
El rojo es el color del poder. Pensemos, por ejemplo, en las sotanas de los cardenales, o en el manto carmesí en terciopelo y armiño que usa Isabel II en la tradicional apertura del Parlamento. La Reina Letizia confió en él para su primera asistencia a una boda real en Dinamarca. Es el color con el que destacar. Aunque también es el del pecado y la lujuria tan bien ejemplificado por el Moulin Rouge de París o los barrios rojos de algunas ciudades como la de Ámsterdam.
Pero la “Mirada felina” se va a México, país en el que tuve la oportunidad de ver una de las mejores exposiciones que recuerdo, “Rojo mexicano”, cuyo catálogo me ha sido muy útil a la hora de dar veracidad a algunos aspectos de mi relato. En el país azteca los españoles encontraron el mejor rojo, el de más calidad y el que proporcionaba mayor diversidad de tonos. Ese rojo no es otro que el procedente de la grana cochinilla, un insecto nativo de América. Fueron los españoles pues, los que introdujeron este preciado pigmento en Europa a partir de 1526. Las cualidades de este colorante orgánico llegaron a oídos del rey Carlos I de España y V de Alemania, que rápidamente se interesó por sus posibilidades de comercialización. No en vano, la grana cochinilla se convirtió en la segunda fuente de ingresos para la corona española detrás de la plata y antes del oro.
En Europa se utilizaba la cochinilla polaca y la armenia que pronto se vieron desplazadas por la mexicana. Y, es que, sus posibilidades eran increíbles a la hora de tintar ropa, sillones, camas, muebles o cortinas. Luis XIV tiñó Versalles de rojo mexicano, lo mismo sucedió con la decoración del Real Alcázar de Madrid, residencia oficial de la Familia Real española, tristemente destruido por un incendio la Nochebuena de 1710 bajo el reinado de Felipe V. Se dice que los Tizianos los tiraban por las ventanas. Sobre los restos del Real Alcázar se construyó el magnífico Palacio de Oriente que es de los más grandes de Europa.
A lo largo de la Historia, como estamos viendo, el rojo ha sido un color que ha indicado estatus social y que, por tanto, solo era accesible para una minoría. Los pintores no fueron ajenos a este fenómeno que venía de América. Al ver la calidad de la grana cochinilla en los textiles ellos también quisieron emplearla. Velázquez, Zurbarán, Murillo, Tiziano, Tintoretto, el Veronés, el Greco, Rubens, Van Dyck o Rembrandt usaron este pigmento en sus obras de arte. Para muestra, el retrato de Van Dyck, en el que los pantalones y las mangas alcanzan un tono sublime.
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Anton Van Dyck (1599-1641)
Retrato del príncipe Charles Louise, ca.1637
Es interesante destacar que los impresionistas en el siglo XIX quisieran seguir disfrutando de la grana cochinilla mexicana, a pesar de que ya existía la pintura sintética. Manet, Monet, Renoir, Degas, Cézanne, Pisarro, Gauguin o Van Gogh mostraron gran interés por el rojo que tanto había gustado a los maestros europeos durante los siglos anteriores.
Vincent Van Gogh era un apasionado del color. Sus obras, aunque parezcan espontáneas, son fruto de un profundo estudio. Es posible que adquiriera este pigmento en Amberes, que fue uno de los puertos de acceso de la cochinilla mexicana en Europa junto con Sevilla y Venecia. Se sabe que usó este pigmento entre 1886 y 1890. Van Gogh sentía fascinación por el arte japonés, coleccionaba unas estampas llamadas ukiyo-e, que son xilografías en las que se representan paisajes, actores, mujeres o costumbres cotidianas de Japón, país que se abre al mundo en 1867 después de más dos siglos de encierro en los que se mantuvo aislada del contexto internacional. Los católicos eran considerados como una amenaza en tierra nipona, de ahí que portugueses y españoles fueran expulsados del archipiélago a partir de 1600. En cualquier caso, el rojo mexicano llegó hasta Japón en el s. XVI gracias a España.
La era Meiji (1868-1912) abre el país al mundo, su presencia en las Exposiciones Universales hace que en Europa se desarrolle una auténtica fiebre por el arte oriental, aparece el llamado japonismo, al que sucumbe también el desdichado pintor neerlandés Vincent Van Gogh que, por cierto, no está claro que se suicidara. Según dice Raquel Baixauli en un estupendo texto para una revista especializada, parece que el genio tenía ataques epilépticos, tal vez psicóticos, estaba mal alimentado y abusaba del alcohol y el tabaco, pero no hay ningún rastro en su historial clínico sobre sobre su enfermedad. En mi opinión la psiquiatría en el XIX estaba “en pañales”, o ni siquiera eso, no hay más que ver las grandes lagunas que tiene todavía en pleno siglo XXI. Y lo que le queda. En uno de esos encierros psiquiátricos pintó su magnífico óleo La noche estrellada (1889), uno de mis favoritos al igual que el adjunto, Bajo el ciruelo, en el que se aprecia en primer lugar, el uso de la cochinilla mexicana por parte de Van Gogh y, en segundo, la influencia de la estampa japonesa en su obra. Es una clara reinterpretación de un ukiyo-e empleando el rojo mexicano e intensificando los colores. También añade letras al marco. Una pequeña joya para los que amamos el arte oriental.
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Vincent Van Gogh, Bajo el ciruelo 1887
Creo que la importancia de este insecto americano queda bien reflejada en este breve pero intenso recorrido histórico por México, Europa y Japón. Los pintores europeos, a través de España y gracias a ella, supieron sacar partido a este potente colorante orgánico de calidad indiscutible. Era mucho mejor que ninguno de los pigmentos minerales usados hasta el siglo XVI. El descubrimiento de América trajo consigo grandes hallazgos culinarios como el del cacao, por ejemplo, que lo trajo Colón en 1504 y que no fue del gusto de los Reyes por su sabor amargo y picante. Suizos, belgas, alemanes o ingleses colaboraron para hacer del chocolate el manjar que tanto gusta hoy. La patata, el aguacate, el tomate o el maíz vinieron a enriquecer nuestra cocina. Sin duda, España es al siglo XVI lo que el color rojo a la Historia del Arte: poderosa.

