El hombre mediocre
“Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás" (José Ingenieros, Palermo 1877-Buenos Aires 1925)
En esa búsqueda de lecturas del pasado he quedado fascinado con la figura de José Ingenieros, pensador polifacético, médico, filósofo ítalo-argentino, y contemporáneo del gran Ortega y Gasset, modelo de pensamiento, profesando, como muchos, Azorín entre ellos, ese “anarquismo noocrático” tan sincero e interesante, que, a principios del siglo pasado, propugnaba la participación social y política activa “de los que realmente saben”.
Entrar en su obra más conocida, 'El hombre mediocre', es profundizar en nuestro idioma con una variedad de giros y adjetivos que impresionan, leyendo máximas en el mejor castellano que superarían en calidad a Gracián y a muchos de nuestros escritores contemporáneos a una vez. Pero principalmente es disfrutar de un pensamiento sin imposturas ni complejos que asombra, con una actualidad que sobrecoge. Tanto que genera la ilusión de imaginar, si acaso, que estos cambios políticos, recientes en el mapa autonómico, apunten hacia una nueva tendencia para superar por fin la deriva intelectual que nos acompaña, fruto de este populismo, cutre y rancio, protagonizado por personas de poca altura de pensamiento, con tan poco sentido de nación y de servicio a los demás, que ponen en serio peligro a esta democracia gastada, en la que ya no creemos, agotada por descrédito.
Refiriéndose al fenómeno de la “mediocracia” decía Ingenieros algo muy significativo, partiendo del pensamiento de un filósofo ejemplar, uno más de esos pensadores de cuyo estudio quieren privar a nuestros jóvenes, no sea que en algún momento piensen por sí mismos y se tornen subversivos:
“Platón, sin quererlo, al decir de la democracia "es el peor de los buenos gobiernos, pero es el mejor entre los malos", definió la mediocracia. Han transcurrido siglos, la sentencia conserva su verdad. En la primera década del siglo XX se ha acentuado la decadencia moral de las clases gobernantes. En cada comarca, una facción de vividores detenta los engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno a cuantos desdeñan tener complicidad en sus empresas. Aquí son castas advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de parlaembalde. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar con ideas su monopolio del Estado. Son bandoleros que buscan la encrucijada más impune para expoliar a la sociedad.”
“Parlaembalde”, qué riqueza de expresión olvidada y cómo define tanto a nuestros gobernantes, licenciados en vulgaridad, “el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de su mediocridad, pues la custodian como al tesoro el avaro”. Las cosas parecen no cambiar tanto.
Y es que algunos idealistas sueñan con que se aproxime ese cambio necesario que saque de sus cátedras a tantos impostores, empezando por algunos amañados intrigantes de este gobierno Frankenstein. Pocos a la altura de lo que cabría esperar de ellos. No digamos nombres, por todos vale uno solo que los encabeza con soberbia y los representa, siendo más listo y truhan que los demás. Probablemente sea el único de ellos que sabe que dentro de un año no estará ya en su atalaya, y se le nota en el semblante. Aunque aún nos podría sorprender durante este tiempo de espera.
Qué desprecio más a la empresa se puede hacer con esa reforma concursal que nos estallará en las manos en medio del verano, priorizando aún el crédito público por encima de los demás; qué más contra la economía, con esos precios inflacionistas provocados por esa subida de la electricidad y de la gasolina, que toda actividad doméstica y empresarial contaminan; que más, recaudando ahora esos créditos ICO desbocados que antes nos vendieron; qué esperar de la nueva “memoria democrática”, desatando pasiones enterradas para ver si ahora nos matáramos de nuevo; qué más se puede hacer contra sus propios votantes, engañándoles con ese color rojo intenso de fondo de un socialismo involucionista, que se aparta de ese liberalismo inclusivo y tolerante, alentando a los que, ignorantes, se abrazan a un comunismo inviable y que, con su voto, condicionan a un país que necesita avanzar.
Qué será capaz de hacer. Estas personas embebidas de sí mismas, construidas sobre la mediocridad, son incontrolables, pues se les ha permitido, como diría Peter Principle, llegar a su nivel de “máxima incompetencia” y, encima, han venido disfrutando del éxito personal que les acompaña, acostumbrándose a vivir en él. Nuevamente diría José Ingenieros:
“Mirar de frente al éxito, equivale a asomarse a un precipicio: se retrocede a tiempo o se cae en él para siempre. Es un abismo irresistible, como una boca juvenil que invita al beso; pocos retroceden. Inmerecido, es un castigo, un filtro que envenena la vanidad y hace infeliz para siempre.
Donde medran oligarquías bajo disfraces democráticos prosperan esos pavorreales apampanados, tensos por la vanidad: un travieso los desinflaría si los pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta que retoza en su interior. Vacuo no significa alígero. Nunca fue la tontería cartabón de santidad".
Así que habrá que desear que se asiente esa corriente de cambio, que se persiga algún noble ideal, que los políticos que sustituyan a los anteriores se forjen en personas e intereses superiores, que elijan grandes equipos, que no se adopten ahora otros modelos ridículos y mesiánicos, como algunos personajes que tienen por todo mérito visitar, de cuando en cuando, con nuestro aplauso bobo, los medios y pasarelas para vendernos más mediocridad a cambio. Tampoco es ese el modelo.
“Hay que esperar mejores tiempos, sin pesimismos excesivos, con la certidumbre de que la reacción llega inevitablemente a cierta hora: los hombres superiores la esperan custodiando su dignidad y trabajando para su ideal. Cuando la mediocridad agota los últimos recursos de su incompetencia, naufraga. La catástrofe devuelve su rango al mérito y reclama la intervención del genio.”
José Ingenieros era masón y socialista. Eso dicen, al menos. Políticos de todos los colores deberían leerlo alguna vez. Sería bueno.






















