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ENTRE TÚ Y YO

La piedra

Esther Egea Jueves, 13 de Enero de 2022 Tiempo de lectura:

 

Recuerdo cuánto nos costaba hacer las cosas. Teníamos que desplazarnos a la biblioteca para consultar un libro que a veces estaba prestado con fecha de un mes de espera; o teníamos que llegar a casa para hablar con alguien desde el teléfono fijo o desde una cabina, con las colas oportunas y con monedas en el bolsillo. No era fácil pero era lo que había.

 

Hoy en día, los jóvenes y los ya maduros de aquella época, nos frustramos si la red Wifi va lenta, si te dan cita para dentro de dos días o si te dejan en visto en el móvil.

 

Nos frustramos porque estamos educando a nuestro cerebro a funcionar con la gratificación inmediata, con circuitos de placer que sólo se activan cuando una tarea nos sale bien y rápida. Y cuando no es así, como ocurre al estudiar, al hacer dieta, aprender inglés o hacer deporte, evitamos hacer esa tarea tan horrorosa porque a nuestro cerebro le cuesta valorar el esfuerzo.

 

Nuestro cerebro, que no soporta la inactividad, lo estamos acostumbrando a saciar su aburrimiento con tareas que no requieren grandes esfuerzos de concentración y que busca la satisfacción a corto plazo y no la curiosidad. Cuando el hijo tiene que hacer el esfuerzo, por ejemplo, de los deberes, su cerebro es ineficaz para hacerlo porque no está en  “modo curioso” para aprender.

 

Hay una cultura social de la inmediatez proporcionada por los avances tecnológicos, por lo que el esfuerzo y sus sinónimos como empeño, esmero, ahínco, voluntad, no están siendo realmente inculcados en las familias. Nos encontramos con dificultad para estimular hábitos de cualquier tipo, ya sea de higiene, alimentación, sueño o de estudio. Los hijos se quejan ante la rutina, no les satisface; y los padres accedemos a esa queja ayudándolos o incluso haciéndolos por ellos. Y ellos siguen consumiendo placeres inmediatos para calmar su aburrimiento y estrés.

 

El término de “vencer una dificultad para alcanzar un fin” supone un desgaste familiar que termina con un “venga, vamos a ponernos” o  “déjalo que yo lo hago”. Está claro que ese camino no allana el terreno. Al revés, entramos en una indefensión llena de piedras que obstaculizan el paso de las rutinas.

 

Saber qué hacer con las piedras del camino es la mejor forma para que dejen de molestarle la próxima vez que lo intente. Por eso, no se las quites, déjalas donde están para que  tu hijo aprenda, con curiosidad y satisfacción, a valorar el esfuerzo. Un abrazo.

 

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