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ENTRE TÚ Y YO

Las mortajas

Paco López Mengual Viernes, 26 de Noviembre de 2021 Tiempo de lectura:

 

        Es una pena que hayan desaparecido las mortajas, esos hatos elegidos como vestimenta por los futuros difuntos para emprender el viaje al otro mundo. Desde hace unas décadas, con la moda de los tanatorios, a los muertos ya no se les adecenta como merecen. Tal y como llega allí desde la casa o el hospital, al fallecido se le acomoda dentro del ataúd embutido en una especie de saco que, tras ser cerrado con una cremallera, solo deja al descubierto el rostro. Si te has muerto haciendo footing, te entierran en chándal; si la has palmado en el Bando de la Huerta, en zaragüelles y chaleco. Un despropósito.

 

        No hace tantos años, a los fallecidos se les arreglaba para que tuviesen buena presencia durante el velatorio, siendo ataviados con una vestimenta digna de lucir durante toda la eternidad. A los hombres, tras lavarlos, se les ponía muda limpia y su mejor traje. Por supuesto, se les peinaba, se les anudaba una buena corbata e, incluso, se avisaba al barbero para darles el último afeitado. El muerto quedaba tan perfecto que solo le faltaba en el bolsillo de la chaqueta un puro y una entrada para asistir a los toros. Qué disparate ahora el que te entierren en albornoz si has fallecido tras una caída en la ducha…  

 

        Guardo muchos recuerdos de mis primeros años tras el mostrador. Entonces, aún llegaban a la mercería mujeres de edad que compraban artículos para confeccionarse su propia mortaja. Yo las imaginaba cosiendo al sol, sentadas en grupo y en silencio, dando puntadas con esmero en la tela que llevarían colocada en el momento de emprender el último viaje. No era extraño que te pidiesen una puntilla para bordear la pequeña almohada en la que reposaría su cabeza inerte o un entredós de tira bordada con el que adornar el sayo del sudario. A veces, dudando entre dos modelos, me preguntaban cuál de ellos quedaría mejor. Y yo, apenas un muchacho, hacía un esfuerzo e imaginaba a la señora tendida sobre un camastro, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, sujetando un crucifijo, e intentaba cotejar la mortaja con los dos tipos de encaje. Ambos me parecían igual de funestos, pero como buen comerciante debía de aconsejar uno de ellos. “Sin duda –le decía-, este de los bodoques; queda como más propio”. Ahora, tantos años después, cuando visito el cementerio y descubro el rostro de alguna de aquellas clientas en la fotografía de la lápida, regresan a la memoria esos momentos en el mostrador, en los que ya preparaban su muerte.

 

        Recuerdo que las mujeres también solían comprar medias y bragas nuevas para que se las colocaran tras dar el último aliento. Pero si había algo que me sobrecogía entre todas aquellas sombrías ventas, era cuando me pedían unos metros de cinta negra con la que le amarrarían sus propias piernas o un pañuelo con el que atarle el mentón e impedir, así, que se le abriese la boca. Lo tenían todo pensado.

 

        El hato de la mortaja, con todos sus accesorios, era conservado limpio y planchado en un rincón del armario y mostrado a menudo a los familiares más íntimos, que no debían de olvidar cuando llegase el aciago momento el lugar donde guardaba la vestimenta con la que emprender el viaje al más allá. La mujeres siempre han sabido que una buena imagen ayuda a abrir puertas; así que no es lo mismo presentarte ante San Pedro vestida con una prenda elegante y el pelo arreglado, que en mallas y con una camiseta sudada del gimnasio.

 

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