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ENTRE TÚ Y YO

Vancouver

Ángeles Hernández-Gil Viernes, 27 de Mayo de 2022 Tiempo de lectura:

 

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Son las 12 horas. El avión empieza a moverse. Mientras, una azafata explica todo lo referente a la seguridad y posible emergencia. Es el momento más raro, porque siempre pienso que cualquier irregularidad que surja, no será tan fácil hacerle frente. Sí, esto quiere decir que no me gusta nada volar y prefiero no pensar en seguridades inseguras, si es que aparecen. Es el primer mal trago que tengo que pasar a la fuerza, aunque merece la pena, porque me he embarcado en un viaje largo para ver a parte de mi familia, que vive desde agosto en Vancouver, y es una oportunidad grandiosa que no se debe dejar sin hacerla realidad, antes de que regresen de su estancia en esta maravillosa ciudad.

 

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Sin embargo, la tirantez de los preparativos, la ceremonia que se organiza alrededor, los movimientos que te recuerdan que vas por el aire, volando, como un pájaro indefenso, asienta un pellizco en el estómago que se hace continuo. La pérdida de referencia con el suelo, las sensaciones que vuelven una y otra vez, están presentes en las nueve horas que dura el vuelo, más las tres horas anteriores: Madrid - Munich. Me siento como un trozo de algo que se agita sin remedio, porque viajar es formar parte, unirte con una masa humana que se mueve en una interminable presencia, que no tiene descanso. Y yo me siento una hormiga desde el primer momento, haciendo recuento de las cosas que llevo encima, un ser vulnerable, con tanto miedo reprimido, que se queda ahí, para mí sola, sin compartirlo. En tanto que otras sensaciones vienen a compensar esta debilidad personal. La idea del encuentro es una necesidad, la recreo en mi interior como una felicidad que viene de repente como estímulo novedoso, fuera de la rutina. Aunque los aeropuertos arrastren a millones de seres vagabundos por sus enormes espacios; razas diferentes que se mezclan sin decirse una palabra, mientras que te van adjudicando compañeros de viaje, con sus preocupaciones o divertimentos, en un tiempo de silencio donde cada cual intenta encontrar su destino.

 

Las comparaciones son odiosas, dice el refrán, pero cuando sales de tu burbuja, tu barrio, tus costumbres y hasta de tus vecinos, una gran bola del mundo nos acompaña haciéndonos ciudadanos con derecho para investigar, comparar y desmenuzar todo lo que encuentras por ahí. La vida se ensancha y los recursos se van alargando hasta conseguir lo que no se es capaz de pensar siquiera.

 

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Me gusta no sentirme extranjera, ni turista, ni viajera, porque en realidad, conocer el mundo, no es imprescindible en mi vida. No es mi meta pisar suelos desconocidos, tampoco almacenar escenas o fotos mientras mi cuerpo se resiente. Pero sí quiero, cuando hago un viaje, ser una más, con un motivo y contenido concretos, con los ojos puestos en los lugares que me van a convencer de que merece la pena el intento de emprender el vuelo, en algún momento de mi vida.

 

Vancouver tiene el cielo oscuro gran parte del año, un microclima templado en comparación con las temperaturas gélidas de la zona Este de Canadá, y una vegetación de impresionante belleza. Situado en la región de la Columbia Británica canadiense disfruta de una gran densidad étnica y de un paisaje exuberante de belleza, gracias a las intensas lluvias que regeneran la naturaleza. Un océano de aguas plomizas, serias, enclavado en tierras que se abren para darle paso, una cultura verde, abierta hacia montañas siempre nevadas. Bosques intensos en zonas donde aparecen oasis urbanos junto al mar, esparcimientos naturales, árboles que se enredan entre sí cerrando inmensos círculos de hierba en medio de la naturaleza, el agua, la diversidad, y la diversión de recorrer los caminos que bordean estas franjas para pasear, correr, patinar, pedalear, descansar, pensar, olvidar, recrear.

 

Vancouver es una ciudad extendida, sorprendente, moderna, tranquila; como varias ciudades en una sola. Un engranaje gris y verde que cuando el sol aparece brilla con tanta naturalidad, con tanta potencia, que los rascacielos de cristal agrupados en diferentes lugares estratégicos de la ciudad, no muy altos, grises, cambian de color haciéndose claros y transparentes, como reivindicando una rara parcela de monumentos arquitectónicos dejados al azar. La ciudad se abre hacia zonas muy diferentes: calles como Main Street que divide Vancouver de norte a sur y te sitúa en cualquier calle de una ciudad americana, que tantas veces hemos visto en las películas. Los barrios residenciales en plena naturaleza, cómodos, llegan hasta las playas que abundan por todos sitios, lugares de ocio, donde la gente cumple el deber de disfrutar al aire libre, hacer todo tipo de deporte y beber cerveza con los amigos, sin aglomeraciones.  Hospitalarios y educados, se mantienen reservados al principio.   

 

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Los canadienses se sienten hermanados con los estadounidenses, aunque disfrutan de más sosiego y libertad. Sin competir con ellos, asumen su papel menos protagonista. Han alcanzado una especie de karma que determina un carácter mucho más complaciente y sereno. Saben vivir, disfrutan y adoran todo lo que les rodea. Enamorados de sus espacios naturales y agradecidos a su clima duro, con lluvias continuas y cielo plomizo, como un beneficio para obtener esa grandiosidad vegetal de la que se sienten orgullosos.

 

Esta es mi impresión en las dos semanas que hemos vivido dentro de una familia que ha alcanzado con destreza sentirse parte de un país y una comunidad que los ha acogido desde el primer momento sin reservas; ese pulso tan bien acompasado que los está nutriendo para el futuro. Iñaki, con sus nueve años se comporta con una gran habilidad para la vida diaria, ha sabido integrarse en un ambiente bien distinto con facilidad, recogiendo todo lo que la ciudad le proporciona; en el colegio, con sus amigos, en su barrio rodeado de seguridad y esparcimiento. Creo que todos cumplen su sueño americano… Lo entiendo.  

 

           ¡¡Nos volvemos a ver la semana que viene!!

 

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