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ENTRE TÚ Y YO

Sisí y los canapés

Consuelo Aguayo Lunes, 10 de Enero de 2022 Tiempo de lectura:

 

Últimamente me invitan a pocas bodas. No creo que sea porque eso de ponerse las esposas que vemos en los wésterns americanos esté ejerciendo un carácter disuasorio en las jóvenes casaderas ¿o será que las jóvenes parejas tienen dificultades para emanciparse? ¿o tal vez sea que yo voy para mayorcita y ya se han casado todas las hijas de mis amigas? Espero que no sea esto último. No sé. El caso es que prefiero no pensarlo, pero me alegro de tener pocas ocasiones para tirar por la borda mis horas intensas de gym, romper con el ritual de mis comidas equilibradas, sabrosas y mediterráneas y condenar a horas extras a mi hígado y mis vesículas biliares, que eso es justamente lo que he hecho durante todas las fiestas navideñas que se acabaron ya (por fin ¡uf!). Algunos dicen que con el año nuevo vienen los buenos propósitos de aficionarse a algún deporte, dejar de fumar o empezar a practicar el yoga. A los que siempre se une el deseo de mejorar la alimentación. Pues si es usted de esos, está de enhorabuena porque hoy día hay multitud de centros especialistas en cualquier barrio de cualquier ciudad que le ayudarán a convertir su objetivo en realidad. A menos que sea usted un rey, claro está.

 

No sé si será porque entre los clásicos griegos la Gimnasia era una disciplina imprescindible y los gimnastas eran personalidades de alto nivel social, pero lo cierto es que se ha convertido a lo largo de la historia en un distintivo de élite. Felpas con camisetas a juego, zapatillas de la marca tal y cual, muñequeras con el color así o asá…vamos, todo un merchandising que denota distinción, propio de los reyes del mambo.

 

Pues supongo que una premonición pasó por la cabeza de la emperatriz Isabel de Baviera (Sisí para los amigos) cuando aterrizó en la corte de Austria y comenzó con el asunto de los canapés. Y es que la hija de Maximiliano de Baviera (duque de Baviera) y la princesa real de Baviera, Ludovica, estaba acostumbrada a vivir lejos de la corte  porque pasó la mayor parte de su infancia llevando una vida más sana que una pera y en contacto con la naturaleza en los alrededores del castillo de Possenhofen, a orillas del lago de Starnberg, paseando y haciendo deporte a placer.

 

Pero “serían las 3 o las tres y media” cuando se le ocurre a la familia de Sisí llevar a ella y a su hermana Elena (Nené para los amigos, se ve que estas cursiladas ya funcionaban en la historia) a visitar a la Familia Real de Austria con el objetivo de casar a Nené (si se me permite llamarla así) con el emperador de Austria, Francisco José I. Pues ni corta ni perezosa en ese mismo encuentro Sisí le quita el novio a su hermana (aunque a decir verdad Francisco reconoció que “se había enamorado de Sisí como un cadete”) y va y se casa con él convirtiéndose en Emperatriz de Austria.

 

Al principio (como en todos los matrimonios) todo muy bien, como ella era alemana nacida en Múnich: “Cari pásame este discurso al alemán a ver si unificamos a los germanos” y esas cosas que suelen decirse entre recién casados. Pero Sisí empezó a odiar la corte, a alejarse de ella y a refugiarse en el culto al cuerpo, aunque también a cultivar su espíritu, todo hay que decirlo, pues dicen que era entusiasta de Hegel, Shakespeare y el poeta Heine (vamos, con buen gusto intelectual).

 

Su marido Francisco José con la caída del Sacro Imperio Romano Germánico puso su interés en Hungría, que había sido uno de los principales reinos europeos durante la Edad Media, y consiguió que se creara la monarquía dual del imperio austrohúngaro, pero en el interior se creó mucha inestabilidad interna, siempre amenazado por los separatistas checos, serbios, italianos y rumanos.

 

Con todas estas idas y venidas de Francisco, y con Sisí odiando la opulencia de la corte, como era de esperar, el matrimonio se volvió un poco ruinoso porque es que Sisí se encontraba con las copiosas comidas de la corte como mi hígado después de las navidades, así que empezó con el gym como una posesa. Desconozco si hubiera por sus alrededores un Baqueira Beret, Ski Resort, o un Sierra Nevada Ski, Snowboard, para esquiar (que eso es muy cool, como lo hacen todos los años Pocholo y Borjamari) pero sí se dedicó a la equitación que también era un deporte con mucho pedigrí llegando a participar en diversos torneos. Lo que cuento ahora no sé si es verdad o es parte de la leyenda pero dicen que mandó que instalaran en sus aposentos  unas anillas deportivas y unas espalderas para practicar con su personal trainer a salvo de miradas curiosas, dicen que paseaba como si no hubiese un mañana durante 8h diarias o más (fíjense que cuentan que algunas damas de su séquito que le acompañaban cayeron exhaustas) y que hasta montó una pista de circo propia en los jardines de Corfú.

 

Con todos esos elementos a su favor Sisí pudo mantener a raya sus excesos de canapés y claro pudo esculpir su cuerpo como le dio la real gana. Que para eso era reina. El común de los mortales tendremos que seguir luchando en los establecimientos proximales contra los líquidos biliares. Menos mal que ya hay pocas bodas.

 

Les recomiendo que si viajan a Viena no dejen de visitar el “Museo Sisí” dentro de los aposentos imperiales del magnífico Palacio Imperial, quizás en su colección privada puedan ustedes mismos confrontar el mito con la realidad.

 

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