Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

ENTRE TÚ Y YO

Cumbres de papel

Ángeles Hernández-Gil Viernes, 01 de Julio de 2022 Tiempo de lectura:

 

La casa está en silencio. Todos duermen. Aprovecho para tomar apuntes, sentada en la cama, con la luz de la pantalla encendida. Las tres casas están ocupadas: una familia canadiense, y en las otras la familia. Es una situación habitual, entretenida, provechosa. Compaginar los unos con los otros, la discreción para no molestar, pero también la intención de hacer un poco de acercamiento cuando sabes que la gente está sola y necesita una mano tendida. Son situaciones que se dan con frecuencia en este paraíso del que tantas veces hablo. Pasar un fin de semana apartado del calor de la ciudad, donde los grados bajan, la tensión se regula y la convivencia se restaura.

 

          El verano es exigente, algunos lo cogemos con apatía, tantas cosas imprevisibles, que es mejor aceptarlo como se presenta y vivirlo sin más.  Yo puedo hacerlo, pero comprendo que ha sido posible después de muchos años. El verano tiene su encanto, momentos sublimes en los que nos detenemos para respirar de forma diferente. Ensanchamos la mente y los pulmones mientras aparecen pensamientos que no tienen trascendencia: -ya vendrá el otoño- nos decimos como remedio a este cambio de actitud, tan benevolente como incierto.

 

Pero variar la ruta, aunque sean imaginaria, da la capacidad de apreciar lo que cada uno busca, con emoción o sin ella, al enfrentarse con las consecuencias particulares. Cuando la gente hace planes el verano tiene su encanto mágico, para otros es todo lo contrario porque se escoge la normalidad, el noble intento, dentro del silencio ruidoso y caluroso, que ayude a cambiar la estructura interior que se repite cada año, dejando a un lado el largo y poderoso invierno. Solo eso. En mi caso, la simplicidad que necesito para vivir, como ahora mismo, aunque la tarde sea pesada y se mantenga una temperatura que no ha subido demasiado.

 

Nos protegemos mecidos por el viento. Agradecidos, bien, aquí, echando una ojeada a lo que ocurre. Sobre si las cosas se solucionan, si la guerra dará por terminada su barbarie. Si nuestro Mar Menor se enderezará por fin. Hay manifestaciones por todo. Nadie las prohíbe. Sin ser agorera pienso en la violencia y la agresión sexual, las manadas que dejarán su sello personal, sus herramientas de trabajo dentro de un fango vacilante, inseguro, como avispas zumbando para clavar el aguijón con la sensación de posesión absoluta. Nada cambia: libertad malinterpretada, desigualdad, confusión, maldad ¿Podría desaparecer todo esto? De esta manera se establece una monotonía que no rompe la rutina, consejos que son complicados.

 

Sí, como una vuelta de tuerca oxidada le he dado al texto un giro hacia una esquina más próxima a la conciencia. No hay por qué sonrojarse; desde el principio de los tiempos ocurren estas cosas. No hemos cambiado tanto. Las palabras han sido y son un desahogo que vienen bien, de vez en cuando.  No sé si es mejor escribir sobre asuntos más amables, pero hoy me sentiría vacía, sí, incapaz de resolver lo que tengo delante, si no me detuviese en estas consideraciones.

 

El verano nos hace olvidar, para después retomar. Apartamos lo que perturba la mente, intentando enderezar nuestra parcela que se ha deteriorado por el uso. Recuerdo a una amiga que en su afán de alejar la toxicidad en su vida optó por no implicarse en nada. Una sensata solución si todo depende de esa actitud en la que se encuentra bien. Pero después de ese soplo de brisa sin contaminación vuelve a aparecer la incertidumbre de hacer, aportar algo, aunque sea con una fría serenidad que nos proteja de tanta irracionalidad solo para dar salida, en un instante, al pesado fardo que se niega a aligerar su contenido por sí solo.

 

Verano. Verano. Calor que nos deja en desventaja buscando días maravillosos; sí, algo perezoso del estío detiene unos segundos esa tarea que nos empuja más allá de la corriente mientras me apoyo en un poema que dará sentido a lo que acabo de escribir, de Paco Carreño:

 

Un imprevisto golpe de aire estremece las hojas.

Un poco más tarde cruje la madera.

El árbol se convierte en viento;

el viento, en árbol. Juntos completan la voz que no tienen.

 

¡¡Con mi deseo de una semana feliz!!

 

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.