
Es una fría mañana de enero, blanca y desapacible, casi como cualquier otra.
El coqueto nuevo bar de la esquina está totalmente colapsado, las conversaciones y los ruidos de tazas y cucharillas llenan el ambiente… pero llega ella, por un momento las conversaciones se detienen, las pulsaciones se alteran e incluso se escuchan pequeños suspiros de asombro y deleite.
Es ella. La gran belleza.
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Viene cada enero a visitarnos y nos cubre con su luz y manto blanco. No te dejes engañar por su apariencia angelical, es la reina más antigua de todos los tiempos, la reina de todas las ardides. Es una hermosa reina que nos deja entrever la dulzura infinita, la ansiada paz, la esquiva felicidad, pero también la oscuridad, la inseguridad y la desdicha.
Si la miras mucho estás perdido, caerás en sus redes y jamás volverás a ser el mismo. Da igual que seas hombre, mujer, perro o gato. Da igual tu naturaleza, tus intenciones o tus deseos. Es una actriz consumada y su único objetivo es poseer tu Alma.
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Hay una de ellas en cada mujer, porque cada una de nosotras habita en ella, se alimenta de nuestro ego, de nuestros altibajos, de nuestras concesiones diarias a la vanidad, a la pereza, a la indiferencia. Crece y se convierte en un ser inexpugnable, está en ti, y en mí, es nuestra dueña, aunque solo sea a ratos.
Todos los días la ven desfilar, majestuosa, sobria y elegante. Es la estrella de enero y lo sabe, pero enero comienza a marchitarse y con sigilo, este ángel/demonio volverá de donde vino, y podremos seguir viviendo como hasta ahora, aportando la evidencia de una aparente vida normal, de unos actos más o menos creíbles, de una supuesta autenticidad.
Pero a veces, en los primeros minutos del alba cuando el pensamiento no es claro aún, la ves agazapada tras tus pupilas, tentándote…
¿Qué tendrá nuestra alma inmortal que tanto ella desea?
La gran belleza sonríe… solo ella sabe el secreto.

