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ENTRE TÚ Y YO

Había una vez un ángel que salvó mi vida

Francisco Luis Velasco Miércoles, 30 de Marzo de 2022 Tiempo de lectura:

 

Pasadas cuatro semanas de suplicio, esos últimos días de una de las peores épocas que he vivido me anunciaron el regreso a un lugar nunca visitado por mí, pero temido por todos. Mi corazón se postraba ante el fin. Estaba ante la última jornada de mi viaje, y yo sufría de la más desairada desdicha del ser humano. El mundo se teñía de un negro azabache: mirara hacia donde mirara y sobre mi cabeza atisbaba el altísimo cielo, entristecido aún por una vagabunda terrina desértica y algunas nubes de oro viejo. Por los laterales de los caminos y carreteras nadaban los mantos de barro que durante días habían embozado los pueblos cercanos. Cruzaba el fangal y las antes verdes y hermosas planicies del campo de Cartagena, regadas ahora por riachuelos de fango que obstruían el natural paso de los vehículos de labor, que abandonaban los tradicionales senderos para internarse en las tierras mojadas, frondosas, ahora lodazales e incluso lagunas en busca de sendas cóncavas por donde pisar con movimiento firme pero seguro.

 

Mis ojos se fijaron con avidez en aquel desconocido paisaje para el oriundo de estas tierras sureñas, nunca visto ni sufrido salvo para viajeros que frecuentaran los cielos anaranjados del longevo desierto del Sahara, y su manto de polvo conocido como calima. Mirara donde mirara, incluso los centenarios molinos, las cumbres, las crestas, los valles, las casas y los cortijos, aspiraba un perfume nada grato ni premonitorio, comparado con los vestigios lujosos de una bella y precursora primavera que siempre me ha conmovido y que tiñe de verde hasta el canto de las aves con sus tiernas armonías y endulza el corazón de cualquiera. Quedé mudo ante el desconcierto que sobre mí se cernía, pues el viejo recuerdo de un suceso que casi acaba con mi vida y había creído desterrar de la memoria, porque algunas de mis andanzas, poco admiradas por el oscuro final que encierran, tienden a palidecer como la vieja tinta, pero nunca se olvidan.

 

Cuando regresé al cómodo salón de casa, inundado de pena, vacío de alegría, de familiares aromas caseros entremezclados, del seductor perfume de una prenda de ropa femenina, me encontré tan solo y desesperado como aquellas veces a los dieciocho años que desafié tanto a la vida que estuve a punto de perderla, y ninguna mirada fugitiva soslayó mi pena. Ninguna voz se oyó salvo el sordo enmudecer de aquel que en un instante lo ha perdido todo otra vez, por volver a confiar en la bondad de la gente y sus buenas intenciones. Que las hay y dejan tras sí esa alegría desconocida del agradecimiento, de haber nacido, de estar y existir, del propósito de una vida.

 

Hasta que entonces caes en la cuenta que también hay mucha gente mala, injusta, cruel y despiadada, que solo actúa por interés propio, que lo quieren todo para sí o para los que consideran suyos. Padres que destierran a uno de sus hijos dejándolo sin nada, o con lo justo para pasar el mes, y a otros, posicionándolos en la cúspide, protegidos, colmándolos de propiedades, de lujos, dinero y comodidades. De esos que no hacen nada por nadie salvo hacer suyos tus propios méritos, que con sus actos exteriorizan que unos nietos valen más que otros. De los que dilapidan sus propiedades y ocultan el dinero antes de morir para no dejar nada en herencia, y caes en una postración eterna: tu voz es impotente cuando son tantos a los que te enfrentas. Sus oídos no escuchan porque no importa lo que digas, se creen que han ganado, aunque el raciocinio y la justicia inunden tus palabras, apartan sus miradas porque no pueden hacer otra cosa, salvo esperar que caigas. Pero hay veces que por listo que seas, hay quien puede más que tú y te saca las vergüenzas.

