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Opinión | Pte. Consejo Editorial de MurciaEconomía
Domingo, 15 de Mayo de 2022
Antonio Fuentes Segura

Txentxo

 

[Img #90532]“Firmaron mi muerte a las 00:36 del día 20 de noviembre de 1997. PAZ, en mayúsculas. Eso es lo que se siente en el otro sitio. Sigo sin explicarme, ni nadie se lo explica, cómo me volví a esta vida. Debió ser para poder seguir disfrutando de ella” (Asensio Piqueras, 1956-2022).

 

Me fijé en esa foto cuando la vi por primera vez hace nada. Era el cierre de una nueva edición de la Feria del Libro, un nuevo encuentro de ilusiones, y esas espaldas de adiós, de “hasta otra, Lucas”, son las de un hombre satisfecho, monumental y eterno, grande como una torre. 


Para quienes no conozcan a este manchego universal, murciano adoptivo, que nos acaba de dejar, Asensio Piqueras fue presidente de la Feria del Libro de Murcia y de la Asociación de Creadores y Artistas Palin, de la que muchos murcianos, frikies y románticos, somos socios. Decir eso de él ya es decir mucho pues, efectivamente, a él se debe el renacimiento de nuestra Feria del Libro, ese lugar de exhibición y encuentro de autores y lectores en Alfonso X, esa pasarela a la que muchos debemos parte de nuestra afición a la literatura, pues nada más gráfico, para profanos y para meros aficionados, como somos la mayoría, que comprobar cómo la Cultura con mayúsculas se apropia durante unos días de nuestro más conocido paseo urbano, generando esa atmósfera tan especial que cala desde niño cuando ves a tu padre comprando un libro. 


Días rebosantes de ilusión y de firma de obras para tantos escritores y lectores que buscan la última novedad o la rareza más escondida entre casetas y montoneras de libros que se convierten en perlas cultivadas colocadas, mano a mano, sobre mostradores repletos de enigmas para descifrar, dispuestos a la vista de todos con el esfuerzo de los editores y de los libreros locales. Es la semana en la que “rojos y fachas”, “progres y románticos”, “cultos e incultos”, nos juntamos espontáneos sin mirar al lado, sino al frente, buscando un título, una señal. 


Y es que Txentxo descubrió, antes de tiempo, la importancia de disfrutar al máximo de lo mínimo, todo un arte en el que muchos procuramos imitarle, y él lo hizo bajo la mejor excusa de las posibles pues supo reconocer el valor de la creatividad, de ese monumento poco apreciado y el más grande de todos, que es el intelecto, la sensibilidad, el aprecio por nuestro pensamiento.  


Para quienes le hemos conocido, este Txentxo enorme no era un hombre como somos los demás, tenía algo tan sencillo como especial, pues su experiencia con la vida trae causa, antes, de su tímido paso por la muerte, según él mismo dejó escrito como legado. Y a bien seguro ese orden inverso le sirvió para ver todo de forma diferente, para agradecer lo pequeño, lo elemental, para sentir y amar mejor y más que los demás. 


De todo eso hablamos los dos alguna vez. Aún recuerdo una larga charla extraordinaria en el Café Drexco, de nuestra querida Trapería, durante la que, interesado por ese tránsito hacia otra vida, me regaló las claves del día a día mientras yo, avergonzado, atribuía alguna experiencia similar a la casualidad o al estado de la mente, cuando todo en ti es química y ansiedad por respirar. Tras oírle, con esa sonrisa de hombre bueno, me dije: “Vive, pues vivir es obligatorio, da gracias de todo y sé feliz”. 


Se estila poco la escultura en bronce en estos años grises, pero esa calle, arteria de nuestra alegría murciana, merece, no muy lejos de nuestro Rey Sabio, Alfonso X, y del Homenaje al Sardinero, un recuerdo para quien tanto empeño puso en devolvernos el aprecio por los libros. Eres, Txentxo, hombre del Renacimiento y hombre eterno. 


Un bronce ilustre, el del Sr. Muñoz, al final del Malecón, nos recuerda a un buen hombre que nos trajo un muro de contención para evitar las calamidades de las riadas, tú nos has traído, por el contrario, todo un río de ilusión que inunda de nuevo Murcia cada año a su paso por el 'Tontódromo'. 


Gracias. “PAZ en mayúsculas”.

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