Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

ENTRE TÚ Y YO

Atardeceres

Ángeles Hernández-Gil Viernes, 17 de Diciembre de 2021 Tiempo de lectura:

 

            Quizás haya sido un otoño de reencuentros, reconciliaciones, reafirmaciones, de propósitos. Estamos llenándonos de situaciones nuevas, ya que este estado de alarma continuo nos interpela a recurrir a etapas que estaban en el olvido.

 

            Porque los que dejamos hace mucho tiempo, esa edad tan importante, como una referencia a lo que ahora somos, miramos nuestra juventud con mucho sigilo, recordando cuestiones que nos han influido y nos han ayudado en la vida. Sentimos nostalgia de cuanto hicimos en momentos puntuales, donde alguna vez fuimos interesantes; llenamos de energía nuestra pequeña parcela y seguro que nos dijimos casi en secreto que fuimos admirados sin pretenderlo.

 

            Aunque dicen que no se debe mirar al pasado, ni pensar en un futuro que no existe todavía, aunque sí somos conscientes del presente que tenemos, tal vez, si en algún instante somos honestos con nosotros mismos, echar la vista atrás nos evitaría parte de alguna angustia inútil. No se debe menospreciar las distintas fases por las que nos hemos movido, y reconocernos imperfectos, como lo somos en realidad, puede ser de mucha ayuda.

 

            Y pienso en la amistad, porque volver a ella de esta manera improvisada, tiene parte de atracción y nostalgia, cuando todo se nos está cerrando como un círculo sin salida con prohibiciones que nos impiden llevar a cabo una vida normal. Así es, aunque pretendamos negarlo. Y la casualidad me hace coincidir con lo que he leído; “tenemos que aprender a vivir con esta realidad vírica, sin asustarnos ni pretender que vaya a terminar pronto”.

 

            Así, que nos quedamos en suspenso cuando inconscientemente queremos dar un paso adelante. Sentimos presión por algo que nos sigue obstaculizando el rastro que deseamos y necesitamos dejar. Y el compromiso de estar con la gente que no vemos hace tiempo, proponerlo siquiera, puede ser una imprudencia, una respuesta negativa. Casi una proposición indecente.

 

            La libertad de movimiento está muy vetada, no sabemos hasta cuando. Me parece que se van acumulando muchas desilusiones, sin respuestas claras, que no les hemos dado importancia; nuestro instinto nos resguarda tanto que nos azota sin piedad. “El tiempo se acaba, no volverá lo que se ha desperdiciado”. Eso deben decir los jóvenes de los botellones en noches enteras de autonomía. Pero los superhéroes no existen; todos somos de carne y hueso. Todos. ¿Qué hacer en estas circunstancias para sentirse bien, cuando esa línea de la vida se va acortando naturalmente?

 

            Esta mañana en la radio, toda gira sobre la madurez. La desaparición de personas conocidas, cercanas, me abruma junto a la incertidumbre que se respira. Vivo de espaldas a las noticias, que no dejan de sorprender con motivos tristes. Quiero enmudecerlas, no saber nada, y lo intento a costa de sentir el vacío de la información. Pero de repente, la muerte de Verónica Forqué acapara el contenido de todos los programas. Su deterioro físico, y su gesto de dolor interno, eran evidencias de que algo muy grave se gestaba en su organismo. Su personalidad ingenua, sensible, simpática estaba muy lejos de lo que reflejaba su persona, tanto en las últimas entrevistas que hizo, como en el programa MasterChef.

 

            Verónica Forqué podría decirse que era una actriz tocada por las hadas de la popularidad. La película “Amor propio” dirigida por Mario Camus, que hace un tiempo se emitió en la 2, muestra a una inteligente e inocente esposa engañada por su corrupto marido, donde con actitud despistada prepara una venganza que la salvará del daño que ha recibido, sin perder su sonrisa atractiva, elegante, y su melena de fuego que ha lucido como nadie.

 

            Los que en los años 60 éramos muy jóvenes, empezamos a madurar en un paisaje lleno de planes diferentes; nuestros niños crecerían al amparo de un cambio radical. Un abandono de fronteras para un porvenir mejor en una civilización abierta, y donde la voz de la mujer tendría mucho que decir a partir de ese momento de la historia.

 

            Las puertas se iban abriendo entonces, como ahora se nos van cerrando. Nos movemos en situaciones no resueltas; o las superamos o nos arrastran. Y se me ocurre que, como esos montes al atardecer que parecen dibujados sin levantar el lápiz, somos perfiles incorporados unos a otros, parte de un todo, en el que nos espera, si no un premio, sí, un largo camino por recorrer en el que lentamente oscurece.

 

                        ¡¡Nos volveremos a encontrar!!

 

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.