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ENTRE TÚ Y YO

Té a la americana

Ángeles Hernández-Gil Jueves, 07 de Abril de 2022 Tiempo de lectura:

 

          Organizar un té, es una ocasión única para convertir una tarde tediosa de domingo, con la excusa de este delicioso brebaje, en un pasatiempo ideal. Improvisar una merienda tan simple, con un bizcocho o unas galletas, y unos emparedados hechos con lo que haya en la nevera, se tarda menos que poner el mantel y preparar las tazas. Lo digo yo que soy muy propicia a estas sencillas reglas de amistad, no protocolarias y mucho menos sociales. No es extraordinario sentarse alrededor de la mesa camilla y reunir a unas cuantas personas cercanas para este rito que no tiene nada que ver con la ceremonia del té en Japón, ni nada que se parezca al té inglés de las cinco. Simplemente es algo heredado de mi madre, que tiene mucho de analgésico y terapéutico respecto a las soledades en las que nos vemos involucrados sin venir a cuento.

 

          Mi madre cuando se casó con mi padre se vino a vivir a Molina, y años más tarde, con nosotros ya en el mundo, toda la familia se trasladó a Murcia. Desde muy pequeña observaba las reuniones que se hacían en casa: unas meriendas que superaban las expectativas en un pueblo donde no abundaban esos recreos sociales, caseros, a no ser que fueran celebraciones importantes. Pero mi madre añoraba su tierra y se acogió a una vida más o menos propicia a su carácter difícil, aunque comunitario.

 

          Y mi madre organizaba a veces reuniones donde se servía ese té especial que ella lo llamaba “a la americana”, aunque nunca he sabido de dónde venía ese nombre tan aparatoso, cuando entonces, ni se tomaba té, ni ella misma supo darle una explicación convincente. Cuando en alguna ocasión entraba despistada, el horror de tener que saludar, dar besos, compensaba por ver la cara sonriente de mi madre. En fin, ahora tomo conciencia de que mis recuerdos me llevan hacia el pensamiento y la soledad en los que me refugiaba, quizá siempre en busca de algo que no encontraba. Me gustaba fijarme en todo lo que me llamaba la atención. Todo tiene un porqué, y esas imágenes se me quedaron grabadas, como tantas otras que en este momento voy relatando, recordando, asumiendo, porque son mías.

 

        Recuerdo muchas de las cosas de mi infancia. Me gustaba sobre todo ver a mis padres distraídos, con amigos, fuera de la disciplina familiar con nosotros. Eran unos tiempos en los que yo empezaba a fijarme en situaciones que me parecían trascendentes. Mi interés era que cualquier cosa que hiciera tuviese una buena explicación, un resultado positivo para todos. Me daba cuenta de que la vida era dura, aunque en casa se vivía con holgura. Me preocupaban cosas familiares que se escapaban a mi campo de acción; situaciones que no conocía bien y me inquietaban. Había mucha gente que organizar en la casa, éramos demasiados, unas veces nos controlaban y otras yo me encontraba perdida en un bosque de gente mayor que iba de un lado para otro. Los niños siempre creábamos polémica, hacíamos mucho ruido porque éramos muchos y nunca faltaban momentos de peleas y discusiones.

 

          Pero lo cierto, es que he hecho mía esa costumbre de preparar un té a la americana en las tardes de hastío. Y es especial porque siempre suscita un interrogatorio, una admiración cuando se prueba, y un querer repetirlo cuando se propone de nuevo. La receta es bien sencilla: hervir la leche con una rama de canela y una corteza de limón, al empezar a subir la leche se apaga el fuego casi a la vez que se echa una bolsita de té negro por persona, se deja reposar unos minutos y se cuela en una tetera; en el momento de servirlo, tanto el color como el aroma ya son una delicadeza, que junto cualquier cosa que lo acompañe ponen el listón alto. En las cafeterías Starbucks está de moda algo parecido, pero he de decir, que no tiene comparación con el té a la americana de mi madre.

 

          Creo que es una práctica muy segura para conservar a esos amigos que se van alejando, están de bajón y hay que animarlos, y puede que también si desaparece el hábito, se lleva consigo a la persona. No quiero hacer de esto una etiqueta, un tema personal. Es algo más, son muchas cosas a la vez. Llego a la conclusión de que el mensaje ha venido por sí mismo, en momentos de angustia… como ahora… en que de nuevo la presión, el dolor, nos agita.     

 

          ¡¡Nos veremos, hasta pronto!!

 

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