
Pinceladas descriptivas de mis paseos por el Cabo de Gata
Viento de levante, de ambición diaria, tímido al comenzar como si de un aprendizaje se tratara, pero de ilusión y olvido, de fuerza y bravura se va llenando el horizonte, chispeante de espuma, de sal y luz cegadora.
A lo lejos, llenos de deseos e incertidumbres, de irresistibles colores, dulces y profundos como la primavera; secretos que huelen a playa abandonada ¡a libertad!
Un universo de arena infinita, como su composición, removible de un lugar a otro.
Duna blanca y petrificada de la playa de los Genoveses, que grita con el salobre viento, expuesta a los rayos del sol, atesorando con resignación ese encadenamiento al suelo sin explorar; guardando secretos bajo la noche, solemnes, sabios, austeros, sola entre el cielo y el mar. Lugar seguro, puerto de incertidumbres, de aroma mediterráneo, perfumado océano rodeado de “pitas”, pitacas llamadas popularmente en Almería o también de una sonoridad increíble: Zábila o Ázabara, que crecen indolentes como si de un jardín se tratara, mecidas por el viento de la mañana, tratando de hablar entre sí, con prodigiosa destreza, sin escucharse entre ellas, surcadas de colores verdes resecos y espinas marginales formando rosetas , que al final de su ciclo, desarrollan unas inflorescencias altísimas intermitentes, justo antes de marchitarse y morir.
Vamos descubriendo el camino, rudo, viril, testimonio de una existencia cruel, de enfrentamiento diario, primitivo, de cenizas sobre cenizas, de sol infinito sobre mi piel, buscando sensaciones atrapadas en la memoria de la tierra; tiempo de recuerdos quemados, arrasados por el cálido viento, plásticos de invernaderos deshechos en jirones, que hondean sin sentido sobre el azul radiante.
Polvo moribundo abandonando la vida de resecos colores, inconsolable, resignado a vagar solo y ciego por vocación, melancólico en esta tarde espiritual, removiéndose alrededor de los eucaliptus, que tranquilos, plantan cara al tiempo extremo, sin debilidad, orgullosos, con firmeza se anclan sobre sí mismos y se entierran sin sollozos, sin una lágrima; desprendiéndose de un pasado ausente, rechazando ardientemente esa triste vida al borde de los caminos, recubiertos de olvido, que van adornándose de arisca indiferencia.
Por otro lado, reivindicando su naturaleza como fondo de telón, las montañas multicolores cierran y enmarcan la
escena, creando un filtro de distancia. Recorriendo los paseos tapizados de polvo y arena que van atenuando el sonido de mis pasos, así voy amortiguando los sentimientos perfumados; olor de caminos resecos de retama y genista, de intensas inflorescencias amarillas, arracimadas; encrespados cardos borriqueros de atrevidos colores morados, entre amapolas silvestres plantados. Que me devuelven la vista al mar, verdadero protagonista de este cuadro, desarrollando esa mirada perdida, regalo para los sentidos alejados del silencio; estoy atrapando el tiempo.

