
El hombre debe, siempre que pueda, cerrar sus labios antes de decir una verdad, que tenga visos de mentira; porque se expone a avergonzarse sin tener culpa. Mentiroso
La divina comedia Dante Alighieri
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El pasado 7 de mayo se ha estrenado el penúltimo film que ya realizó en 2019, el octogenario Andrei Konchalovsky (Moscú, 1937). Este realizador empezó como guionista de Andrei Tarkovsky en obras maestras como ‘La infancia de Iván’ y ‘Andrei Rublev’.
Miguel Ángel (El pecado) ambientada en el Renacimiento, se estrena en España logrando mostrar una vertiginosa hazaña sobre el traslado de un colosal bloque de mármol blanco empujado especialmente por la ambición de un artista. Me viene al recuerdo tal aventura aquel film Fitzcarraldo de Herzog.
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Florencia, principios del siglo XVI y un Michelangelo Buonarroti agotado en su lucha por finalizar el techo de la Capilla Sixtina. Este artista considerado un genio por sus contemporáneos, vive entre la pobreza, la angustia y el éxtasis, mientras dos familias nobles rivales se disputan su propia lealtad. Miguel Ángel se obsesiona por conseguir el mejor mármol para acabar la tumba de su mecenas, el papa Julio II recientemente fallecido.
La lucha de poderes, un asunto que al final incide especialmente en cualquier instante de la historia, acabará afectando emocional y personalmente al protagonista. El orgullo, la traición o la ambición son ingredientes en este periodo que nunca se consumará.
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El monstruo, que es el sobrenombre metafórico que los lugareños de las canteras de Carrara llamarán a esta roca. Un reto nada sencillo: un filme Soviético de época rodado en Italia con actores italianos.
Es tal vez la mejor comparación para el objetivo ambicioso de un Konchalovsky y un Buonarrotti, interpretado magistralmente por el actor italiano Alberto Testone retratando con acierto al personaje y nada complaciente, sin ápice de ese romanticismo edulcorado al que nos tiene acostumbrado el Hollywood de otros años.
Me ha llamado la atención que este realizador soviético haya querido centrarse en aquella parte más verosímil de una época envuelta en suciedad, ropas roídas, la mugre, el barro y podredumbre cuyo envoltorio son sombras y supersticiones. Al parecer rehúye del maquillaje historicista y se centra en el vacío existencial hurgando en el infierno más profundo.
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Aquí el propio Dante Alighieri adquiere un notable protagonismo, tal vez el Alter Ego del artista florentino que no cesa en su búsqueda para purgar sus pecados. Lejos de ese Renacimiento que nos han contado, en medio de la luz y el color, son tinieblas entre montañas, lo que se ha querido manifestar, lo que hay dentro del ser humano, esa búsqueda de la luz y de la floreciente reivindicación universal de lo esencial.
Un Divino Miguel Ángel, que es así como lo llamaría el Papa Julio II, apenas se muestra visible en su proceso creativo durante este film, pues el director ruso solo reivindica un episodio gradual de su vida que nos conduce a examinarnos y albergar la idea de poder desprender a cinceladas lo que sobra desde esa corporeidad pétrea de la humanidad, exponiendo a la nueva transformación.
“Toda esa belleza para degenerados, tiranos y asesinos” esas palabras pronunciadas por el actor que da vida a un hombre deprimido, neurótico e inseguro, infeliz por estar creando. La propia y pesada carga de la mentira y la traición, una monstruosa idea que no podemos negar.
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Pero ante todo estamos hablando de un film que también es creación, y tal vez eso nada más sea un film entre muchos, como veremos y como contemplaremos entre la barbarie, la crueldad y la mentira de un tiempo con el fin de mantener un estatus.
El hombre debe, siempre que pueda cerrar sus ojos, en medio de una ciudad vacía y abrir su mente en un amanecer radiante.

