
Me gusta cotillear durante el desayuno con la radio. Las noticias llegan frescas, sensacionalistas, con un toque renovado, aunque son las mismas de siempre. Solo que al despertar por la mañana todo parece que se ha hecho nuevo e interesante. Es posible que esto tenga un componente personal, porque es un momento donde despacio (si puedo) intento ponerme al día, coger sugerencias, enterarme de lo que pasa por el mundo, escribir, leer un poco. Un buen comienzo que añoro y busco para sentirme mentalmente ágil y darme cuenta de que hay un espacio para todo.
Pero a veces dura muy poco. El móvil se pone en marcha a esas horas, los WhatsApp empiezan a dar toques con recados familiares para el día. Sí, en esos momentos tempranos, pacíficos en los que me gustaría hacer lo que me apetece, suceden otras cosas que me apartan de esa proposición a la que me enfrento con tantas ganas. Pero no me quejo. Para animarme, me digo que así es la vida. Mi vida, llena de gente a la que quiero y necesito, y que todo sería muy diferente, mucho menos cautivador, si me dejaran demasiado tranquila para hacer esas cosas que añoro y busco con insistencia; quizá sea la excusa por si alguna vez no puedo entrar en esa dinámica familiar alborotada, en la que me encuentro tan arropada.
Creo que el quid de la cuestión de esta ocurrencia, está en que mientras las calles se van llenando de gente este sábado, mientras preparo el artículo, cuando las charangas de los sardineros empiezan a vaciar las casas, y dentro de unas horas Murcia estará tomada por señores vestidos con diseños mitológicos, repartiendo pitos y baratijas, con gran revuelo, mi cabeza se llena de otras propuestas, de pensamientos dispares.
La verdad es que nos gustan nuestras Fiestas de Primavera. Aunque haya protestas por el río revuelto que se organiza, la suciedad que acaba por dominar la ciudad, el desmadre general que supone las palizas a las que están sometidas plazas, parques, avenidas, y rincones más apartados. Pero no voy a lanzar ninguna moraleja; esto es así, y si se mira con benevolencia el resultado es positivo. Hemos tenido cierre total por motivo viral, y este año es muy parecido a otros; apetecible, disfrutador y salvaje, para quien lo vive a tope.
Y de esta manera damos sentido a nuestra existencia. Cada cual, con sus deseos de alegría o de nostalgia. Almas diferentes que añoran hechos diferentes, seres humanos que, sin embargo, buscan y palpitan de igual manera. Y los interrogantes que nos hacemos son una forma de búsqueda. Una manera de ver el mundo profundo y vivo, la responsabilidad ante la existencia, y la motivación para darle sentido.
Llevo varios libros en danza; muy oportuno, pues ha sido el Día del Libro y me apetece coincidir con las lecturas que me acompañan mientras escribo, me aíslo un poco y me alejo del jolgorio que va subiendo de tono fuera de mis ventanas. He empezado a leer en serio Homo Deus. Breve historia del mañana, una joya que me regaló una persona muy amiga consciente de su elección. Creo que su autor Yuval Noah Harari, es un concienzudo historiador y escritor que tiene la cualidad de envolver al lector en situaciones insólitas, únicas en la trayectoria del hombre desde sus comienzos. Y con otra lectura muy diferente, estoy metida de lleno en las memorias de Ingmar Bergman, donde se ve la dificultad de un hombre, un genio en este caso, por encontrar el sentido de su vida como persona.
Y me voy a permitir un párrafo desgarrador y valiente de su libro Linterna Mágica, unas memorias escritas desde el sufrimiento de una infancia marcada por las incomprensiones familiares:
“No reconozco a la persona de hace cuarenta años. No confiaba en nadie, no amaba a nadie, no echaba de menos a nadie. Estaba dominado por una sexualidad que me obligaba a insensatas infidelidades y acciones compulsivas, torturado constantemente por el deseo, el miedo, la angustia y la mala conciencia. Estaba solo y furioso. También era consciente de que tenía talento para asustar y provocar mala conciencia, porque yo, desde la infancia, sabía muchas cosas sobre los mecanismos del miedo y la conciencia. En pocas palabras, yo era un tirano que no había aprendido a gozar del poder”.
Estuve visitando el pequeño cementerio de la solitaria iglesia de Fârö, la isla donde encontró la paz y vivió durante sus últimos años. Enterrado junto su última esposa Ingrid, seguramente, el lugar perfecto donde pudo, estoy segura, darle por fin, sentido a su vida.
¡¡Nos volveremos a encontrar!!

