
La invasión de la tecnología en nuestras vidas ha acelerado una tendencia que venía ocurriendo y avanzando desde hace décadas, y es la imparable publicación de la vida, siendo cada vez más complicado tener una existencia privada solitaria y ajena al público. La calle se ha convertido en ruido anulando el derecho a una personal dosis de silencio, invadiendo nuestra esfera más íntima que tiene que acostumbrarse a convivir con el estruendo del ambiente, no dejando al individuo estar sólo y, quiera o no, debe estar con los demás.
Existe una clara tendencia, y más en estos tiempos, a propiciar la perdida de la individualidad del ser humano, que además favorece el deseo de algunos dirigentes políticos de no dar explicaciones complejas y a tener el apoyo de una masa poco critica a quien seducir con propuestas populistas.
Pienso que sólo la autenticidad y reflexión individual nos forja como personas, filtra nuestras ideas, y nos enseña a discriminar lo que es verdaderamente nuestro de lo que son opiniones anónimas derivadas del ambiente de la calle.
Al vivir, cada uno de nosotros se siente único y siente de manera exclusiva el placer, el dolor, el deber, el pensamiento y enfocamos solos nuestro destino personal porque, aunque vivamos acompañados no compartimos nuestra individualidad.
La tendencia es a una presión social y política cada vez más acusada para que perdamos nuestra unicidad; nos llueven ideas, modas, y gustos que nos hacen sentir que somos otro y nos disuelve en lo colectivo perdiendo nuestra exclusividad. La influencia de algunas redes sociales, especialmente entre los jóvenes, es claro ejemplo de cómo infiltrarse en la vida y experiencias ajenas para asumirlas o emularlas. Como me decía una persona muy querida en esta sociedad de tendencias se pretende comprar la felicidad sin cultivarla, se pretende proyectarla pero sin sentirla.
Hemos educado a nuestros hijos durante muchos años con una sobreprotección que les evitará dolor y sufrimiento, tomando decisiones que sólo a ellos deberían corresponder como experiencia de vida, como aprendizaje y como ejercicio de reflexión que les permitiera conformar unos valores y unas opiniones propias.
Hoy la nostalgia del rebaño sigue latente para sentirnos acogidos por la masa, sentirnos seguros y sobre todo gozar de la comodidad de no tener que esforzarse para elaborar un criterio personal en las opiniones o en la toma de decisiones. El espíritu crítico es muy exigente y requiere esfuerzo de reflexión y un conocimiento suficiente de la realidad analizada. Muchos prefieren una conclusión deglutida por otros para hacerla propia y ahorrarse ese esfuerzo.
Cuando tu vida discurre en medio de obligaciones y responsabilidades laborales y familiares, cuando además se produce en un ambiente de convenciones sociales o criterios morales, las decisiones de la persona se ven condicionadas y probablemente alejadas de ese sentir exclusivo que te requiere del silencio para acercarte a tu verdad y por tanto al ideal de felicidad. No es incompatible con el deber y la responsabilidad enfocar nuestra vida a la ilusión y la plenitud que la justifique y le dé sentido.
Antes que un movimiento político o económico el liberalismo es una idea radical sobre la vida, entendiendo que cada persona debe ser libre para llenar su destino intransferible. Renunciar a ello supone abrir el paso a cualquier tiranía.

