apodaban “El Camarada”, era un hombre casi mudo, muy seco de piernas y de carácter que, según supe después, perteneció a la primera promoción de antifranquistas. De joven se había salvado por los pelos de un tiro en la nuca porque al facha que lo pilló repartiendo octavillas contra el régimen se le encasquilló la pistola. En el último segundo pudo salir corriendo y no paró ni a mear hasta que llegó a Francia, donde pasó muchos años de su vida tratando de recuperar el aliento perdido en la carrera. Cuando volvió de aquel destierro, Luis montó su barbería en los bajos de la plaza del pueblo, y de las grietas de sus muros siempre crecieron flores silvestres de un rojo muy intenso.

 

–Como tú digas, tío Manuel. Dame los cinco duros y dime qué canción quieres que le cante a Luis. ¿Le va a gustar? / Sí, sí, le va a encantar. De hecho, es su canción favorita. Pero primero vamos a ensayarla. Con lo lista que eres y lo bien que te han enseñado a cantar las monjitas, seguro que te la aprendes muy pronto.

 

Y así lo hicimos: nos fuimos paseando hasta el final de la plaza; mi tío Manuel con aquellos ojos aún entelados de ironía, y yo con los cinco duros en el bolsillo, algo que me produjo una dicha muy pura que todavía hoy confundo con la libertad.

 

Mi tío me llevó entonces hasta la taberna de La Viuda y me invitó a un plato de almendras fritas. Luego sacó un lápiz para escribir la letra de la canción sobre una servilleta de papel al tiempo que me iba enseñando a cantarla.

 

La viuda, al escucharnos, salió desde la cocinilla con un delantal cubierto de salpicaduras de aceite y se acercó hasta nosotros con los brazos en jarras. – Pero, Manuel, ¿se puede saber qué le estás enseñando a la niña?/ Ya ves, una canción. Quiero que se la cante a Luis, el barbero de la plaza. / Madre mía, Manuel, mira que eres hijoputa.

 

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Yo adoraba a mi tío Manuel porque siempre me hacía reír y era muy generoso. Jamás se tomaba la vida en serio. Guapo y dorado por el sol, se había ganado a pulso su fama de canalla por amancebarse con varias prostitutas que ejercían de espías por la zona de Valencia; y como mi padre era un hortelano muy apretado de costumbres, cuya misión en este mundo era ganarse la gloria a base de rezar y pegarle a la azada, llevaba muy mal los escándalos amorosos de su hermano Manuel. Muchas noches los escuché discutir en la cocina de mi casa, tras el tabique de mi habitación; y de aquellas peleas recuerdo a mi padre gritar a su hermano un puñado de reproches y jaculatorias que lo dejaban con los pulmones vacíos, casi al borde de la asfixia.  Por eso, aquella tarde, después de enseñarme la letra de la canción, mi tío me hizo entregarme a la promesa de que aquel acto íntimo que yo estaba a punto de realizar quedaría como un secreto entre él y yo, y que jamás debía contárselo a mi padre. Con aquella promesa sellada en los labios me dirigí a la barbería de Luis y, nada más entrar, levanté la mano derecha al cielo y comencé a cantar:

 

Cara al sol con la camisa nueva/ que tú bordaste en rojo ayer, /me hallará la muerte si me lleva/ y no te vuelvo a ver. Más o menos iba por ahí cuando noté que al barbero se le estaba transformando el rostro con la extraña palidez de un muerto y comencé a sospechar que algo no era como mi tío me había contado, volverán banderas victoriosas/al paso alegre de la paz/y traerán prendidas cinco rosas:/ las flechas de mi haz. Pero ya era demasiado tarde para mí. En el sillón de la barbería estaba sentado mi padre, con la cara embozada de jabón blanco y una toalla que le cubría del pecho a las pantorrillas. Se levantó como activado por un resorte y, cuando se quitó de un manotazo el jabón de la cara, pude descubrir su rostro abrasado por la vergüenza. Temiendo lo peor, traté de escapar de la barbería como tantas veces había visto hacer a los gatos en mitad de algún desbarajuste, pero mi padre me lo impidió y allí mismo me propinó un puñado de azotes que todavía me escuecen en el orgullo.

 

Muchos meses después, mi tío Manuel quiso enseñarme la letra de otra canción con la que, según él, reanudaría mi amistad con el barbero, Arriba, parias de la Tierra. / En pie, famélica legión. / Atruena la razón en marcha, / es el fin de la opresión.

 

Nunca dudé de sus buenas intenciones pero, como la primera misión en este mundo consiste en ir aprendiendo a base de palos, me negué a cantar nada que no tuviera que ver con las tablas de multiplicar.

 

Y así fue como gané mi primer jornal en ese mundo, que consistió en cinco duros y una paliza. Y con aquel dinero empezó mi primer camino de iniciación hacia la desconfianza. Un sabor que en realidad nunca ha dejado de sustentarme.

 

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