
Vuelvo a retomar la rutina diaria cuando el verano languidece solo en las fechas, pues el calor arrecia tanto como al principio. Dicen que durará más que otros años, y mientras seguiremos asumiendo esta situación que no parece tener vuelta atrás. Cuando salgo a caminar suelo buscar zonas verdes, recovecos donde aparecen árboles en las esquinas de algunos edificios bajos que me orientan por esa especie de bosque urbano tan difuminado en una ciudad en la que predomina el asfalto. Pero soy optimista, y he adquirido cierta destreza para imaginar lo que no existe. Porque recrear las cosas que me gustan siempre es como diseñarlas, dibujarlas, hacerlas propias y sentirlas. Es un ejercicio para atraer lo que no está al alcance y se necesita como decorado de fondo a lo puramente esencial, momentos en los que la vida interviene rodeada de situaciones generosas.
Arranca septiembre llevándose el letargo de agosto, arrasando esa modorra que provoca días lentos. Recuperar el vigor se hace cuesta arriba. Las sensaciones van y vienen, los proyectos, el principio de una etapa que se presenta envuelta con incógnitas siempre imprecisas: dudas, discusiones políticas, guerras sin fin, estados de alarma. Todo lo necesario para hacernos despertar de este tiempo de ocio (quien lo haya tenido), y enfrentarnos a la realidad que ya viene de frente.
Pero nada será distinto. Todo fluye en la misma dirección siempre que pongamos ganas y nuevas expectativas a esta vuelta a la normalidad. Porque detenerse, a veces resulta terapéutico. Y es verdad que, de alguna manera, en mayor o menor grado lo hemos intentado, lo hemos conseguido. Son proposiciones que nos hacemos cuando la sobrecarga, emocional y física, nos pide un descanso, y el verano apuesta por esa puesta a punto.
Es en este momento cuando me vienen recuerdos que necesito guardar, hay razones, sí, sí, las vacaciones se quedan cortas solo si se ha aprovechado cada momento, y es verdad el dicho: “Lo bueno y breve, dos veces bueno” que yo lo mantengo como un amuleto de la suerte. Para todo lo que hago. El paseo por un Madrid alejado del bullicio habitual, donde al atardecer la contaminación parece no existir. Calles solitarias con edificios limpísimos, blancos, balcones de rejas impecables, todos como recién restaurados. Caminar observando detenidamente La Puerta de Alcalá mientras entra un claro y luminoso atardecer, murmullos de gente suficiente para darte cuenta de que la ciudad bulle sin ruidos. Callejear en esta situación de espléndida armonía, siempre merece la pena. Madrid es mucho Madrid: “Una excusa para contar historias” frase de Francisco Umbral que tanto escribió sobre la ciudad.
El Museo Thyssen es otra excusa para ver la exposición de Alex Katz, pintor nacido en Nueva York (1927), una de las principales figuras de la historia del arte americano del siglo XX, precursor del arte pop, que todavía sigue en activo, en “esa búsqueda de la perfección desde la máxima simplicidad, que es una constante en la obra de Alex Katz” como dice Guillermo Solana, director del museo. Por mucho tiempo que haya pasado retratando a su mujer una y otra vez, su admiración por ella sigue estando presente en su imaginación. Ada es su compañera, su musa, también su sueño permanente, una obsesión que dura más de sesenta años.
Recreo el agua como elemento que renueva, refuerza, regenera la energía agotada por el calor. Imprescindible en mi vida, que disfruto cuantas veces tengo la oportunidad. Aguas dulces y azules, otras de color esmeralda, pero todas transparentes, cristalinas, tan cálidas por el capricho de la temperatura que las mantiene con una suerte de distintos tonos cuando deja pasar fácilmente la luz. Creo que produce un gran placer disfrutar intensamente de lo que nos pertenece por cercanía, por entusiasmo de creer en estas percepciones de las que podemos participar. Siempre tendremos algo cerca. Nos quedará algún resquicio para ser medianamente agradecidos a la naturaleza, a las ciudades de nuestros sueños, a lo que podemos disfrutar sin sentir ningún aguijón que nos remueva por dentro, sin influencias excesivas, ni poderosos ejemplos de placeres imposibles.
Y es por eso que, en mis paseos solitarios, resuelvo un triunfo selecto, sencillo, silencioso, privado, cuando observo cualquier resquicio vegetal, me hace ir tras él con la intención de imaginar una belleza que existe porque necesito verla. Darme cuenta de saberme privilegiada solo por el hecho de mirar la vida, participar de ella, quererla y sentir que siempre nos devuelve lo bueno que hemos invertido en ella. Y hoy pienso en lo que dejó escrito otro pintor que siempre nos depara sorpresa al observar su obra, Vincent van Gogh. “¿Qué sería de la vida si no tuviéramos el valor de intentar algo nuevo?”
¡¡Gracias por estar ahí!!

