Orfeo, uno de los nuestros
Nuestro amigo Orfeo ha cumplido dos años. Desde que con apenas un mes y en plena pandemia lo incorporamos a la unidad familiar se ha integrado plenamente con nosotros, salvo en lo relativo a asuntos fiscales, obviamente.
A lo largo de este tiempo, mientras él nos ha ido observando y creo yo que conociendo nuestras cosicas, nosotros hemos hecho lo propio. Y me gustaría detenerme en algunas cuestiones de su personalidad que creo merece la pena destacar.
En primer lugar el régimen de sus deposiciones , que considero no es asunto menor. En los primeros meses – casi todo su primer año - las realizaba con esa espontaneidad y frescura que preside los primeros años de la infancia, despojado de cualquier dilema respecto a la ubicación en donde las mismas debían producirse.
Pasados los meses, la cuestión fue adquiriendo cierta complejidad. De la inmediatez y ausencia de prejuicios al respecto se pasó, sin más, a un ritual enormemente elaborado en el que ubicación, velocidad del aire, aromas y olores, luminosidad, situación medioambiental y, eventualmente, presencia o no de pájaros, influyen de manera determinante en ese acto.
Las sucesivas trayectorias que traza Orfeo para lograr la inspiración necesaria a veces evocan el icosaedro y no muchas, pero si algunas, claramente el cubo de Rubik. Imposible pronosticar donde va a ocurrir. Se trata, en resumen, de un festival geométrico regido por un algoritmo en el que, tras la adecuada integración de todas las variables, sólo te queda sacar la bolsita – si logras abrirla - y recoger el producto. Y entonces lo miras, y él te mira como diciendo: no terminas de entenderme. Y me callo.
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Prosiguiendo el breve paseo en el que este enigma se produce, he observado que su criterio sobre los servicios públicos ha experimentado una enorme transformación, no exenta de paradojas. Todo lo relativo a limpieza viaria esto es, personal, maquinaria, utensilios, etc, provoca en él una reacción como ácrata, de enfado y disconformidad. Los chalecos reflectantes, los cepillos mecánicos, los encargados, los operarios…todo, en suma, lo que constituye la concesión municipal de limpieza, incluidos parques y jardines, lo enciende vivo. Y esto no pasaba antes.
Sin embargo, todo lo que es rechazo a la citada concesión, se torna en parabienes y lisonjas respecto a los servicios policiales. Da igual el uniforme, cuerpo o modo de vigilancia, a pie o rodado, en que la actuación de los agentes de la autoridad se produzca. Hasta donde llegará su simpatia por este colectivo que, supongo que por respeto, a la hora de deponer en su presencia se abstiene de hacerlo, trazando entonces una diagonal y dirigiendose al lado más alejado de donde se encuentra la presencia policial, para obrar.
Respecto a su vida amorosa, ha sufrido ciertos altibajos y yo lo noto. De joven, en su primer año y pico tuvo un muy intenso, y a mi juicio demasiado notorio, romance con una perrica muy completa, a la sazón vecina. Crash, que así se llama, es un cielo. A mí me gustaba mucho como pariente – si es que ese estatuto puede aplicarse a este contexto – pero la cosa ha sufrido vaivenes y actualmente yo calificaría la cuestión como amor en stand by. Son cosas personales, o animales, y no conviene ahondar mucho en ellas. Ya hay muchos cataollas, y a Orfeo eso no le gusta, creo yo.
Luego, en la vida domestica, también es ciertamente peculiar. Al principio se ponía delante del televisor y medio dormitando , veía todos los programas con gesto severo e impasible. Pero un día haciendo zapping se coló inadvertidamente “cazadores de langostas “, y aquello fue el acabóse. Empezó a ladrarle a la tele y tuvimos que cambiar ipso facto de canal, con tan mala suerte que fuimos a dar con una repetición de El cuarto milenio. De pronto se quedó mirando fijamente unas imágenes relativas, creo recordar, a unas psicofonías captadas en los Martínez del Puerto en los años 50 y…….. cuando apareció Iker Jiménez, directamente se fue a por él. Todo duró unos segundos, los que tardamos en ponerle Control de Fronteras, en Dmax, y una balsa de aceite.
Por lo demás, y salvando estos desconcertantes aspectos y las incognitas que nos proporcionan, hablando en serio, Orfeo nos ha llenado estos dos años con un torrente diario de cariño, que sentimos en cada detalle, en cada mirada, en cada minuto de compañía en silencio, en cada gesto de agradecimiento y en mil cosas más que han convertido a esa diminuta criatura que nos entregaron en una caja de cartón no más grande que un libro, en una cosa muy importante. Porque Orfeo es, en el sentido literal de la palabra
Uno de los nuestros.
Dedicado a nuestra amiga Pilar.





















