
Mantengo que a Camilo José Cela, en vez de un premio Nobel, tenían que haberle dado dos: uno en cada mejilla. El de la derecha, por La familia de Pascual Duarte y el de la izquierda, por Viaje a la Alcarria.
Hace meses, realicé una travesía por la comarca alcarreña. Ya sé que setenta años son muchos para que perduren recuerdos del mítico recorrido que realizara Cela, pero me sorprendió encontrar tan pocas referencias al escritor y al libro que dio fama universal a la zona; apenas alguna desgastada placa en una desconchada pared. Al parecer, los lugareños no guardan un especial recuerdo del viajero que recorrió durante semanas a pie, en mula o autobús la comarca; ni olvidan que don Camilo, hombre de formas bruscas y hasta groseras, tuvo que abandonar por piernas los confines de más de un pueblo.
Quizás forme parte de la leyenda y del catálogo de desplantes que colman la biografía del mejor escritor español del siglo XX, pero cuentan que, años después, en el 73, Cela estuvo en Molina de Segura para dar el pregón de las fiestas patronales. Contaban las malas lenguas que el Ayuntamiento de la ciudad tuvo que pagar, además de los honorarios por el pregón ofrecido, los servicios prestados al novelista por una señorita de compañía en el Parador del Niño, el único hotel que entonces tenía la ciudad.
Ya que en La Alcarria no se prodigaron en cumplidos, en 2016, año del centenario del nacimiento de nuestro Premio Nobel, un grupo de amigos estuvimos a punto de rendirle un original homenaje: la idea consistía en acudir una madrugada a la puerta de El Niño y colocar una placa que recordase la visita que hiciera a nuestro municipio. Un texto en línea con sus famosos exabruptos, que seguro hubiese gozado del regocijo del escritor.
El día 17 de septiembre de 1973, en este hotel,
don Camilo José Cela, Premio Nobel de Literatura,
echó un memorable polvo,
siendo alcalde Fulanito de Tal.
Pero desistimos de la idea cuando, el entonces Concejal de Cultura, nos narró cómo fueron los hechos. El ya afamado escritor aceptó gustoso la invitación para ofrecer el pregón de fiestas. No cobró nada por ello, y solo solicitó dos pasajes de avión desde Mallorca, donde residía, y dos noches de hotel en un conocido establecimiento de Murcia.
Al aeropuerto de Alicante, acudieron a recibir a don Camilo el alcalde y su señora, acompañados de una nutrida representación de autoridades locales, entre los que no faltaba el cura y el Jefe de la Policía Municipal. Cuando descendía por las escalerillas de avión, la señora del alcalde se adelantó a la comitiva para entregar un vistoso ramo de flores a la esposa del escritor. Pero enseguida todos se dieron cuenta de que Cela no venía acompañado de su legítima, sino de una amiguita que lo asistiría durante su estancia en Murcia.
Así que, sin saberlo ni pretenderlo, aquella rancia corporación municipal pecó al financiar una cana al aire de quien, unas décadas después, sería Premio Nobel de Literatura.

