
Hace unos días escuché en la radio la frase de Santa Teresa de Jesús “Vivo sin vivir en mí” el principio de uno de los más sentidos poemas de la santa de Ávila. Lo recitaba una mujer joven con una cristalina y apasionada voz que merecía la pena detenerse en su lectura. Pero yo cogí mi cuaderno y apunté solo esa primera estrofa que me daba una oportunidad de encabezar un escrito, sin saber lo que ocurriría después.
En este largo periodo de espera, todos hemos envejecido, nos hemos deteriorado, desanimado, disgustado…, hasta llegar a un punto donde cada uno confía en sus energías como puede. Ahora toca salir a la calle, desnudando nuestra cara, vistiendo ropa de fiesta, ¿qué va a pasar? La mayoría nos hemos acostumbrado a una intimidad más precaria, anónima, y nos encontramos a las puertas de una libertad consentida y aprobada: aceptar que todo vale estos días, en tanto que se pide prudencia ante las bajadas de contagios para que no terminen por pasarnos factura.
Y esta Semana se va desarrollando con normalidad, se vuelve a recuperar el pulso popular y, como tantas veces, muchas preguntas quedan sin responder. Los valores religiosos pasan al ambiente de la calle. Estamos en plena Semana Santa: el recogimiento, el arraigo religioso, tradicional que mueve las masas. Resueltos a sacar esos momentos Pasionales de la vida de Jesús, que dan sentido a una cultura popular, religiosa, callejera. Capacitada para reunir a una multitud en la calle que se manifiesta esplendorosa.
Pero han aparecido otros dramas humanos que nos trasladan a la solidaridad, han hecho su entrada sembrando escenarios apocalípticos, tragedias compartidas que se van asumiendo sin dejar tiempo para respirar, al margen de lo que nos depara la ficción: pandemia-muerte, guerra-muerte, violencia–sufrimiento, que corroboran un sentimiento debilitado y egoísta
Con estas premisas, discreta y pasivamente, vuelvo a la sensibilidad de esta Semana, lo que sugiere para muchos, lo que aporta a la sociedad. Vemos a un Jesús que se deja aniquilar por sus adversarios, o simplemente por los que no entienden nada; una persona que viene a poner en tela de juicio todo lo que está establecido. Un rebelde sensible al dolor y a la precariedad de los desfavorecidos, que no son aceptados, porque no tienen valor, en una sociedad corrupta por los que deciden las leyes. Una historia de dolor, redención y reconciliación. Hay muchas cosas que hacer en una colectividad que desprecia la pobreza, aplaude el poder. Jesús se sitúa en una posición tan clara como enfrentarse a ella, con valores tan poco apreciados como dignidad, dignidad para todos.
Esto es lo que vemos en los pasos procesionales. En los diferentes gestos de Jesús, mancillado por el sufrimiento y la humillación, cuando al enfrentarnos cara a cara, bajamos la nuestra para darnos cuenta de lo mucho que dejamos de hacer. Los gestos de Jesús reflejan, toman nombre y cobran vida estos días: Jesús Nazareno; Cristo del Perdón; Cristo de la Sangre, Cristo del Refugio; Cristo de la Misericordia. En una humanidad dividida entre oprimidos y opresores, el Papa nos alienta a seguir el ejemplo de Jesús en la cruz, “que no reprocha a sus verdugos ni amenaza con castigos en nombre de Dios, sino que pide misericordia para ellos”.
Cuando Nietzsche dice que Dios ha muerto, quiere decir que, para el hombre, Dios se ha convertido en una idea abstracta que unos aceptan y otros rechazan; esto lo explica y desmenuza Harari, en su libro Homo Deus, cuando habla de la revolución humanista. Ahora creer o no creer es una elección, mi elección, en cuanto que se hace presencia viva en lo más profundo, íntimo del ser, y siempre será así mientras se esté dispuesto a aceptar que Dios está muy vivo. Indagar en estas consideraciones trascendentales, inducen a meditar estos días; en estos momentos en los que la humanidad se debate entre frases como, Amar u Odiar… Aceptar o rechazar… Vivir o Morir…

