
No sé quién fue el que le puso los nombres a los pueblos de nuestra Región, pero tuvo que ser o un cachondo o un tipo con mala leche. Echen ustedes un vistazo a los topónimos de nuestras ciudades y entenderán por qué lo digo. ¡Menuda lista! Alcantarilla, La Garapacha, Mula… Porque nosotros estamos habituados a estos nombres, pero cuando alguien de fuera nos visita por vez primera y va leyendo estas palabras en los carteles de las carreteras le deben dar ganas de dar la vuelta y huir. ¿Dónde estoy? ¿Qué tierra es esta?
Si alguien te pregunta ¿dónde naciste? y le respondes en Alcantarilla, seguro que lo primero que le viene a la mente es una cloaca. Si te dicen ¿de dónde eres?: de Las Torres de Cotillas; seguro que te preguntan si es que hay mucho chismoso allí. ¿Domicilio? Caravaca; no debía de habérselo preguntado, se le nota en el rostro, te comentan. Tenemos que reconocer que el nombre de muchos de nuestros pueblos es propicio para el chiste fácil.
Pasar por Mula siendo macho. Ya estamos en Los Infiernos. ¿Qué nadie sabía dónde se escondía?: ¡aquí está Roldán!… Son dichos que todos hemos escuchado. Al igual que Alguazas, Cabezo de Torres, Lorquí, Ceutí, Puente Tocinos, Churra… son términos duros, que suenan a basto, a tosco. Y no digamos Bullas, cuyo copón es mentado de mala manera por toda la geografía nacional.
De cualquier forma, los nombres tan poco sonoros de nuestras ciudades lo contrarrestamos con el carácter amable y hospitalario de nuestras gentes; y con la calidad de vida que disfrutan los paisanos de cada uno de estos pueblos. Y lo de ser alcantarilleros, churreros, cabezones, tocineros, fortuneros o alguaceños lo llevamos con mucho orgullo. Y si nos hacen chistes, pues… a reírnos.

