
“Defender la alegría no como una trinchera, defenderla del escándalo y la rutina, de las miserias y los miserables, de las ausencias transitorias y las obligatorias. No hay que prometer nada porque las promesas son horribles ataduras, y cuando uno se siente amarrado, tiende a liberarse, eso es fatal”. Mario Benedetti.
“Cada día que amanece nos puede hacer trizas” Stefan Zweig”.
No es fácil la elección que nos proponen estos pensadores tan dispares. Las emociones vienen a nosotros y las hacemos propias como objetos subjetivos. Quién no se ha sentido bien al experimentar esa sensación equilibrada, mientras se observa el mundo y todo lo que nos rodea, incluso cuando estar alegre no forma parte de nada concreto, pero sí transforma en energía la mirada interior sobre las cosas. Parece que todo cobra su verdadero sentido, aunque no seamos capaces de atraparla para siempre. Quién no ha conocido esta emoción que se modifica en un sentimiento placentero, pleno, que nos anima el gesto, nos mantiene interesados, nos cambia la percepción de la mirada. Porque la alegría tiene muchos beneficios para la salud, nos relaja y tranquiliza. Observamos con paz las mismas cosas que en otros momentos nos hacen sufrir: no cambia la situación, pero sí la perspectiva.
Hay diferentes clases de alegría como una forma de ir por la vida y que yo clasifico según su influencia como verdadera, ficticia, forzada... A mí que no me gustan los artificios evito los gestos uniformados que se adoptan para resaltar una alegría siempre pintada en el gesto; esa necesidad de dar una imagen perfecta de ir por la vida alegre como unas castañuelas puede confundir a los demás, ya que cuando se elige la alegría como una bandera donde atrincherarse, se corre el peligro de no estar del todo preparado para asumirla.
Con estos comentarios me propongo indagar, obtener respuesta sobre la alegría, llegar a conclusiones razonables porque ser alegre es una cualidad gratuita llena de atractivo; ligereza de espíritu, donde se implica especialmente la zona de la cara, los ojos y la boca. La persona alegre se reconoce por su talante risueño, contraria a la que se coloca una careta a fin de dar una sensación equivocada de lo que es la alegría. Esa falsa alegría, solo es un maquillaje que empuja hacia una contención emocional que bloquea la verdadera sensación de mantener el equilibrio entre la mente y el cuerpo. La persona que es alegre surge de su carácter, de su manera de ser, espontánea y llanamente, sin artificios. Como dice Zweig no se librará de tener un día horroroso, pero lo aceptará. Por el contrario, quien se enfunda una máscara alegre, forzada, que no le corresponde acabará encerrado en ella, como dice Benedetti.
En estos momentos bastante tenemos con ir asumiendo la normalidad en aspectos tan simples como volver a mostrar el rostro. Hemos pasado tiempo ocultando la cara, nos hemos sentido más o menos protegidos, al encontrarnos con la gente nadie advertía ningún gesto que pudiera dar a entender lo que sentíamos en ese instante. Hemos sido anónimos callejeros, sombras cuando nos ha convenido y recurrentes también si se ha dado el caso.
Es por eso que debemos darle la bienvenida a esa alegría sana que se produce por tantas cosas insignificantes que aparecen. Me encanta la persona que siempre está en su “sitio”, le pongo comillas con toda la intención, sus altibajos son mínimos, nos mira de frente y nos dice las cosas como son, propias de una actitud y un carácter preparados para situarse cerca de los demás. Me gusta dejarme arrastrar por estas cosas que son comunes e íntimas a la vez. Observar, siempre, esa parcela donde todos tenemos algo en común, con muchas variaciones que nos dan la identidad.
Cuando Beethoven compuso su Himno a la Alegría, no sabemos cómo estaba su salud mental, su sordera y su malhumor, ni el estado en el que se encontraba, pero es un hecho que en el cuarto movimiento de su Novena sinfonía “Coral”, una Oda con texto de Schiller: Alegría, hermosa chispa divina/ hija de Eliseo/ ebrios de entusiasmo entramos/ ¡oh diosa! a tu santuario…, reivindica la alegría como un lugar donde perderse, o encontrarse, como base de la hermandad entre los seres humanos.
¡¡Nos volvemos a encontrar la próxima semana!!

