La carrera del Cíclope
Playa de la Caleta
“Corrí derecho hacia el océano, y cuando llegué noté que ya había llegado lejos y que, tal vez, debía dar la vuelta y continuar corriendo” (Forrest Gump)
Hoy no saldré a correr pero ya pienso en la próxima salida, que será la última para despedir el verano. Son catorce kilómetros de ensueño junto al Mar Mediterráneo. Me tendré que imaginar todo el año esta carrera hasta el siguiente, si es que la Vida quiere la haga nuevamente, como siempre vengo haciendo desde hace tantos años, pues, aunque hago por imaginar que volveré a repetirla en el invierno, sé que no lo haré realmente hasta el verano que viene. Por motivos que no consigo explicar, nunca lo he hecho en otra época del año, ocultos motivos que nada tendrían que ver con mi verdadera voluntad.
Es temprano y el sol acaba de salir de un horizonte rojo que no tiene fin. Inicio mi camino andando, motivado, oculto tras mi gorra gris y mis gafas negras de cíclope encantado. Mi reloj Garmin me dice que esto es real y la música, especialmente escogida, suena en mis oídos recordándome quien soy, qué momento vivo hoy, y algo me dice que esta vez, como en cada despedida, disfrutaré de esta salida como si no hubiera un mañana.
Dejo la Punta del Cuervo con La Barraca al lado derecho. Llegando al puente pulso el crono y avanzo con paso corto. Resuenan mis zancadas sobre la madera y miro el mar a mi lado. Voy dejando atrás Campoamor y sus pinadas verdes, que cambiaré por palmeras y eucaliptos gigantes más adelante, dando a ratos, tanto verde, una sombra refrescante. Sigo el paseo y subo la cuesta dura, salto escaleras como un puma hasta llegar arriba, viendo, desde la enorme atalaya, las calas y ese mar azul de Cabo Roig que tanto me fascina. Bordeo el recorrido para regresar al mar en el estrecho paseo empedrado, pues un absurdo pleito nos ha robado un trocito de este paseo mediterráneo. Y, mirando la playa de La Caleta y los barcos del puerto, bajo la cuesta mientras sorteo las piedras con cuidado, como si fuera una niña que jugara a la rayuela, saltando.
La Torre me mira desde arriba y me saluda, y yo lo hago al Teniente Morejón que dio la vida por salvar a unos náufragos, una placa le rinde tributo, junto a una imagen de la Virgen del Carmen que adoro. Custodiada en su hornacina me da fuerzas para seguir el camino, un camino que debe durar todo un calendario. Un gesto de respeto, la mano en mi gorra se cuadra ante la Virgen marinera, y cuando avanzo, soplando mi espalda para darme impulso, agradecida por mi saludo, parece que lo hago flotando hacia el océano, como si cayera sobre un lecho de mar de plata que me llama desde el fondo. Los barcos ya navegan con sus velas desplegadas, sin apenas viento a esa hora temprana, y dejan a su espalda la Cala Capitán.
La música me acompaña todo el tiempo. Una curva con otra, una cuesta con otra, serpenteo y recibo la brisa y una nueva vista del mar al romper las olas con las rocas, una cala con otra, descubro mi fuerza y mi ocaso que sorteo con astucia para buscar esa paz prodigiosa. El sudor, que me empuja, me recuerda que aún vivo pero que soy mortal, y que no apriete si quiero llegar al final.
Cala Bosque y el Hotel de La Zenia irrumpen en mi camino, de golpe, y me esperan, pero sigo perseverante el paso estrecho hasta Cala Cerrada y hacia la Cala de las Estacas. Invito a verlas, corriendo o andando, que poco importa. Y en Cala Mosca, después de la Plaza, junto a la playa, llego a mi meta. Sonrío.
Miro el reloj de sol y vuelvo por donde vine, pensando que será aún más dura la vuelta pero que mi cuerpo veterano, misteriosamente, puede llegar un año más a completar ese largo recorrido, como si Dios y el diablo, a un tiempo, se hubieran puesto de acuerdo conmigo para que pueda seguir mi camino, como un niño.
Miro mi muñeca y paro el tiempo. Garmin me ha dicho que todo ha ido bien, que aún tengo veinte años.
¡Corre Forrest, corre!





















