La nueva y mágica jerga política
Nombrar es llamar a la existencia, esa vieja máxima que siempre ha estado presente desde la Edad Media, al menos, bajo ésta u otra fórmula. Para ser denostada o para ser un arma infalible con la que argumentar todo. Desde las cosas más pequeñas a la existencia de Dios. San Anselmo de Canterbury fue uno de los máximos exponentes de este instrumento argumentativo. La cosa, en términos coloquiales va de lo siguiente: no se puede hablar, pensar, en suma, nombrar a algo si no existe y, si se puede nombrar, a su vez y de manera inefable, es que tiene que existir sí o sí.
Por lo tanto, tienen un poder las palabras, los nombres, las afirmaciones, que bien manejados, pueden resultar la mar de convincentes. Y es en ese poder de invocación donde ha surgido esa nueva jerga política que con tanta precisión, destreza y astucia muchos manejan. Aunque alguno de ellos haya pasado a mejor vida…en su pequeña taifa de los medios de comunicación, de donde surgió para redimirnos.
Hacen de la verborrea, de los lugares comunes, de los 'mantras' como ellos mismos dicen, un oficio de truhanes, cuando no de tinieblas. Porque es ahí donde mejor se manejan y donde crean una realidad paralela que termina por usurpar su lugar a la realidad verdadera. Y entonces surge la posverdad. Uy, peligro. Si mi madre levantara la cabeza y me preguntara qué es eso de la posverdad de la que todo el mundo habla, incluso en el Más Allá, yo le diría “mamá, la posverdad es la mentira piadosa de toda la vida” es decir cosas a conveniencia para que nos crean, porque esa forma de verdad es oír lo que queremos oír, es la verdad que no se basa en la certeza, sino en lo deseable para el oyente que, a su vez, el que la manifiesta usa en su propia conveniencia. De hecho, muchos partidos, nopartidos, coaliciones, plataformas, convergencias, ventoleras, mareas y tsunamis van de eso, ya no tienen siglas frías que nada dicen, ahora tienen bonitos nombres que incitan a adherirse a éllos. ¿O qué se pensaban? Otra vez el poder invocativo, movilizador de las palabras que llaman a la existencia. Y quien las domine así será el que se lleve el gatico al agua, o sea, la batalla del relato. Ya no importa convencer. Pobre de don Miguel de Unamuno. Ahora se trata de deslumbrar con palabras huecas, sin significado, a ser posibles nuevas, hechas ad hoc, más que palabras, 'palabros' por hacer, sin prisa para darles contenido y significado, nada de eso, cuanto más huecas sean las palabras, más eco tendrán… y más hipnóticos sus resultados. Adormecedores y felices en la nueva Arcadia mágica sostenible, indefinible, empoderadora, empobrecedora, incontestable, porque nadie la entiende. Hay que crear la cadena de demandas insatisfechas. ¡Viva don Ernesto…Laclau! De ahí viene que los gobiernos hagan oposición a la oposición. Lo importante no son la cosas, sino las palabras. Parece cosa de brujería, pero es lo que hay. Vaya.






















