
Aprovecho estos días para leer todo lo que puedo. Dispongo de tiempo. A ratos necesito hacer una pausa dejando el libro que repose en las rodillas mientras lo acaricio como a un niño indefenso. Sus páginas son duras como el acero, aunque alguna vez contengan toda la sensibilidad del mundo. Me parece excesivo. Y es que he elegido una historia potente, de impresiones fuertes. Mis lecturas las tomo prestadas donde voy. Me gusta husmear en los estantes repletos de libros, como en este caso, un feliz descubrimiento en este verano que se manifiesta tranquilo.
Todos me apetecen, pero el principio de esta aventura la tuve con un regalo muy especial, escogido para mí, con todo el rigor indiscutible de la prosa de Ingmar Bergman, el director de cine capaz de despojar el alma del mundo corriente. Como la más dulce melodía hecha palabra me encuentro con el guion de una película de la vida de sus padres. Magnífico. No sé si me apasiona Suecia por este director o, al contrario, se funden mis preferencias en estas dos casualidades tan impresionantes.
Y he tenido un sueño. Todos los libros en el suelo, como aceras de papel en una librería, que nadie mira, señalando caminitos hacia las estanterías, que ya están sobrecargadas de libros. Contengo la mirada pues no conozco ninguno de ellos. Mezclados, han perdido su valor. Los títulos están escondidos. En la penumbra surgen dudas sobre las cosas. Formas oscuras impiden ser reconocidas. La gente no hace caso. Pasa de largo. Una señora tropieza con la punta del zapato en uno de los libros. Mira el suelo decepcionada: -a quién se le ha ocurrido la idea-. Yo me aparto sintiendo que es algo nunca visto antes, estúpido y peligroso; si el propósito era llamar la atención lo ha conseguido. Un maltrato a esos títulos, a esos autores consagrados en el Olimpo de las letras. La libertad de expresión tirada por los suelos.
De repente las luces se apagan. Desde la calle miro el interior. Los libros han desaparecido, no acierto a ver ninguno, todo está quieto, en penumbra. Ha sido un atrevimiento soñar este sueño, de hecho, he imaginado un largo camino con mis autores favoritos, pero no como una ofensa, sino aceptando sus servicios.
Pasan los días, las vacaciones cobran interés. Siento una recuperación pausada, lenta. La piscina me espera cada mañana y también cada tarde. Cerca del agua mantengo las distancias, no me apetece estar cerca de los vecinos. No conozco a la gente. Aunque mi seguridad sea pequeña, disfruto de esta soledad escondida detrás de mi cuaderno. Escribo un poco, pero los niños acaparan mi atención. Me gustan, los acepto como a los míos cuando revoloteaban sin cesar; siguen siendo fantásticos. Esperaré con paciencia, dentro de unos minutos todo se volverá calma, y yo también tendré que subir a comer, como todos.
Vivo estos días con incertidumbre. Vivo presa del cansancio. Parece que mi organismo está bien, pero hay días que necesito apartarme del calor, de la humedad, no sé, de todo. Envidio la simpleza de la gente. Vivir un estado de inquietud constante, un desdoblamiento interior, es como perderse en un bosque. Un lugar poco recomendable. Hago de mi escritura, cuando rememoro un tiempo diferente, un diario íntimo, un buzón donde caben los pensamientos más introspectivos, locos, absurdos, personales. Sin querer hacer partícipe a nadie. Pues nadie entendería esto que escribo, a la sombra y penumbra de la ventana. Arrecia el calor del mediodía.
Solo yo los disfruto por el trabajo que ha supuesto alcanzar esta libertad, esta independencia al margen de exigencias que vengan de fuera, pues cada rincón del espíritu encierra una advertencia para el cuerpo, como pliegues que se ciñen exigiendo un lugar resguardado, seguro. Zonas sutiles que custodian muchas de las cosas que me acompañan; las que hoy son realidad y mañana serán experiencias. Puro instinto de seguir evolucionando.
Sin embargo, me adapto a los argumentos de otros. Soy muy sensible a la crítica ajena. Por eso no intento nada fuera de mi trabajo silencioso, de hormiga que recoge lo necesario para sentirse protegida, para subsistir en el largo camino del invierno. Vivo en continuo movimiento absorbida por el respeto a los demás. ¿Es una equivocación? Quizá soy yo la que pierdo en este laberinto de contradicciones donde se escapa mi “yo” rebelde.
La voz de la conciencia se planta delante cerrando el paso, amarga y altiva, nada tiene que ver con la voz verdadera que alienta cada paso buscando la calma, la concordia. Así es la vida, un soplo por el que lo damos todo, una contradicción convencidos de que eso es la plenitud.
¡Feliz semana de julio!

