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ENTRE TÚ Y YO

Cuento de verano

Ángeles Hernández-Gil Viernes, 29 de Julio de 2022 Tiempo de lectura:

 

           Nadie sabía explicar por qué los pájaros que sobrevolaban la Casa de las Luciérnagas perdían el sentido de la orientación y se lanzaban en picado al mar. El alcalde, que no desaprovechaba ocasión alguna para llenar de contenido sus sabios consejos, sudó la gota gorda cuando intentó describir el asunto de los pájaros ahogados como una alegoría de la soberbia humana. Perdido ante una retórica de titubeos, recurrió a romper la cadencia de la didáctica y se le desorganizó el discurso. Muy desanimado, aplazó para otra ocasión la vehemencia de su magisterio amenazante, cuando observó que los fieles vecinos se miraban unos a otros preguntándose perplejos qué relación podría existir entre los males del pueblo y una humilde bandada de gorriones desorientados que caían al mar.

 

          -Tan sólo se trata de evitar lo que nos espera, por querer imitar lo que ocurre en otros lugares, haciendo cosas que nunca se nos hubieran ocurrido –decían algunos.

 

          Las pesquisas dividieron a la asombrada concurrencia. Unos sostenían que la desgracia se debía a un simple caso de contaminación: 

 

          -Lo que pasa es que beben las aguas de los saladores y se vuelven locos.

 

          Otros, incrédulos y contundentes, replicaban: - ¿Y desde cuándo los pájaros beben agua salada?

 

          -Pues mirad, a lo mejor tiene razón el alcalde, muchas cosas raras están sucediendo. En el mundo confluyen misterios que no se resuelven, así como así, ¿es que no os dais cuenta?  Pues esto es otra señal más. Los pobres gorriones tienen su vida programada en el aire tanto o más que nosotros pisando la tierra, así que no es de extrañar que estos pajarillos detecten algo raro en su vuelo y los desoriente de su ruta. Ellos no son tontos –apostilló con vehemencia un hombre, que había estado escuchando, y que se había unido al corrillo, que salía en ese momento del ayuntamiento. 

 

          Todos se quedaron perplejos de la perorata que había soltado Hilario, el más viejo, solitario y callado habitante de esa comunidad pequeña, que hablaba sólo en contadas ocasiones, pero siempre con un tono de saber bien lo que decía.  Como no se prodigaba en sus razonamientos se extrañaron de la firmeza al dar su opinión en un asunto de tanta importancia. En el pueblo no solía pasar nada que alterara la paz de sus habitantes. Los días transcurrían lentos, largos, no había mucho de qué hablar, y el tema que se había sacado a la palestra animó los comentarios con una fogosidad inusitada que les hizo sentir en su fuero interno un cosquilleo excitante ante un acontecimiento que no dominaban; desconcertando al mismísimo alcalde que era un hombre muy firme en sus opiniones. Pero ese día habían advertido la importancia que tenía el tema, al observar la inseguridad y el nerviosismo de don Ernesto, que así se llamaba el señor alcalde.

 

          Y a Hilario el corazón le golpeó con fuerza, previendo algo grave. 

 

          Encerrada entre montañas suaves y benignas, la aldea tenía una situación privilegiada. Las pequeñas calas daban paso a playas escondidas a las que se accedía no sin dificultad, donde no se podía pensar en más belleza, manteniendo un clima que atraía la lluvia como un imán, al igual que a los forasteros que llegaban en verano y sabían apreciar lo bueno.

 

          Nuestro hombre era un observador exigente, un perro viejo que sabía distinguir con exactitud los ciclos vitales que se producían en su estrecho mundo, donde había vivido siempre. Nunca había salido de su pueblo, pero, con la precisión de un profeta, conocía todo lo que se movía y se cocía en su   limitado espacio; y siempre pendiente de los cambios de la naturaleza, en la tierra que lo había visto nacer… - ¡Que le preguntaran a él! - se decía satisfecho de su elocuencia. Sabía que el agua que bebían los pájaros era dulce, limpia y transparente. En su vuelo diario sus picos buscaban encontrar placeres nuevos, jugueteaban con lo que el aire les proporcionaba, rechazando lo perjudicial. –Los pájaros son muy sabios- pensaba en las largas jornadas de observación. Y corrían a ponerse bajo techado cuando sus movimientos cambiaban de dinámica, sin control, se agitaban y revoloteaban ansiosos anunciando tormentas y ventiscas.

 

          Pero de la misma forma que el alcalde había sentido una desazón nueva ante un hecho tan insignificante como extraordinario, Hilario se incomodaba incapaz de resolver este enigma. Demasiado sabía que, en casos de alerta o miedo, estos pequeños seres buscan en su instinto alguna voz que les guíe hacia un sitio seguro; las bandadas de gorriones van y vienen anunciando ciclos de supervivencia, y lo que estaba ocurriendo se le escapaba a su ciencia natural, primitiva, igual que a sus convecinos; lo que presagiaban esos pobres pajaritos esparcidos por la playa… ¿Qué podría ser?   

