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ENTRE TÚ Y YO

Hasta los cojones del puto instituto

Cristina González Jueves, 23 de Diciembre de 2021 Tiempo de lectura:

 

La juventud se parece cada vez más a uno de los mitos clásicos que más me inquieta: la caja de Pandora. Una olla a presión donde se cocinaron en la antigüedad todos los demonios del mundo formando un caldo bien cohesionado.

 

El problema es que la mitología de nuestro tiempo está formada por imágenes y por las conexiones que ellas crean en el fondo de nuestro cerebro. Por eso conviene de vez en cuando recordar el pasado, remover la mierda que ya quedó enterrada en el fondo de la olla e intentar encontrar algún sustrato que nos refresque la memoria.

 

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¿Alguien se acuerda de Carla Díaz Magnien? Era una adolescente desesperada que, acosada de manera infame por dos compañeras de clase, acabó arrojándose por un acantilado de Gijón en 2013. Tenía catorce años. Las agresoras aprovechaban los momentos del recreo escolar para reírse de Carla, incitaban a las demás alumnas a perseguirla por el centro escolar, obligándola a encerrarse en el retrete donde le arrojaban agua por encima de la puerta. Atormentada, perseguida y agredida, la niña llegó a pedir a su hermana que fuese a buscarla a la salida de su centro. El sufrimiento debió ser atroz. Carla se arrojó al vacío, se quitó la vida y el mundo quedó a la espera de una justicia que nunca llegó. La condena fue de cuatro meses  de trabajos socioeducativos a las culpables y ahí acabó la historia. Qué barato sale algunas veces en este país cagar las plumas. Cuatro meses por una chica muerta, una madre enloquecida por el dolor y una familia destrozada. Desde aquellos días hasta hoy, el dolor y la injusticia siguen latentes.

 

Hace poco se ha conocido la historia de otra adolescente de 14 años que pone los pelos de punta. Esta vez ha sucedido en Toledo. Ante la Policía Nacional, la víctima denunció que 7 menores le dieron una paliza cuyas imágenes han sido grabadas y difundidas por las redes (cómo no, en estos casos nunca falta el Gólgota de las redes sociales). En el vídeo se puede ver cómo las compañeras de clase se comportan como basiliscos partiéndole las cervicales a patadas. Sin rabo y coronados de oro seguimos siendo los mismos simios que una vez fuimos, pero depositarios de una mayor crueldad e ímpetu porque ahora la caja de Pandora está también en las redes, donde la violencia se reproduce a sí misma hasta el infinito. Las cámaras de los móviles penetran hoy por el mismo boquete que acaba de abrir la patada del homicida. Toda persona que en la vida real es golpeada e insultada solo una vez, en los medios de comunicación sigue siendo golpeada e insultada de la mañana a la noche con todo detalle durante una semana entera. Pero es más: cualquier profesor que haya dado clase durante más de unos días en la ESO (o en los cursos finales de Primaria) sabe que en el acoso escolar no sólo actúan, como actores principales, el acosador y el acosado. No, en cualquier caso de bullying intervienen otras personas que pueden inclinar la balanza hacia uno u otro lado: la actitud de los profesores o de los padres, por ejemplo. Está claro que lo que más marca la diferencia, en mi opinión, es el silencio cómplice de la mayoría que calla -o participa en los abusos de forma más o menos activa- movidos por una simple motivación: no ser los siguientes.

 

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Por respeto, por responsabilidad, por decencia, por el bien de nuestros hijos, ha llegado el momento de poner mano dura y forzar (educar) a que cada joven cierre bien su olla y mantenga la presión controlada durante los años que dura su vida. Después, de camino a casa, puede ir soltando su furia a base de cabezazos sobre las aceras hasta dejarse los sesos en los parterres del camino. Vomitar su higadillo y despotricar en solitario contra Prometeo para mayor gloria de Zeus puede ser una terapia muy sana.

 

La inutilidad de las leyes salta a la vista. Porque al final, ni escozores ni arrepentimientos ni flautas en vinagre. En este mundo de mierda, lo único que de verdad duele, de verdad castiga, de verdad remuerde, es que las hostias te las lleves tú o que  te saquen el dinero como imposición de la pena. La situación huele tan mal que apesta porque está podrida. Prueba de ello es que si, ahora mismo, enterráramos a esos jóvenes violentos en estiércol sin duda serían devorados por los perros al confundirlos con la propia basura. El otro día vi a un chaval responsable, estudioso y educado decir, en mitad de un ataque de otros compañeros, que estaba hasta los cojones del puto instituto. Y lo triste es que ni fue la primera vez ni será la última. Ese joven dijo la pura verdad, y por eso mismo sé que las denuncias no sirven de mucho porque las leyes ni castigan ni educan. A poco que nos demos la media vuelta, la máscara luciferina del acosador soltará una carcajada de impunidad y se irá tan contento a casa. Lo mismo que ha ocurrido siempre. Lo mismo que ocurre ahora.

 

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