
Enero no parece dañino, aunque el curso iniciado por la covid hace ya casi dos años, nos ha hecho pelear con su maléfico ritual que ha convertido a la humanidad en seres indefensos. Y es nuestra la obligación de salir airosos. Nos ha traído desesperanza y ha establecido su poder de acción. Aunque no queramos darle más publicidad es como un punto al que se vuelve una y otra vez; un desahogo para calmar la rabia y la impotencia que se siente ante esta distopía.
Es por eso por lo que hoy voy a escribir sobre la felicidad: ese momento extraordinario en el que se siente el placer del bienestar máximo cuando todo funciona como debe. Un encuentro vital en el que se dan las circunstancias para que se produzca, un soplo en el que los problemas son invisibles y aparece el orden en su esencia material y espiritual, sin que nada se cuele para entorpecerlo. Pero como nada es perfecto dura muy poco. Así que no esperemos otra cosa respecto a lo que sentimos en esa dulce impresión de que todo está controlado. Esta es la felicidad como yo la siento, aunque el diccionario diga que es la sensación de bienestar cuando alcanzamos nuestras metas y propósitos donde no hay necesidades que apremien, ni sufrimientos que atormenten.
Vivir incita a buscar estas señales; la persona se obliga a estar alerta, necesita conocer que todo funciona y se manifiesta de una forma tan clara que puede que nos hayamos oído decir a veces, en voz alta “si la felicidad existe, en este momento soy feliz”. Siempre que se nos ha hecho presente, hemos sentido una percepción radical de que todo está colocado en su sitio; un momento que hemos de arrebatarlo a la rutina y nos hace sentirnos en plenitud. Una ceremonia en la que sentir y pensar se unen como una sola impresión para percibir ese instante.
Un estado burbuja que todos hemos sentido alguna vez, y que no se puede atrapar más allá de ese impulso que se siente sin que nada de la realidad haya cambiado, aunque sí la motivación para recibir ese estado de ánimo perfecto. Avanzar en una dirección concreta no es fácil. Tampoco asegurar que la gente está dispuesta a dejar entrar estas percepciones en su mundo interior.
Y me viene una imagen de estos días: Estrella cocinando su lasaña de espinacas con gambas, y de postre para apagar las velas del cumpleaños de Mikel, una tarta Tatin. Ha pasado unos días en casa, en plan tranquilo. Hemos salido poco. Nos hemos arrebujado en la mesa camilla para hablar de cosas comunes. Reunirnos en familia siempre está muy bien. Cocinamos de puertas para dentro, con el mismo interés de un chef experimentado. Ella dirige y yo me admiro ante su profesionalidad. Influye mucho la tranquilidad que tenemos en casa y la desgana que nos aleja de la calle y el bullicio. Tengo la impresión de sentirme en la cocina de un catering porque el ambiente que se ha creado es serio, disciplinado. De altura, diría yo. Me siento orgullosa de ver mi cocina tan especialmente atractiva. Las láminas de pasta reposan en un gran paño blanco, esperan que los montoncitos de relleno rompan esas líneas rectas tan bien colocadas, y es que con esta mujer tiene que ser todo calculado, con los tiempos necesarios, exactos.
Ayudo mientras observo cómo puedo acceder a esta forma de estar en la cocina, sin estrés, sin arrebatos, esa manera de organizar un plato de cierta dificultad, para cocinarlo en casa, me refiero. Me gusta ver la cantidad de novedades que tendré que llevar en cuenta, pues a mí me encanta guisar y merece la pena que aprenda este planteamiento tan distinto al mío.
En pocas horas nos sentaremos distanciados para celebrar el acontecimiento. Y sí que hay ausencias, sí que hay alguna oscuridad, sí que hay asuntos por resolver, sí que seguimos en alerta. No hay nada que se aleje de la realidad. Todo es como ayer y anteayer, y es verdad que tampoco nos mueve nada demasiado significativo como para dar saltos. Pero estamos bien, tranquilos, respetando el silencio de cada uno, cuando se produce.
Y el hecho de servir una comida que se ha cocinado de un modo tan, tan delicado, hace que piense y sienta de un modo especial, y me transporte a ese ideal del que hablo, y sea capaz de retener ese instante al que yo llamo felicidad.
¡Nos encontraremos con más historias!