 

Y allí, sentados en los bancos de la plaza, los golpes de los bastones en el suelo sonaban autoritarios, y debatían opiniones tan terapéuticas que calentaban las opciones más dispares, como también las más sabrosas, respecto al tema de marras.

 

          Los jóvenes ansiaban un futuro más cierto con expectativas razonables que les hiciera salir de la simpleza y monotonía en que se iba convirtiendo su vida. Vivían rodeados de ancianos acomodados en sus pequeños logros agrícolas, con sus huertos y animales, que les ocupaban el día y sus existencias modestas, agradecidas a la falta de otras compensaciones. Los que quisieron salir de allí se fueron buscando horizontes un poco más apasionantes para sus familias. Nadie puso mala cara a ese abandono no solo de la tierra sino de los vecinos que siempre lo habían compartido todo; una comunidad tan sólida y resistente como el bello paisaje que cada día les infundía motivos más que suficientes para seguir allí. Sabían mirarse a los ojos limpiamente, alejando rencores y sinsabores. Tenían suficientes razones para amar ese pequeño rincón escondido. Hablaban de estas cosas, sentados en los bancos de la plaza, como si tuvieran que justificar una forma de vida, ya en desuso, que precisara argumentos, mientras observaban el cielo sintiéndose parte de él, amigos muy cercanos, aprendiendo de los amaneceres y puestas de sol; tan tibios, tan agradecidos que no importaba vagar en sus elucubraciones.

 

          A nuestro buen anciano, aunque deseaba dar una impresión de ¡aquí no pasa nada! lo cierto es que estaba muy preocupado. Una mañana cogió su bastón y se fue a hablar con el alcalde cuando salía de su casa. Era el único que podría comprender la zozobra que le corroía por dentro. El buen hombre se imaginó a lo que venía, pues bien sabía que Hilario era muy impresionable, además de poseer un genio muy vivo. Siempre habían sido buenos amigos, fue muy sencillo unir la autoridad cívica de uno, con el sentido común del otro. Para el resto de vecinos lo que ellos decían era la ley, sin más comentarios.

 

          Sus paseos por la playa eran largos y fructíferos. Sus mentes fluían libres, por vericuetos fabricados sin control. Por supuesto conocían un hecho que evitaron darlo a conocer. Les incomodaba, pero no vieron necesario pregonarlo.

 

El viejo caserón, estaba un poco apartado, encima de una gran roca, con el mar debajo que formaba una pequeña cala de difícil acceso. Sus dueños dejaron de ir y nadie se hacía cargo de cuidarlo y mantenerlo. No se volvió a ver a persona alguna, aunque era muy probable que lo hubieran utilizado en alguna ocasión. Podría tratarse de jóvenes del pueblo y no querían problemas.

 

En uno de sus paseos nocturnos, observaron, no sin cierto asombro, que había luz dentro de la casa, se acercaron con curiosidad. - ¿Te has dado cuenta Ernesto?, hay una luz encendida. Cuando estaban solos se llamaba por su nombre y se tuteaban. Delante de los demás miembros del pueblo guardaban las formas de autoridad llamándose de usted.

 

          - ¿Nos acercamos a ver?

          -No sé, no sé, es muy extraño. A ver si hay pájaro encerrado –dijo Hilario pensativo.

          -Pues por eso mismo tendremos que asomarnos.

          -Pero ¿para qué, si no vamos a llamar y menos entrar?

          -Por lo menos debemos asomarnos, es la luz de la cocina.

 

          No hablaron más. Con tiento y mucho recelo se acercaron y miraron por la ventana. Se veía gente trajinando. Pero había otra luz escondida, casi apagada en la playa, muy cerca de una barcaza encallada en la arena, muy poco iluminada. No sabían qué hacer. También allí había movimiento de gente. Arrastraban bolsas de plástico hacia la casa. El corazón se les iba desbocando, maldiciendo su paseo nocturno. Estaba claro que estaban haciendo una entrada ilegal de drogas desde el mar, a la casa abandonada, desde donde se distribuirían: - ¡sabe Dios a qué lugares! dijeron mientras se santiguaban.

 

Los dos hombres se miraron horrorizados. Habían encontrado el punto central del problema que acuciaba a todo el pueblo. No podían hablar, no sabían que decirse, solo intentaron esconderse entre los arbustos del descuidado bosque alrededor de la casa, y huir como si fueran ellos los intrusos.

 

Habían comprendido a los pobres gorriones, que volaban por la casa, entraban y salían de allí saciados con lo que creían que era comida; droga pura y dura preparada para consumo humano. Y se lanzaban con curiosidad buscando esa especie de alimento, que se transformaba en fuego maligno dentro de sus diminutos cuerpecillos.

 

¡¡Nos volveremos a ver en septiembre!! ¡¡Felices vacaciones de agosto!!

 

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