
Otro año pensando en grupos reducidos. Un año más preparados para inaugurar la navidad, con la mitad de la familia, en la que por primera vez hemos decidido refugiarnos en el campo. Me encuentro rara, fuera de mi hábitat normal. Fuera del protocolo único de estos días, de mi casa, mis cosas. Hasta el mantel de hilo salmón con franjas de encaje blanco, que utilizo esa noche, no luce igual en la mesa rústica. La iluminación es mucho más cálida, con discretas luces acompasadas por las crepitaciones de las estufas, que proyectan sombras rojas por todo el espacio abierto, mientras del exterior solo nos llega el reflejo de la luna, que tiene un brillo especial a pesar de ir menguando cada día. Tiene aura este clima creado por la tecnología y la naturaleza, esta Noche.
Es una Nochebuena sorprendente, sin tantas minucias en la mesa que después hay que recoger, limpiar y guardar en su lugar escrupulosamente. Pero sí con la típica revolución donde todos quieren participar, y en la que nadie es capaz de organizarse. Nos devanamos la cabeza con demasiadas rutinas, referencias, tradiciones. Con las ausencias de los que se han ido, y de los que no están pero volverán. Muchas morriñas enredadas dentro del pensamiento que se dispersa por la responsabilidad de que todo sea completo esta noche. Donde lo espiritual se une dentro de la familia como un símbolo que hay que renovar, porque es necesario que no se olvide el motivo por el que nos sentamos a una mesa tan agradable y por qué existe interiormente una gran paz en medio de este caos doméstico. Se esté donde se esté, y con quien se esté, pues hay que atender otros frentes menos intensos, pero no menos necesarios.
Un detalle de tanta envergadura que nadie desea romper. Y en esas correrías preliminares toda la casa es una gran cocina, donde cada cual prepara un aperitivo, mientras la copa que alguien te ha servido estará por algún rincón, olvidada junto con otras; y el interés por despejar los escasos espacios libres, adelantando trabajo para evitar atascos, es una batalla perdida, porque el pavo y los platos cocinados están listos para servir.
Me gustaría coincidir con lo que he escrito. Mis apuntes están guardados desde hace días, y hoy muy temprano los paso al ordenador. Es una garantía, una ayuda y casi una señal para no perder la inercia del trabajo. Es así como me enfrento al reto de escribir cada semana sin que me cause presión. Porque cuando escribo me debato en laberintos profundos, íntimos que me enfrentan con la realidad, pueblan la soledad y descubro algo nuevo siempre.
Mi paisaje querido ahuyenta este enredo de sentimientos. Mikel dice que -no va a ser igual este año pero por lo menos, como todas las nochebuenas estará el mensaje del rey-. Para un niño es importante tener recuerdos, disponer de noches únicas.
Y yo también quiero que sea como todos los años. Sentarnos a esta mesa nos va a recordar que el motivo no está en el menú que tenemos delante, ni en las relaciones personales de unos con otros, sino en el Misterio que lo hace real cada año. Así que antes de cenar se leerá el evangelio de la adoración de los pastores, una costumbre que tampoco se debe perder… Lo haremos como siempre. Y nuestro talismán personal para estos días nos ayudará a hermanarnos con la humanidad entera. Es entonces cuando llega el momento de ir a la mesa, y formalizar la mayor tarea culinaria que se hace en casa.
Porque estamos en Navidad. La noche donde parece que ser bueno es una exigencia, una obligación. La Nochebuena propone interrogantes, ofertas personales. Se hace un gran esfuerzo para lograr cada año este encuentro que aúna de alguna manera al grupo. Se comparte una sencilla emoción familiar para crear un patrimonio natural y legítimo propio de este ciclo navideño. Esta ceremonia se manifiesta en cada casa regulando un modelo a continuar en el tiempo. Los que se sientan juntos han de tener en cuenta las pautas aceptadas. Esa especie de confort tiene patrones básicos de convivencia, mucho que ver con al arraigo familiar en un largo recorrido por el espacio compartido. Hasta los más pequeños lo hacen; miran a sus mayores un poco extrañados por el desbordamiento, la exuberancia, y los mayores tienen la obligación de explicarles lo que implica esa fiesta con mayúscula que supera el listón más alto, y más tarde ellos podrán madurar y decidir sobre esta noche, que brilla por sí sola.
Así aprenden los niños. En realidad, esta es la pureza: hacer que nada se escape a la mirada limpia, inocente, la que apenas hiere y la que es capaz de descubrir el más profundo sentido de la vida.
¡¡Feliz Nochebuena!!

