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ENTRE TÚ Y YO

Profundidades

Ángeles Hernández-Gil Viernes, 06 de Mayo de 2022 Tiempo de lectura:

 

         He aprendido en la vida no esperar casi nada de los demás. La gratuidad es lo mejor que existe, tanto en el dar como en el recibir. Pero esto no tiene nada que ver respecto a cómo veo a los que me rodean.

 

         Esta introducción es referente a una conversación coloquial que mantuve hace unos días en casa con mis hijas y mi sobrina: “¿Perro o gato?” Una de ellas hizo esta propuesta; quién quiere más o, por el contrario, quién se deja querer más. Seguíamos discutiendo en clave de humor hablando sobre afectos profundos y manifestaciones más o menos cálidas en las relaciones con los otros. Pero a costa de indagar en este punto, el ambiente se caldeó, cogió intensidad, apareció la chispa cómica en la que nos detuvimos, con la intención de dar caña a los sentimientos que algunas veces ni se sabe por dónde van.

 

        ¿Prefieres querer mucho al margen de lo que te quiera la otra persona o te gusta más que te quieran y te mimen? si prefieres dejarte querer, eliges ser un gato arisco y mimoso, dejando que los demás vayan a ti. Si, por el contrario, eres tú quien necesita dar cariño a costa de exponerte a algunas dificultades, eliges ser un perro, pues es seguro que va a demostrar un amor incondicional por su amo. Así de sencillo nos enzarzamos en estas pesquisas un sábado, donde se necesitaba relajar las palabras.

 

          Mientras escribo, esta tarde del Día de la Madre, el día va languideciendo muy lentamente. He notado ausencias, pero me he reunido con mis hermanas, con parte de la familia. La vida se ha modificado, ha dado un giro y muchos observamos cómo se han vuelto del revés algunos de los hábitos que siempre hemos tenido en cuenta.

 

          Si me fijo en la naturaleza, la peculiaridad de nuestros campos, lo normal de estas tierras, el giro es profundo. Desde hace unos años el cambio climático ha hecho algo raro, se ha colado en nuestra primavera soleada, con la brisa llena de olores conocidos, que el viento nos dejaba como recompensa. Ahora llueve con una regularidad implacable, y las temperaturas suben y bajan aquejando el organismo y arrasando los cultivos. Y no estamos acostumbrados a continuar con la calefacción cuando abril ha desaparecido, empieza mayo, y estrenamos una ropa mucho más ligera. Demasiado para este clima en el que los árboles y las siembras se resienten por el exceso de humedad en sus raíces. Nuestras tierras son tan agradecidas, tan frescas y tan buenas, tan acostumbradas a tener sed que no se adaptan a recibir tanta agua en la delicada estación de la recogida de las cosechas. Parece un sinsentido, pero he asistido a muchas reuniones donde la agricultura era el tema principal, y comprendo las razones por las que es inevitable mirar continuamente al cielo como remedio para entender los caprichos que impone la naturaleza.

 

       En estos cambios o ciclos, como queramos llamarlos, tampoco el ser humano se libra. Metidos de lleno en esa nueva dinámica se están modificando costumbres que parecían inalterables. Todo se hace fugaz, nos descoloca sin la consistencia que acostumbramos a pisar; profundidades que nos van cercando como la publicidad subliminal, que entra sin darnos cuenta, sinuosamente, pero sin dejar un resquicio para pensar.

 

       Una insatisfacción que acabará siendo adicción. Buscamos soluciones fáciles para todo. Sensaciones placenteras que nos den motivos para sentirnos bien de manera constante, y que, al conseguirlas, pierden su valor, desaparece el interés, porque surgirán otras más poderosas que también se extinguirán para empezar de nuevo otra búsqueda que no se sustentará con nada concreto. Como la película de Fernando Fernán Gómez “Viaje a ninguna parte”, donde unos comediantes ansiosos de triunfar en el teatro, se lanzan por diferentes pueblos, en la posguerra, sin conseguir el éxito porque el cine les va pisando los talones.

 

        Ir hacia una meta, sentir la garantía que da la seguridad, el esfuerzo de haber logrado algo, siempre es mejor que obtener objetivos inciertos que controlen nuestra vida. En tanto que los consejos se enfrían y se detienen por la la decadencia de las cosas, cuando en el intento de cambiar algo, que ya no está, que nadie pide, que nadie recuerda, alguien sostiene una herencia de la existencia que nos gobierna. Y como dice el sabio:

 

       Quien se conoce a sí mismo es sabio, y quien no abandona su puesto es perseverante.  

 

¡¡Nos veremos en unas semanas!!

 

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