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ENTRE TÚ Y YO

“Natividad: la ilusión de un nuevo comienzo”

Javier Escolano Lunes, 20 de Diciembre de 2021 Tiempo de lectura:

 

“La vida de Jesús responde al significado de su nombre: Yahvé salva. La misión fundamental de su vida es revelar la voluntad de Dios a la máxima aspiración del hombre: liberarse del mal y alcanzar la plenitud” (Francisco Martínez Fresneda, Jesús, hijo y hermano”, Editorial Espigas, 2010, página 22).

 

El nacimiento querido de un niño es una gran alegría y prueba de confianza en el futuro, desde un presente consciente. La ternura de las manos acogiendo al recién nacido supone un compromiso, desde la externa fragilidad innata, con el milagroso desarrollo del ser humano, físico, intelectual, psicológico y espiritual; que responde a la llamada, desde lo más profundo de nuestra esencia de persona, a luchar sin reserva por alcanzar la “plenitud”.

 

Por eso, rememoramos cada año el nacimiento de todas aquellas personas que nos importan, recorriendo el tiempo de momentos, experiencias y sentimientos vividos; más aún si han sido compartidos.

 

Y en esta presencia de la niñez al recordar nuestra vida, está casi siempre la Navidad, no solo con la nostalgia propia de un tiempo pasado, sino una amalgama de sabores, olores y colores; de reencuentros familiares, de regalos y afectos; de acontecimientos mágicos o especiales exclusivos de ese tiempo; y, para los creyentes, alegre celebración de la Natividad de Jesús. Hecho histórico que por sí solo merecería la festividad, pues Jesús entró en la historia y su mensaje de amor, cambió para siempre la forma de mirarnos; independiente de ser el fundamento de una nueva religión y camino de salvación para los creyentes, con el hecho insólito y esencial de Dios hecho hombre.

 

Hoy les deseo dar cuenta y recomendar el libro titulado “Navidad, celebración de un nuevo comienzo” (Editorial Sal Terrae, 2005) de Anselm Grün (Alemania, 1945), monje benedictino del Monasterio de Münsterschwarzach, de gran espiritualidad y obra ingente.

 

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Sin duda, un libro de fácil lectura y sugerentes imágenes de la esencia de la Navidad, apreciable -creo- tanto por creyentes como por indiferentes; pues a lo largo de sus 171 páginas recorre desde el “tiempo de espera” (los cuatro domingos de Adviento), la Navidad propiamente dicha, hasta los cuarenta días después (“La Candelaria”), mediante cincuenta imágenes a través de las cuales nos ofrece claves, no solo teológicas, sino de los antecedentes paganos y la psicología humana, para entender la verdadera esencia de la Navidad. Entre ellas: la espera, el rocío, el desierto, las velas, la noche, el silencio, el nacimiento, la humanación, María, José, la paz navideña, el árbol de Navidad, los regalos, el Sol, la estrella o los deseos.

 

El autor, Anselm Grün, no contempla la Navidad como algo teórico ni como una mera fiesta; sino que desde la realidad vivida con Fe, hace un llamamiento para descubrir su esencia y ayudarnos desde nuestra experiencia individual.

 

Por eso, comienza recordando que en la Navidad hay “algo más que nostalgia. Lo que subyace es un anhelo del comienzo íntegro, del paraíso”.  

 

Nos previene: “si no nos damos cuenta una y otra vez de qué es lo que celebramos realmente en ellas (fiestas navideñas) y qué tiene ello que decirnos, la Navidad tiene necesariamente que desilusionar. Ninguna fiesta muestra hoy más intensamente que la Navidad la distancia entre ideal y realidad… El dolor por la pérdida de la fe en un sentido más profundo y por la desintegración de las relaciones humanas pone más bien un velo de tristeza sobre los corazones”.

 

Destaca una magnífica noticia: “nuestra vida recibe una cualidad nueva: no estás atado a tu pasado, a las heridas de tu historia personal, a los viejos modelos que recibiste de tus padres y que una y otra vez te impiden vivir. Dios mismo comienza de nuevo contigo, ya que se integra como niño en tu realidad”.

 

Y concluye: “es saludable meditar con todas estas imágenes quiénes somos realmente, de dónde venimos, cómo debe ser nuestra vida, qué nos amenaza y que nos sana, qué nos infunde miedo y qué nos da confianza con la existencia… El nuevo comienzo sólo tendrá éxito cuando se inicie en lo profundo”. Con un deseo: “que las imágenes te ayuden a mirar tu propia vida con ojos nuevos”. Y sin duda: “en todas partes reconocerás a Dios, que en la humanación y encarnación ha descendido a este mundo y lo ha transformado y divinizado en sus cimientos”.     

 

En mi opinión:  al concluir un año, es inevitable mirar atrás y evaluar lo acontecido en nuestras vidas y las de aquellos que nos rodean, máxime en tiempos convulsos como los presentes; e intentar mirar el año venidero con lúcida preocupación y sincera ilusión de un nuevo comienzo. Esta introspección temporal parece estar en lo más profundo de nuestras raíces como especie, en un ritual que se repite desde las culturas más antiguas, reescrito por Grecia y Roma clásicas (en el solsticio de invierno y la purificación romana); pero transformada con la Natividad de Jesús, Dios hecho hombre, que históricamente habitó entre nosotros y transformó para siempre la humanidad.

 

De alguna manera debemos, conscientemente, mantener la “luz de la Navidad” en la niebla y la oscuridad de nuestros días, de las noches de falta de sentido e, incluso, de depresión; tras la certeza que nunca más estaremos solos, desde el nacimiento de Jesús, pues es también nuestro propio nacimiento como hijos e hijas de Dios que nos ama como somos y nos invita a liberarlos de nuestra megalomanía de siempre querer ser fuertes y autosuficientes.

 

Desde el silencio encontramos la paz interior, un espacio que los creyentes entendemos iluminado por Jesús; que nos predispone a intentar la paz con los demás seres humanos. Pues, como nos enseña Anselm Grün, “toda cólera que vivimos hacia fuera y que infunde temor a los demás no es más que la expresión de que en lo más íntimo nos hemos engañado, de que estamos decepcionados por el frágil edificio de la vida que trabajosamente hemos levantado para protegernos contra todo lo nuevo y lo imprevisto”.

 

Queridos lectores, más allá de los adornos mundanos de nuestras calles, más o menos intensos o acertados, con símbolos de la tradición cristiana o deseos de volver a tradiciones paganas; mi deseo es: que las imágenes de la Navidad presentes en el hoy y en el ayer de cada uno de nosotros, compartidas en el seno de la familia, nos reconforten sin nostalgia en “la ilusión de un nuevo comienzo” siempre posible, personal y colectivo; desde las raíces y esencias humanas (que no es poco) y, también en su caso, religiosas.

 

Otro futuro es posible y creo que nos espera, como también lo fue para muchos que nos precedieron en un comienzo que para nosotros es el ahora.

 

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