 

Multitud de personas buenas me ofrecieron su hombro, sin saber si quiera que algo grave me ocurría, su comprensión y su tiempo para recomponer mi cuerpo y mi alma, y desde aquí quiero rendirles un sentido homenaje. Porque sí, existen, y tengo la inmensa suerte de poder contar con un buen puñado de ellas. Pero determinados entuertos son tan difíciles de solucionar que debe ser uno mismo quien los remedie, y sabe Dios que lo haré, a más que hubiera sido egoísta por mi parte salvo agradecer el grandioso gesto.

 

El sábado, totalmente perdido, sin rumbo ni salida pedí ayuda desesperado a la persona cuyas honestas caricias debían haber sido siempre todas para mí desde que comenzamos nuestros juegos, aunque no lo fueron para mi desgracia; pero en vez de pasar una tarde dorada a mi lado; dándome cobijo, ánimo y esperanza, ayudándome a cultivar un poco de fe en mí mismo que me ayudara a salir del abismo; en repetidas negativas y cargada de amenazas y razones, se hizo a un lado negándome algo como la propia vida.

 

Pero cuando todo estaba perdido, refresca mi mente una maravillosa voz nunca olvidada, una alegría indefinible que no pudo a un tiempo ser entendida y celebrada, vuelve ella a escena y mi memoria se llena de recuerdos maravillosos, de palabras que nuestros labios murmuran a milímetros de distancia, de todo aquello que compartimos, y es esa mujer, es su bondad, es su intuición de que algo me ocurría, es su leve paso cuando abandonaba la habitación por la mañana, su dulzura, su mirada, lo que rememora aquella cabeza mía que no da crédito a tanta virtud. Así, el cielo llorando lágrimas desesperadas que caían a raudales, el horizonte negro, el peligro de circular desde la otra parte de la sierra del Maigmó por una carretera empapada, que haría enmudecer o palidecer de miedo a cualquiera, antes de que pudiera si acaso hacerme a la idea, ya había visto su bello y blanco rostro en el zaguán de mi casa. Vestía un traje negro, muy fino, del cual descubría parte de la espalda, pues una preciosa flor de loto de color púrpura la engalana. Su cuerpo estilizado, sus brazos deliciosamente torneados, y sus manos curtidas pero cuidadas.

 

Al acercarme a ella, con mirada ansiosa, aspire aquel olor nunca olvidado del embriagador perfume que embadurnaba su tersa y fina piel. Los ventrículos de mi corazón chispearon de alegría al pedirle un abrazo, acercarla a mi pecho y estrecharla entre mis brazos. Unas lágrimas cubrieron mis ojos: por el supremo placer que conmovía mi maltrecho y desgastado organismo. Cuando traté de apartarme no me dejó, se quedó de pie junto a mí, ceñida con fuerza y ternura y cerrando sus preciosos ojos claros. Fue su rostro y ese porte lo que más me impactó, pues no desdeñó el notable rubor y mis ojos todavía humedecidos los acalló como quien acalla a un niño con una caricia materna. Sus brazos rodeando mis hombros, rozando mi piel, esa sonrisa dulce nunca en vista en otros labios de expresión afectuosa, me infundió tal esperanza, que en esos momentos fui el hombre más feliz de cuantos han existido.

 

Ella no ocultaba tenazmente su malestar por cómo antes terminó todo; pero pude atisbar entre el primor de sus hermosos ojos, a pesar del imperativo, una muestra velada de esperanza, cual clavel encarnado. Ella me salvó, así de simple y así de complicado. Esa mujer vino para reafirmar su fe en mí e infundirme ánimos. Sin pedir nada a cambio. Cuando se marchó después de un ritual de caricias y agasajos, dormí tranquilo. Cuando desperté al día siguiente estaba curado, los males se fueron revoloteando, y la paz llenó mi vida con ese tierno aroma que solo el cariño y la ternura pueden llegar a colmar.

 

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