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ENTRE TÚ Y YO

La estupidez humana

Javier Escolano Lunes, 28 de Febrero de 2022 Tiempo de lectura:

 

“No sé con qué armas se luchará la Tercera Guerra Mundial, pero sí puedo decirle con qué se luchará la Cuarta: con piedras”; Albert Einstein (entrevista con Alfred Werner, Liberal Judaism, abril-mayo 1949).

 

A lo largo de mis anteriores colaboraciones les he invitado a una particular aventura; cual es: transitar por parte del maravilloso universo escrito, fruto del talento humano, desde la “poesía que salva el abismo”, las mujeres que no consideran pecado “dejar flotar el pelo”, emplearse en “trabajar el pasado” o “tocar la vida tras el anochecer”, hasta intentar comprender la “inhumanidad”, tras haber visitado la desgarradora “oscuridad del mal”, con el propósito no oculto de desnudar las herramientas imprescindibles para obtener  conocimiento esencial (historia, literatura, física, etcétera), presididas por  la razón y envueltas en los mejores sentimientos propios de nuestra naturaleza, con una exigencia permanente (para mí) de “desaprender” y “renacer”. Sin todo ello, es imposible “superar la indiferencia”, lo cual nos precipita al abismo de la nada intrascendente, una vida que supera los días, pero siempre nos alcanza y hace rebotar la angustia en el final.

 

Ahora deseo compartir la perplejidad que me causa constatar “cuan estúpidos somos los humanos”. Baste que ustedes se pregunten cuántas veces en las últimas semanas han dicho: “no es posible, se han vuelto totalmente estúpidos”.

 

Como ejercicio me permito reproducir algunas afirmaciones:

 

“Una guerra total es una locura. Por fortuna, un enorme cuerpo de literatura especializada nos asegura que en un mundo globalizado esa locura es imposible”.

 

“No hay ninguna fuerza física que pueda reducir a cero la fuerza del crédito”.

 

“El movimiento internacional de capitales es el mayor garante de la paz mundial”.

 

“El conflicto supone el gasto de una suma tan enorme de dinero y causa tantas interferencias al comercio, que una guerra comportaría el colapso total… del crédito y de la industria… implicaría el agotamiento y empobrecimiento absolutos”.

 

Como dice Ian Morris (en la página 691 de su magnífica obra: ¿Por qué manda Occidente… por ahora? Editorial Ático de los Libros, 2010), comentando las anteriores frases: “parece reconfortante… si no fuera porque… todos estos textos se escribieron entre 1910 y 1914”.

 

Quizás es llegada la hora de recordar el libro “Las leyes fundamentales de la estupidez humana” (Editorial Crítica 2013) de Carlo María Cipolla (Pavía 1922), Catedrático de Historia Económica de las Universidades de Pavía y Berkeley. Un texto de referencia al hablar de la “estupidez humana”.

 

[Img #88801]

 

El autor califica su ensayo (escrito en 1976) como “el resultado de un esfuerzo constructivo por investigar, conocer y, por lo tanto, posiblemente neutralizar, una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”; y con un tono satírico y en apenas 89 páginas, parte de la afirmación (para él unánime): “La humanidad se encuentra en un estado lamentable” y posteriormente va enunciando y justificando las “cinco leyes fundamentales”.

 

Quizás lo más sugerente y, posiblemente, lo más conocido de esta ácida pieza de pensamiento, sea el texto de la Tercera Ley, que dice: “Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”; y lo más inquietante, la formulación de la Segunda Ley: “La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”.  Esto es, según Marco M. Cipolla, existe la misma fracción “x” de estúpidos, entre profesores, premios Nobel, bedeles y estudiantes.

 

Aunque hoy, en mi opinión, resuena con mayor intensidad su nítida afirmación sobre el poder:

 

 “Algunos estúpidos causan normalmente sólo perjuicios limitados, pero haya otros que llegan a ocasionar daños terribles… a comunidades o sociedades enteras. La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende… de la posición de poder o de autoridad que ocupa en la sociedad. Entre los burócratas, generales, políticos y jefes de Estado se encuentra el más exquisito porcentaje x (número idéntico al existente entre otros grupos) de individuos fundamentalmente estúpidos, cuya capacidad de hacer daño al prójimo ha sido (o es) peligrosamente potenciada por la posición de poder que han ocupado (u ocupan)”.

 

En mi percepción: no creo que existan ahora más “estúpidos” (en los términos definidos por el autor) que antes; pero sí parece que, en las últimas décadas, mostrarse estúpido o comportarse como tal, incluso sin restricción alguna, no causa vergüenza e incluso “tiene su público”; por lo cual, las estupideces crecen, se reproducen y, por desgracia, no desaparecen; y, con ello, el ascenso de “estúpidos” a esferas de poder o decisión donde el daño es abultado, es claramente demostrable. Aunque por ser honestos, cabe preguntarse: ¿no seré yo, el estúpido?

 

Queridos lectores: reitero mi agradecimiento por la compañía; y desde las herramientas presentadas que, al menos, llenan mi “caja”, les invito a emplearlas con el convencimiento de su utilidad para superar la indiferencia, acrecentar la protesta, reivindicar la razón humana y la auténtica ciencia. Presupuestos imprescindibles para impulsar el comienzo del Renacimiento que espera nuestro siglo, en el que la “persona” vuelva a ser el titular protegido de derechos, libertades y valores, en el seno de una sociedad menos “estúpida”, cimentada en “un pacto social escrito en el lenguaje de la razón y la ciencia y construido sin indiferencia”.

 

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