
Los días de verano van lentamente dando paso a la templanza del otoño. Tan soleado y lleno de vida, nos regocijamos al encontrar en esa época del año un alivio al estrés estival y nuevas bellezas por la innegable transición apenas presentida en estos primeros días de septiembre. Miramos al cielo y observamos la maravillosa paleta de preciosos colores que nos ofrece el firmamento para embellecerlo todo; y el sol, menos abrasador y más bucólico, regalo divino que poseemos, hace posible la vida y ensalza a hombres y mujeres que sin pesar lo observan, dando a sus semblantes nuevos tonos y enterrados rubores para la mayoría hasta entonces olvidados en sus rostros todavía rojizos. El grato frescor de la mañana, protegido en la memoria de aquel recuerdo tan seductor en medio del sofoco, vuelve a nosotros como el eco de una acorde musical lejano y desconocido que torna para conmover el cuerpo y el alma.
La tarde más corta, aquí en mi tierra, ataviada con nubes esponjosas y sedosas de color gris y destellos de oro apagado, bella y efímera como aquella primaveral donde veíamos menguar el caudal de las aguas, ahora hará rodar vivarachas corrientes que pulen la dura piedra antes de desembocar en los ríos y en los mares, y teniendo en la lejanía majestuosas montañas, el callado recuerdo de voraces riadas, avenidas e inundaciones, inalterables en su movilidad y destrozo, hacen brotar de algunos labios brutales presagios de toda aquella ruina perdida y aglomerada. La morriña del altísimo que nos hace pagar por nuestros pecados. ¡Dejad en paz esta tierra, irresponsables desalmados! En penitencia por la osadía de unos pocos, encargados de la metamorfosis y destierro descontrolado de los mares y la tierra, quedamos abandonados hasta nueva orden en el mismo destino.
Mi padre, apuntalando el recuerdo del suyo, da forma y crea vida con artesanía mientras sigue con sus ojos, tan iguales a los míos, las líneas que voy escribiendo. Asiente medio convencido de que el ardor candente e inédito de este último verano y el poco descanso, es el auspicio inseparable de una multitud de rostros y miradas desoladas. El sol se volverá a ocultar cuando con alterada presteza las corrompidas nubes negras cubran los últimos retazos de cielo enverdecido. El designio de salir indemnes, el respiro y consuelo no descansa sobre nuestros hombros. Si llega lo peor, ocultaremos el rostro entre las manos. Esperemos que aquel desgarrador temporal antaño denominado «Dana», desbandada de lluvia y sepultura de una tierra seca y árida, se despida por siempre sin arrancar un sollozo más de nuestros pechos.
Nunca los amaneceres de septiembre matizados de color carmesí dócilmente desfallecido fueron tan bellos, esperemos que sigan siéndolo por mucho tiempo. Dichosa alegoría que podríamos extrapolar a cualquier otro ámbito de nuestra vida, pues en ciertos y numerosos momentos avivados por el descontrol; y jugando en mi mente al carísimo ejercicio que se ha convertido vivir, revela en la gente de a pie un malestar que no nos es posible ocultar.
Nuestra mente hace cuentas y la mirada, ya más frustrada que antes, muestra que el sueño de regresar a una normalidad no era tan sencillo y apacible como nos habían prometido. Día a día notamos una contradicción poco agraciada y cada vez más perceptible, a pesar de la fingida normalidad que aleccionan los eternos, son ya muchas veces las que miramos el mismo cartel cuando después de tan solo un día, otra desconcertante subida de precio con toda naturalidad, impone un silencio a nuestros labios y bolsillos, seguros de repetir al día siguiente la suerte que tanto sabemos y padecemos.
Es ya para todos una dorada necesidad tener paz a nuestro lado; no perder un solo minuto de nuestra existencia abandonándonos a la desventura y la desdicha. Tratar de hacer un edén de esta gran casa revuelta. Ese es mi deseo y debería ser el tuyo. Algunos, confiando en esta tímida voz, revelarán la faz de un futuro prometedor, y, por ende, una salida. Tan simple como esta humilde creación mía, que ofrezco con la esperanza de ser escuchada. Que te conmueva su lectura, que te abrume el presentimiento. Escrita desde el silencio y la templanza.
¡Ay! Que sencillas serían las cosas si no nos empeñáramos en complicarlas. Personas divididas, desavenidas, encolerizadas, familias que se separan por siempre cuando una manzana podrida difunde el enfrentamiento, la avaricia y la miseria. Familiares y amigos que se pierden por la dejadez irresponsable del que se desentiende de la tarea más importante, no predica con el ejemplo ni aplica el justo rasero. Un pasado siempre mejor y más placentero, con su recuerdo melancólico hundido hasta el fondo. Unas miradas, ya más frías que antes, muestran que el sueño de unidad no era tan apacible como creíamos. Pues, siendo así las cosas, soy yo quien va a turbar en adelante el futuro de mi corazón: no lo dejaré en manos de nadie, lo haré objeto de mi vida.
¡Hazlo! ¡Mañana será tarde! Como todo en la vida, si quieres recibir hay que dar primero, no quitar con bajeza y menos cuando te sobra. Es en este proceso de intercambio cuando logras retener la felicidad y, sobre todo, la prosperidad. Haz que tu mirada al encontrarse con otras no tenga que ocultarse; supera esas nimiedades absurdas y rencores ilógicos y verás como tu vida se embellece de felicidad y orgullo. Esas trabas que se habían manifestado bajo tu batuta errada no sirven de nada: ellas fueron el comienzo de tu desgracia, y solo tú puedes decidir desde este mismo día que tu destino y el de los que te rodean, sea más grato que nunca.

