
Pronto llegará el día tan especial, ese primer domingo de mayo.
No he podido dejarlo correr. No hablar de ellas mientras se acerca su gran día no hubiese tenido ningún sentido. Dirijo la mirada hacia mi escritorio. Hay una foto antigua de una mujer en blanco y negro; drásticamente afectada por el paso del tiempo, desde este ángulo la veo, es innegablemente mi abuela María. Reconozco su abundante cabellera oscura, esa cara redonda, sus ojos penetrantes y la boca cerrada. En la fotografía llevaba el mismo traje de color negro que yo le había visto tantas y tantas veces mientras estaba viva.
De hecho, hay algo extrañamente curioso en el tiempo: a veces transcurre con una rapidez feroz y otras veces parece que se detiene. Ahora, cuando miro esa fotografía, noto algo maternal en ella y tengo la inexplicable sensación de que el tiempo corre hacia atrás, y dejo de notar su ausencia. Me gustaría que estuviera aquí, poder hablar con ella. El mundo envejece alrededor de esa vieja fotografía, pero ella no. Hace años que suspiró y pereció en silencio, pero su recuerdo se extiende alrededor de mí como una espiral que entra por la boca y recorre todas las fibras de mis entrañas. Y entonces lo siento, está ahí.
Y es que, hablar de madres, recordarlas, es hablar de amor incondicional, porque solo ellas aman sin límite, sin medida, como un vendaval que crece y arrecia. Y lo hacen desinteresadamente, sin esperar nada a cambio, sin premio ni recompensa. Porque dan la vida y lo entregan todo por sus hijos. Porque no se cansan de amar. Porque son ellas las que más sienten el desamor y el amargo rechazo de sus retoños, y sufren al verlos marchar tras la temida independencia. Porque aguardan impacientes, cierran los ojos y sus pensamientos, creen y esperan siempre el regreso del hijo que dejó de serlo. Y a pesar de todo, siguen amando.
Hablar de ellas en un día tan especial como el que se avecina es festejar la alegría de ser madre y dar las gracias por las nuestras. Mostrar nuestro agradecimiento mientras ellas reprimen por completo cualquier muestra de exaltación que pudiera hacer de menos a sus hijos. Hablar de madres es hablar de amor, de familia, completa o incompleta, del tipo que sea, es hablar de padres, porque no se es madre sin un padre y también de hijos.
Hablar de paciencia, cuando una de tantas noches en vela una madre arrulla a su bebé que se niega a dormir y la mira sonriente con los ojos bien abiertos. Que se transforma para cubrir las necesidades de sus hijos, que se vuelve su amiga, su confesora, su enfermera, su psicóloga, su maestra, su cocinera, su administradora, su consejera, su chofer. Las madres son esas criaturas tiernas y delicadas que se acercan a hurtadillas en plena noche, para dar a sus retoños el último beso del día, comprobar que todo está bien, arreglar las sábanas de la cama y dejarlos dormir con las luces apagadas.
Una madre permanece despierta toda la noche esperando el sonido tranquilizador del último de sus hijos llegando a casa. Para una madre, por mucho que sean hombres y mujeres, siempre los verá como “sus niños”. Y nosotros, quizá no descansamos en su regazo, su voz y sus cánticos no nos adormecen, pero sí nos reconfortan todavía con sus sabios consejos, con la fuerza de su mirada, con sus dulces palabras, con el poder irresistible de su amor, con sus caricias en la mejilla o en la frente que nos llegan al alma. Aun cuando hemos pasado la infancia, cuando ya no somos niños, no por eso nos faltan los besos amorosos de una buena madre.
Porque para ellas, cualquier momento es bueno para una caricia, ese es su mundo, un cálido mundo lleno de cosas bien hechas, sencillas pero correctas y adecuadas, pequeñas pero importantes. Donde los abrazos, las confidencias de una hija que se hace mujer, la sutileza, las caras, los dientes y las manos sucias que hay que limpiar, la mesa puesta, el olor a ropa limpia, la barra de pan recién horneado sobre la mesa, la nutrida despensa, ese plato que tanto nos gusta, la alegría de verte arropado por el aura protectora que desprenden, donde cualquier problema por grande que parezca desaparece, pues están ahí para sosegar nuestros dolores, apaciguar nuestras amarguras y consolar nuestras tristezas. Porque una madre tiene el firme propósito de que el futuro de sus hijos será próspero, feliz, amplio y productivo.
Ellas saben de ti más que tú mismo. Cuando se enfadan hacen un esfuerzo por poner cara de disgusto, pero en lo más profundo de su corazón, se mueren de ganas por darte un abrazo y perdonarte cualquier fechoría. Son ellas las que se quedan en la puerta del colegio esperando, largo rato, atentas por si oyen llorar a su hijo el primer día de clase, y no se mueven de allí hasta asegurarse que todo está bien. Son las que organizan una fiesta el primer cumpleaños, o la primera sonrisa, o la primera palabra de su retoño, la que elige para sí el rincón con la silla más pequeña, el trozo de tarta más pequeño que nadie quiere o el bocadillo que no hay quien se coma y, sin embargo, su corazón no deja de derramar alegría por ello.
Porque el amor de una madre es suave como el murmullo alentador del agua brotando de una fuente, agradable como el olor exquisito de hierba fresca recién cortada, de miel y de tierra, armonioso como el canto de los ángeles, uniendo su voz al coro de los querubines, grandioso como la inmensidad del universo infinito y noble como la virtud que en él reside que tiende una red sutil pero irrompible entre madre e hijos.
A todas las madres, las jóvenes, las maduras, las ancianas, las abuelas, las viudas, las divorciadas, las marginadas, las que están solas o abandonadas, las que solo se alimentan de amarguras y aflicciones, a las enfermas, a las solteras, lozanas y bellas, a las desahuciadas, a las que anhelan serlo, a las que soportan el dolor de un hijo perdido, a mi madre, a todas las madres del mundo, a todas ellas les ofrezco emocionado este sentido homenaje de inagotable gratitud.

