
La Semana Santa en España es tiempo de procesiones. Y de viajes. Pero también es momento de dulces y chocolates. De torrijas y monas de Pascua. El arte y la literatura nos ayudan a encajar las piezas de este puzzle que tiene su eco en el pasado.
Las manifestaciones religiosas que recorren el país de arriba a abajo durante la semana de Pasión son de una intensidad singular para esta “Mirada felina”, que observa con ojos profanos y de sorpresa el sentimiento, la emoción y el recogimiento de niños y adultos ante el paso de las tallas de madera finamente esculpidas. Algunas son sublimes. Los Salzillos son a la escultura lo que Murillo a la pintura. Es el arte del S. XVIII. Es el teatro barroco que sale a la calle. El encuentro de los pasos procesionales con los fieles escenifica el drama de Jesucristo en su camino hacia el Gólgota. Los nazarenos, la música, las flores y el incienso completan esta imagen tan distintiva de la idiosincrasia española, que seguirá viva en el colectivo popular mientras se siga transmitiendo de padres a hijos. Y todo parece indicar que así será.
Como se sabe estamos en tiempos de viajes. Bueno, hay quien permanece en casa leyendo con permiso del gato imperial. Eso es viajar también. Pero no voy a hablar de los de ahora, ya que no estarían exentos de recibir algún felino zarpazo y no tengo espacio para ello, sino del origen de los viajes. Fue la aristocracia británica del S. XVIII, a modo de conclusión de sus estudios, la precursora del turismo moderno al realizar el Grand Tour. Durante una temporada los jóvenes exploraban el continente acompañado de bear-leaders, es decir, tutores o mentores que trataban de controlar sus excesos con el alcohol, el juego o las mujeres. Pero muchos de los viajeros no eran jóvenes, sino adultos que recorrían Italia, Alemania, Francia y Suiza antes de ejercer su papel de dirigentes en el gobierno, la banca, la marina o la diplomacia. Regresaban a Gran Bretaña con obras de arte, sedas, manuscritos, etc. Otros eran eruditos, escritores o filántropos cuyo objetivo era el de ampliar su conocimiento sobre la cultura y el arte del continente. Sabían lo que querían ver.
En España, un siglo después, en 1889, Miguel de Unamuno hizo su Grand Tour que dejó escrito a modo de diario. Lo que era algo personal y privado ahora es un libro, Apuntes de un viaje por Francia, Italia y Suiza, de ahí su carácter excepcional. Esta joya la encontré en casa por casualidad, y en ella describe lo que piensa sobre cada sitio que visita, porque sabe lo que visita, a diferencia del actual turista. Es la visión de un joven viajero bilbaíno que sale por primera vez al extranjero, y que no ahorra en calificativos a la hora de criticar y describir los paisajes, el arte o la gente con la que se va encontrando. Su lectura no tiene desperdicio y, aunque sean notas de juventud, nos ayuda a comprender lo que es la España actual.
De vuelta al S.XXI, comentar una pequeña anécdota relacionada con los viajes y la Semana Santa. Durante mi segunda etapa londinense viví una temporada en el aristocrático barrio de Belgravia. De edificios blancos y verjas negras, las calles se organizan en torno a parques, sus habitantes al hablar susurran y visten impecables trajes de chaqueta con pañuelo en el bolsillo. No es una zona comercial pero las tiendas que hay son exquisitas. Y, sobre todo, es tranquila y segura. Nadie diría que estás a unos minutos andando del populoso Knightsbridge. Un Viernes Santo, una mujer de origen asiático me paró por la calle y me preguntó que qué se celebraba, que por qué era Bank Holiday (fiesta). Lo cierto es que el vecindario estaba vacío por vacaciones. Me quedé parada pensando, y de forma muy breve le expliqué lo de la muerte y resurrección de Cristo y su importancia para los cristianos. Debería haberle dicho que visitara España porque en la cosmopolita Belgravia, cuna de los descendientes de los cachorros del Grand Tour, es algo que ni yo misma en ese momento alcancé a entender. A saber…lo mismo en la Inglaterra rural se vive con algo más de intensidad que en la ciudad.
Y, finalmente, llega mi tradición con esta mona o bizcocho de Pascua.
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En Centroeuropa los padres dejan en el jardín conejitos de chocolate para que los niños los busquen. Recuerdo que llevaban siempre una cestita en la espalda llena de caramelos. Esta tradición alegre y divertida está directamente relacionada con el inicio de la primavera, que no es otra cosa que el renacer a la vida. El conejito y los huevos son los símbolos de la fertilidad. Chocolate, jardín y flores que ahora reinterpreto con una escena como la que muestro en la foto. El bizcocho hecho a base de plátano, cacao, café y chocolate debe ser pecado capital. La repostería es Arte. Y, en este caso, una forma de celebrar la vida y la Pascua como cuando era niña.
Decía Freud, y hoy la neurociencia lo aprueba, que los primeros 7 años de la vida son esenciales. Y debe ser así. Carecer de cierto arraigo te otorga la fortuna de mirar las ciudades con perspectiva, pero sin perder el respeto por las tradiciones porque, al final, cada uno disfruta de la suyas, sean o no religiosas. Y eso es lo que le da orden, sentido y, por qué no, un poco de alegría a la vida. Quién no estructura su calendario en función de sus costumbres, ya sea bajo el árbol de Navidad, dando fiestas en verano, como nazareno en Semana Santa o escuchando jazz en Nueva York. Eso es la vida: tradición, viajes y…chocolate. Pero también ilusión y esperanza.

