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Opinión | La revolución de felpa
Martes, 21 de Junio de 2022
Pepe Ferrer

Subterfugio y desamparo

No preguntes cómo estoy, no preguntes. ¿Cómo estoy?

 

(Luka, Suzanne Vega)
 

 

 

El despertar político de mi generación, la de los que nos asomamos a la universidad en el singular otoño del 75,  o combatían por un mundo más justo desde su puesto de trabajo, como las de tantas otras de esos años, estaba marcado por lo contrario de lo que veíamos en la sociedad. Frente a la hipocresía llena de subterfugios, la luz de las palabras llanas, sin dobleces ni sombras, frente a los privilegios heredados, el trabajo y los méritos del esfuerzo personal. Eso de lo que hablaba Max Weber en 'La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo', aunque tardáramos algún año en saberlo, o no. La ilusión por la justicia distributiva, el derecho de opinión…todos esos sueños compartidos que poco a poco se han quedado vacíos de significado y que han dado paso a ese lugar común de la llamada 'superioridad moral’ de la izquierda. Tan vacía, tan hipócrita, tan manoseada, tan invocada como recurso vacuo, como cuando en la Edad Media se echaba mano del Principio de Autoridad para librarse de la hoguera, el reo invocaba a Aristóteles, a San Agustín, para afianzar su opinión, buscando un precedente inapelable y librarse así del tormento. El salvoconducto al que tantos se agarran para valerse de un pedigrí incuestionable.

 

La Gauche Divine, La Izquierda Divina, ya solo es eso, divina, intocable. Incuestionable, al que usted se agarra torpemente al invocar un ataque de la ultraderecha, una caza de brujas donde no hay caza, y sí una bruja. Una nueva forma de religión, y punto. Vacía e hipócrita, como todo aquello que nos intentaban imponer y no creíamos.

 

[Img #91430]Yo ya no creo en esa moral vaciada. No a la Ética y sí a la Estética. La han convertido en algo tan manoseado y falso que esa moral no es la mía. Es solo un distintivo, un marchamo, un empeño maniqueo tan rancio como el que combatía en mi adolescencia y primera juventud, algo adulterado por los divinos adalides, algo que ya no significa nada. Por eso me quedo con la belleza, detesto todo proselitismo de salón. Y la doble moral de ahora tanto o más que la de entonces. Por eso siento repugnancia cuando me nombran lo ocurrido en Valencia, señora Oltra. Usted es el paradigma de todo lo que digo, la neocasta o la poscasta, peor aún que la casta que dijo que vino a limpiar, solo que para mí es peor el abuso de una menor a la que confinaban en una habitación apartada del resto de sus compañeras de institución, por robar. Pusieron al lobo a cuidar de las ovejas. Lo robado quizás se pueda restituir, la belleza pisoteada, no. Y yo me quedo con la belleza. Ya lo he dicho, la moral divina no me importa, llámame superficial y frívolo. Aquí nadie va a dimitir, exactamente igual que antes, sencillamente porque no va a perder los privilegios del aforamiento, a los que se agarra como una garrapata a un perrillo, que clama consuelo.


El descaro y la superioridad con las que usted se presenta es un plus añadido que le hace más abyecta, lejos de valerle para convencernos de la limpieza de su conducta. Para los griegos clásicos existía un concepto al que me rindo incondicionalmente: la Kalokagacia, lo bueno y bello. No era posible la bondad sin la belleza. Como las de esa niña por la que ahora nadie pregunta y a la que, con nocturnidad robaron, apartada de todo amparo. 

 

Por último, hay una cosa que roe mi curiosidad: todo eso que ahora niega en público ¿también estaba en sus conversaciones privadas con su ex o fueron reproches entonces? No quiero saberlo, solo era un recurso literario. Pero que sepa una cosa: A usted no la van echar ni van a dejar de protegerla, pero no porque crean sus argumentos, no. La van a mantener porque sino el castillo de naipes se iría al suelo. Y usted lo sabe. Esto es un pacto de truhanes. Y sus enemigos políticos tampoco harán nada, solo dejar caer a lo que ya se tambalea. Ni siquiera van a aplicar la máxima de Nietzsche: A lo que cae, mejor es empujarle. Y mientras, no preguntes cómo estoy. No preguntes.

 

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