
Tengo desde hace tiempo en la mente un tema sobre el que quiero escribir, y para esta edición va a ser “el día menos pensado”.
De los más de 20 años que llevo como consultor y auditor en Sistemas de Gestión de Calidad e Inocuidad Alimentaria, hay un concepto que me ha cambiado la forma de ver las cosas; si ya de por si soy analítico, conocer y auto inocularme este concepto me ha hecho entender muchas cosas; fusionaré en el desarrollo de este artículo lo que intento explicarle, mi querido lector.
Hay un tema social cada vez más alarmante el cual conocemos todos y nos echamos las manos a la cabeza. He usado como fuentes la Organización Mundial de la Salud y el Instituto de Nacional Estadística para cotejar datos con los que no le aburriré.
La obesidad infantil es una alarma social, preocupante, peligrosa, que está en boca de todos y en estudio de algunos y con responsabilidad de nadie, identificándolo como una amenaza a una calidad de vida en detrimento, garantizando muchas patologías e hipotecando sobremanera los recursos de un país tratando enfermedades y paliativos, entre otras consecuencias.
Según las fuentes de investigación, hablamos de un 20% de obesidad infantil-juvenil; esos son los datos oficiales. ¿Desea saber cuál es el porcentaje real? En unas líneas le daré mis datos.
Permítame, mi querido lector, hacer un pequeño paréntesis con otro asunto que me ayudará a no dejar duda alguna sobre la conclusión de este artículo.
BRC (British Retail Consortium) es una de las Normas de Inocuidad Alimentaria más exigentes y referenciadas a nivel mundial. Cuando algo no es conforme a la Norma, ésta obliga no sólo a corregirlo, sino a analizar la CAUSA RAÍZ para que exista dicha no conformidad, para que al corregirla nunca más pueda repetirse.
Bien, analicemos esto: ¿Un niño qué come para engordar? La respuesta es clara, evidente y sobre todo vergonzosa: lo que sus padres le dan y por ende, lo que ellos aprenden por conocimiento racial, ni más ni menos.
Con la llegada de la tecnología, se abren grandes posibilidades de aplicaciones y en los niños y jóvenes mucho más, ya que se puede acceder a muchísima información, aprender de un modo audiovisual, etc.
Sin embargo, no hemos hecho esto, hemos usado la tecnología para que en parte nos sustituya, al igual que con la alimentación o la inoculación de un tipo de vida.
De sobra sé en el mundo que vivimos: loco, caótico, estresante, competitivo y repleto de obligaciones que hacen que cuando lleguemos a casa, no nos apetezca estar guerreando con “los peques” para que se coman la verdura, salir a jugar al parque con ellos u otras actividades que nos corresponden como padres.
Los días son largos, las ganas pocas y el tiempo escaso; es mucho más fácil que nuestros hijos tengan un videojuego, que se entretengan solos que estar con ellos, jugar al aire libre, o invertir nuestro tiempo con ellos, tiempo que les pertenece por derecho y no le damos, víctimas de nuestro ritmo de vida.
Vamos aportando soluciones egoístas que resuelven el problema a corto plazo y creando graves factores de riesgo de calidad de vida a nuestros descendientes, fomentando el aislamiento, la ira, la dependencia a aparatos electrónicos y mermando cada día más las ganas de interactuar con sus semejantes y con nosotros, los padres.
Cuando llega el fin de semana, lo único que deseamos es descansar de la batalla semanal y cierto es, que lo que menos nos apetece es estar batallando porque hay que comerse las verduras, la fruta, etc. ¿Solución? Vámonos todos al McDonald’s (por ejemplo) y los niños contentos, que para eso es fin de semana. ¿Los… niños contentos? Vamos a ser claros, ¡nosotros más tranquilos!
Les estamos enseñando que la comida chatarra es una fiesta, un premio, diversión.
Cuando salgo a cenar con mi familia, cada vez veo más tablets en las mesas para los niños y los adultos con el móvil con un silencio total en la mesa, fomentando el aislamiento y devastando la unidad, la comunicación, el acercamiento con los suyos, acción que se repite una y otra vez hasta que al final forma parte de sus vidas.
Discutir con ellos porque no se comen una fruta, es doloroso, vergonzoso y triste pensar “pues le compro un bollo que le gusta y al menos come, que sino ni eso”, por ejemplo.
El porcentaje de obesidad infantil REAL es de un 2,5%, debido a patologías o desajustes hormonales, básicamente, el resto está creado por nosotros; con la educación que les damos a nuestros hijos, les estamos enseñando un estilo de vida que, por no molestarnos en educarlos, lo único que conseguimos son que sean proclives a enfermedades, rechazo social, aislamiento, depresión y por supuesto, sobrepeso, que es realmente la causa raíz de un problema causado por nosotros, a nuestros propios hijos, problema que ponemos como problema de la sociedad y ha nacido en cada hogar, por anteponer un derecho que les pertenece con una egoísta elección para nuestra comodidad.

