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ENTRE TÚ Y YO

No seas gallina

Esther Egea Jueves, 05 de Mayo de 2022 Tiempo de lectura:

 

Algunas cosas cuestan hacerlas y conseguirlas. Y aunque sabemos que ante la adversidad nos visita de manera esperada el malestar, no queremos recibirlo. Nos cuesta aprender y aceptar que el visitante se va a presentar aunque no le hayamos invitado. Viene y  le cerramos la puerta aun sabiendo que se va a colar como un ocupa que entra a la fuerza en tu casa.

 

Y viene cada vez que nuestras expectativas no se cumplen y se va igual que ha venido una vez que lo hemos escuchado. Muchas de las ocasiones queremos echarlo a patadas, a insultos, pidiendo ayuda para que lo atienda otro o ignorándolo como si no estuviera. Pero la respuesta no es echarlo; la respuesta es abrirle la puerta y ver qué nos quiere contar.

 

La frustración es un estado transitorio y reversible, como todas las emociones. Ni buena ni mala, ni positiva ni negativa; es una emoción desagradable cuando hay una discrepancia entre lo ideal y lo real.

 

¿Pero cuál es la realidad? Lo único real es el hecho o la situación y aunque duele no te hace sufrir; pero la película que te cuentas de lo que está pasando sí te hace sufrir. No conseguir entender un ejercicio de matemáticas, anularse una cita importante o no poder jugar un partido por la lluvia no es agradable y me puede doler; pero cómo interpreto cada una de esas situaciones es lo que me va a hacer sufrir.

 

Sufrimos gratuitamente por la vivencia emocional interna más que por el evento externo. Nadie ni nada tiene la capacidad para generar dentro de mí lo que depende de mí. Enseñar a nuestros hijos a manejar sus emociones adversas con un afrontamiento permisivo por nuestra parte cediendo a sus demandas, o autoritario con enfados no les acerca al concepto de aceptación y tolerancia. Más bien los lleva a vivir como gallinas pudiendo ser águilas.

 

Los padres tenemos que ser cetreros de nuestros hijos, sin miedo a que se enfaden o decepcionen cuando no consiguen algo sino dejándoles que asuman esa responsabilidad para convertirse en el águila que vuela por encima de la tormenta. Y podrán sufrir por la tormenta pero no se dejarán dominar por ella, usándola para volar. Si volamos por ellos se quedarán en tierra como las gallinas pero siendo águilas.

 

El aprendizaje es necesario pero tus hijos no tienen las respuestas para hacerle frente a las situaciones. Ahorrarle a los mileninals y centennials, con rasgos impulsivos e impacientes, la posibilidad de manejar de manera consciente y paciente los avatares de la vida no les ayuda. Si no les dejamos que venzan esa sensación tormentosa a dosis regulares, la intoxicación por sobredosis puede convertir el fracaso de la frustración en un éxito. Y entonces, se forma la tormenta perfecta.

 

El viento no se calma gritando a las hojas pero sí es útil un cortavientos. Enseña a tu hijo que en lugar de enfadarse por el tiempo que hace es más eficaz pararse a mirar el cielo y adecuar su vestimenta. La única manera de enfrentarse a la situación es aprender a regularse emocionalmente tolerando el malestar y aceptando lo que pasa para encontrar mejores soluciones.

 

Si ves a tu hijo incomodado porque le has dicho que no a una petición o porque no le sale algo, dile “te estás frustrando, mira cómo estás y lo que puedes hacer con ese malestar”. No le des lo que previamente le habías negado por su malestar; no lo consueles inmediatamente para que deje de sentir el malestar; no te enfades ni luches contra su emoción. Esos son tus cortavientos pero él tiene que encontrar la manera de no hacer de su tormenta emocional una catástrofe mental.

 

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