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ENTRE TÚ Y YO

Sábado tarde

Ángeles Hernández-Gil Viernes, 08 de Julio de 2022 Tiempo de lectura:

 

La conversación me llegaba como en susurros, y quizás por este motivo agudicé mi interés en la pareja que tenía al lado en la barra de la cafetería. Ella estaba sentada en el taburete junto a mí, y, él de pie, se apoyaba a su lado; de este modo, si yo miraba hacia la derecha, podía verlo bastante bien; un cuarentón con barba desaliñada, pero que le daba un aire informal, mundano, con buena pinta. La chica parecía atractiva: melena rubia y vestido ajustado con cadenas en la cintura. Las piernas las tenía cruzadas en una posición sofisticada, con aspecto desenfadado, muy sugerente.


Me hubiera encantado volverme con toda naturalidad y observarlos sin reservas, pero me tuve que contener y hacerlo de reojo, disimuladamente, porque sentí que había algo en ellos que reclamaba mi atención. Mi sentido de la observación, me hizo verlos de una manera idealizada, perfectos; una bonita estampa que dotaba de glamour a la barra de este bar, igual a cualquier otra en el mundo. Esa había sido mi primera impresión.  


Una pareja diferente y atractiva. Me entristeció pensar que si hubiesen sido ellos los que se fijaran en nosotros, habrían tenido una opinión bien distinta. Me sentí un poco celosa. A partir de ese momento me volqué en recordar cosas positivas y no las negativas de mi vida. Estábamos solos, picando algo antes de ir al cine. Cada vez nos apetecía menos salir a cenar con el grupo de siempre. Eran amigos de esas salidas sociales, de fin de semana, donde los hombres por un lado y las mujeres por otro hablábamos de banalidades.

 
Mis suposiciones iban por un camino con márgenes diferentes. Estábamos en la misma barra, pero no susurrábamos y no nos hacíamos confidencias; no existía complicidad alguna entre mi pareja y yo. Todo estaba dicho, y nada interesante nos pondría alerta, ni se agitaría nuestro corazón, más allá de acontecimientos cotidianos o familiares. Nuestra vida estaba solucionada correctamente, sin planteamientos que tambalearan la armonía conyugal. 


No éramos infelices, lo teníamos todo; nuestros proyectos como familia, que imaginamos de jóvenes, se habían realizado. Y teníamos una amable convivencia sin molestarnos, ni alterarnos. Un programa inteligente y moderado en el que se basaba nuestro día a día. Pero que ahora, en este instante, mi pensamiento volaba sobre cosas que se nos escaparon, sin darles su valor, porque entonces estaban presentes, seguras. Y me preguntaba cuándo dejamos de decirnos que nos queríamos; o temblar con sólo mirarnos; o inventar alguna palabra de amor…  


Mi meditación se interrumpió cuando los susurros pasaron a ser palabras que se dejaban oír con claridad. Giré la cabeza en un impulso más fuerte que mi discreta postura hacia lo que escuchaba. Pude ver el perfil sosegado de la mujer. Un reflejo de la persona que pisa fuerte en sus palabras.

 

- Cojo el tren mañana temprano. Regreso a Madrid. 


- No estarás hablando en serio, ¿verdad?

 

- Lo siento, pero he decidido dejarte.


- Pero… estás loca. ¿Qué te ocurre? 

 

- No lo sé, pero no puedo más. 


- Pero, ¿no te das cuenta de la estupidez que vas a hacer?

 

- No encuentro otra solución. Lo he pensado con calma y es lo que quiero.


- Pretendes huir, estoy seguro. Te conozco bien.


- No creo que sea una sorpresa para ti. Hemos hablado mucho de este tema. 

 

¿Esperas que voy a creer que vayas a encontrar la felicidad, persiguiendo una relación basada en una búsqueda caprichosa e incierta? No soy tan inocente.

 

Era una súplica hecha con la impaciencia puesta en unas palabras que podían dañar, seguramente. Ella le puso una mano en el hombro queriendo suavizar su ímpetu que, sin esperar respuesta, continuó con la certeza de que su baza estaba perdida:


 - Sé quién es. Y no le cambiarás. Aunque lo intentes. Lleva un largo recorrido a sus espaldas y no creas, ha pasado muchas veces por lo que te está proponiendo, como si fuera una situación nueva y quisiera sorprenderte.

 

Ella sonreía con la tranquila seguridad que hace suya la persona que ha creído encontrar lo que busca. Los miré, esta vez descaradamente. Sin pudor. Sin importarme que me llamaran la atención.

 

- Pero insisto; si no te dejas engañar por él, pronto llegarás a echarlo fuera de tu vida. Tú, a pesar de todo, eres vulnerable. Te conozco muy bien y creo que perderte no es más dañino que tu elección abandonando nuestros años en común. 
    

La voz del hombre se quebró, mientras la mujer mantenía una calma difícil de alargar. Sus manos ya no buscaban rozar a su compañero con una caricia bondadosa, ni dar respuestas al aire. Ellos se planteaban muy serios una situación por la que pasaban en ese instante de sus vidas. Y mientras ella perdía mucho de su compostura emocional, él se dio una última oportunidad, con un resquicio de energía apesadumbrada.

 

Recuerda cómo nos gustaba el peligro, la aventura, rozar lo imposible. Nuestros viajes comprometidos con la ausencia de rutas planificadas. Todo esto nos mantenía en continua agitación. Pensábamos que no vivir al límite nos restaba aliciente, incluso amor. Lo demás nos parecía quedarnos fuera de juego, sin entender nada, siendo viejos…, pero, ¡no quiero perder más tiempo contigo! 


La conversación se había convertido en un monólogo doliente, como una provocación o una invitación hacia unas palabras, que ella no pudo evitar por más tiempo.


- Claro, llevas toda la razón; esa vida maravillosa nos ha hecho adictos a un espacio artificial, prefabricado. Siempre en movimiento. Pluralizabas tus decisiones. Nunca me preguntaste si quería tener hijos. ¡Y sí los quería! Pero dabas por hecho que sería romper nuestro plan, ¡el tuyo!, tan fabuloso, donde no había espacio para mucho más, ¡y estoy harta, cansada, desilusionada.


Ahora sí le acarició la cara, pero fue como despedida. Se levantó sin mirarlo esta vez, y salió a la calle.


No quise continuar con la intriga que tanto interés había despertado en mí. Fue fugaz y dramática. Se habían sentado como unos extraños que a lo mejor habían interpretado una escena de gran impacto para salvar algo de ellos. Por más que tratara de frenar mi corazón, durante intensos minutos quedaría colgada en la oscuridad de esa confesión.


Y, de repente, caí en la cuenta de que no habíamos hablado una palabra, yo que había estado ajena todo el tiempo, y tampoco se reclamó mi atención.


Salimos a la calle con aspecto sombrío, muy callados, y adelantándome a cualquier propuesta, me oí decir: ¡Vamos a casa! 


    
¡Hasta la semana que viene!

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