
La palabra es el sistema de comunicación más potente que tiene el ser humano.
Nos convertimos en tallistas responsables, torpes o instruidos, dependiendo del manejo de los útiles al darle su forma y proyectarla. Una vez esculpida y alumbrada en la perfección de su diseño, hay que vestirla y vehiculizarla para que llegue al lugar que corresponda: segura y pertrechada de productivos y loables argumentos.
Porque a través de la palabra hacemos pedagogía y transmitimos el pensamiento: material de extrema sensibilidad.
Por eso es de vital importancia validar su mensaje con justicia, educación, respeto, empatía, piedad, delicadeza, equidad y, un montón de largos etcéteras.
¿Y por qué una palabra tan hermosa como es el feminismo está tan denostada y se le tiene tanto miedo en pleno siglo XXI? Si su significado y concepto es claro y limpio. Pero pareciera adolecer de honradez o nobleza, o albergara algo oscuro, o como si ello conllevara vilipendiar o competir con el hombre. Siendo todo lo contrario.
Feminismo es igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Y se hace necesario establecer la esencia de esa justicia en toda la sociedad y en todos los órdenes de la vida. No olvidemos que somos el 50 % de la población mundial. Por tanto, la mitad, y la coexistencia entre iguales, sería, además de honesta, ventajosa y enriquecedora. Que la palabra del hombre, no sea y haga ley, sin tener en cuenta la de la mujer. La nuestra tiene exactamente la misma importancia.
No queremos varones ni féminas pasivos frente al patriarcado. Queremos a hombres y mujeres con discursos y acciones activos en equidad.
De lo contrario, no sólo no tendremos un desarrollo adecuado, sino que vamos a una involución con consecuencias alarmantes y devastadoras, como las que nos toca vivir y presenciar cada día.
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LA PALABRA DE DAFNE
La joven Dafne del siglo XXI se levanta como cada día
y fluye en sus pequeñas parábolas cotidianas.
Se ducha, desayuna, prepara su trabajo habitual
bajo la atenta mirada de la foto de su orla:
revisa sus WhatsApp, el correo y, comienza a trazar planos.
La joven Dafne del siglo XXI arrastra el origen
de su genealogía postrera, la rémora de una herida
enquistada en la heráldica de la esclavitud de su corteza;
ahí están todas las mujeres cuajadas de noche,
todas las mujeres árbol que convergen en ella.
A la joven Dafne del siglo XXI, una mañana
se le abre un boquete en el pecho,
por donde tiene incrustada la flecha de plomo,
observa las semillas de la casa que rebrotan,
Le crecen retorcidas raíces y, como una planta carnívora,
multiplica su espesor y la invade y la corroe como metástasis,
y luego rompe las paredes y techo y estructura…
Las raíces salen a la calle y penetran
en la Madre Gea. La que llora desconsoladamente.
El bosque la devuelve al hogar al que pertenece –parece decirse.
Pero ella recoloca su diadema vegetal y descarta balbuceos inútiles.
“Volver a hablar con Apolo sin dioses de por medio,
y sellar alianzas mediante la palabra.
Tenerlo laureado en sacrificio, no resuelve mucho.
No me valen sus farfullas de castigo férreo.
Sólo quiero mostrarle una palabra que no tirite
ante la suerte de (v) de victoria de macho despiadado.
Quiero un amante franco, sin ruindad absolutista;
que su flecha y la mía, inequívocamente, sean para siempre doradas”.
La joven Dafne del siglo XXI asiste al funeral de su casa
invocando la clorofila refrescante de la palabra: igualdad.
Y a pesar de los milenios,
sigue atrapada en grandes museos:
en grandiosas tallas de mármol o arte pictórico.
Siempre bajo el escrutinio de los miles de ojos que la visitan.
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¿Es posible que algún día reine en el mundo la palabra: ¿IGUALDAD para todos los seres humanos?
¿Es posible educar y comunicar sólo con / en / y la palabra, y obrar en consecuencia?
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