
Sin aparente esfuerzo, lanzamos al aire la afirmación de que los hombres mienten más que las mujeres. Es cierto, los hombres mienten más (una media de tres mentiras al día por dos de las mujeres), pero ellas son más hábiles haciéndolo, según afirman los expertos en la materia. Una pequeña mentira puede garantizar el éxito en algunas relaciones. Los tipos de mentiras que existen y la motivación que hay detrás de ellas varía. Las hay piadosas o altruistas, descaradas, deliberadas, por omisión, necesarias para que no cambie la convivencia, y luego están las que implican una traición mayor; las que se cuentan para tapar infidelidades.
Mentimos todos los días, en las interacciones sociales, en el trabajo o a nuestras parejas. El pavor y la vergüenza se pasean vertiginosamente junto a nuestros rostros mientras sobrevuela un cierto sentido onírico y siniestro de duda en el ambiente, eludimos la respuesta para no caer en la trampa, al igual que las poco elocuentes palabras del villano en una buena película de Hitchcock, tras encontrarlo junto al cadáver de un inocente.
Los hombres se hallan estigmatizados, señalados por el dedo acusador de la profunda experiencia y el recuerdo angustioso de un gran número de deslealtades que, a lo largo de los años nos han ido marcando y de las que algunos patanes, incluso, se jactan. Una fama justa y merecida. Apenas tenemos tiempo de explicar las razones a las mujeres que nos recriminan antes de que vuelvan a ensombrecer el semblante. A veces a los hombres se les pilla con las manos en la masa. Yaciendo con otra fémina en el dormitorio familiar suntuosamente amueblado, sobre la cama de matrimonio iluminada con una hermosa luz teñida de rojo que entra a través de las tersas cortinas. Sorprendido, el individuo en cuestión ve que su pareja está demasiado relajada. Su faz no refleja decepción o surrealismo. Parece haber encajado el aguijonazo como si tal cosa. No corre, grita o asesta golpes, sino que permanece de pie perfectamente inmóvil en el vano de la puerta. Alza la vista hacia atrás y se queda mirando a alguien, pero no le habla.
El sol ha empezado a ponerse. La pantalla del reloj de la mesita se oscurece hasta quedar negra y, cuando se ilumina, marca la hora. Él apenas tiene tiempo de procesar lo que está sucediendo realmente antes de que la pantalla vuelva a oscurecerse. Pero lo intuye. Ninguno de los dos debería estar en casa a esa hora. El juego ha terminado. Una figura muy alta y robusta queda oculta en la oscuridad del fondo; un mancebo lozano y apuesto aparece junto a ella y le toma la mano, con el típico desprecio propio de los jóvenes: «Me estoy acostando con tu mujer». El hombre se alegra de haber escapado del combate por el momento, pese a la imponente cornamenta de astas refulgentes que brota de su cabeza. Realmente no está convencido de haber salido victorioso del envite.
Y es que, amigos, mujeres y hombres engañan, y son infieles a sus parejas. Las mentiras más comunes que unos y otros, unas y otras cuentan son: «Eres el hombre o la mujer de mi vida», «Tú has sido el primero o primera en esto o lo otro», «Nunca he fingido un orgasmo contigo», «Yo no veo porno», «Eres el mejor polvo de mi vida», «No me masturbo», «No fantaseo con otras personas», «Tu miembro es perfecto» o «Nunca he sido infiel». Quien ha sido infiel una vez, suele repetir. Puede que durante una época practique la monogamia, pero al final es muy probable que vuelva a engañar a su pareja. Por eso, muchos hombres y mujeres que en su día pusieron los cuernos prefieren decir que nunca han sido infieles. Quizá no lo sean con su actual consorte, pero si éste o ésta ya sabe lo que hizo anteriormente, podrá desconfiar.
Merece mención aparte el caso de los denominados «mujeriegos», narcisistas inseguros que en la mayoría de los casos lo son «solo de boquilla», fanfarrones que no son del gusto de las féminas, pues prefieren a un caballero que no se desvanezca en mitad de la noche para agasajar a otra doncella. Según los estudios, las damas, más observadoras por naturaleza, detectan mejor las mentiras y, si le preguntan a un hombre si le ha sido infiel, ya saben la respuesta; un círculo vicioso del que es imposible escapar.
Si la infidelidad ocurre en tu actual relación la cosa se complica todavía más. Sobre todo, si no es un «aquí te pillo, aquí te mato» de una noche loca, a la que alguien, dadas las circunstancias, podría sucumbir, pues en ocasiones, se trata de infidelidades que pueden durar años. Esos últimos adulterios son las más dolorosos y difíciles de encajar. En ocasiones, perpetrados por personas maquiavélicas y hasta sociópatas. El ofendido u ofendida carga sobre sus espaldas con el estigma de la humillación y la vergüenza. Y créanme, mujeres, hombres y viceversa están equiparados en este punto. La única diferencia entre sexos, básicamente, es la manera de gestionar la situación. Ellas suelen ser mucho más frías y calculadoras en el modus operandi, saben guardar un secreto que les gustaría llevarse a la tumba, y más aún si las protagonistas son ellas mismas, a menos que las descubran. Si tienen un amante, no se lo contarán ni a su mejor amiga. Además, saben controlar mucho mejor las emociones relacionadas con la culpa y el remordimiento. Ellos, a los que más de una infidelidad les ha costado un matrimonio, son más descuidados, pero también más pasionales. En un momento creen haberse enamorado de otra mujer solo por salir de la rutina y son pillados con mucha, mucha facilidad. Luego viene el arrepentimiento y las súplicas.
Según un tópico, todos utilizamos artimañas, todos mentimos, no obstante, recientes investigaciones demuestran que las mujeres suelen tener muy buenas razones para ello. Desde siempre se han visto obligadas a encajar con un estándar imposible que les exige ir por la vida con una conducta intacta, forzadas a causar buena impresión o halagar a los demás. Eso hace sus vidas más sencillas, se sienten a salvo, porque nadie las señala con el dedo. Alterarán su apariencia, eliminarán fragmentos de su pasado sexual para parecer más recatadas o aparentarán desinterés. Hay quien espera que una mujer sea buenísima en el sexo sin haberlo practicado... Por suerte, esta tendencia está cambiando.
Es sabido que el amor se nutre de la cercanía, la seguridad emocional, la previsibilidad, la confianza y en ocasiones, la lujuria incontrolada y la incertidumbre emocionante de lo prohibido. Hay personas que prefieren nadar en solitario a través de un mar revuelto de relaciones esporádicas. La falta de compromiso, el silencio cuando su cita abandona el dormitorio casi les inspira sosiego. Hay personas que huyen de las relaciones a través de un complejo entramado de excusas, jugando al gato y al ratón con otras que sí muestran interés, hasta que repentinamente, son tragadas por una mancha de soledad y angustia.
La mentira y la infidelidad son las causas de un gran sufrimiento emocional. Deterioran la credibilidad y la confianza. Abramos los ojos, no seamos ingenuos, existen. Hay que estar atentos y ser conscientes de su trascendencia. El 80% de las personas se han visto afectadas por ellas; como víctima o perpetrador, como amante o confidente. Por ello, tan importante como contarle a tu pareja tus gustos alimenticios debes encontrar la manera de explicarle aquel secreto inconfesable. Tienes que abrirte completamente. Dejar que sea ella o él, quien elija si quiere permanecer a tu lado, sin influencias ni engaños. Tal vez te encuentres con una agradable sorpresa...

