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ENTRE TÚ Y YO

El muerto/vivo

Dolores Gil Alcayna Martes, 06 de Septiembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

«Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos…». Así arranca La ridícula idea de no volver a verte, un maravilloso y sorprendente texto de Rosa Montero. Mujer curranta y exitosa donde las haya, de holgada y rica libertad emocional; independiente en todos los sentidos. A ella sí que le han pasado cosas emocionantes. Tal es así, que sus queridos muertos pueden estar plenos en su descanso eterno.

 

Yo, en cambio, regento un doliente catafalco lleno de insurrectos muertos/vivos, que ni viven ni se dejan morir. He de distinguir entre dos categorías de difuntos: los que mueren físicamente por las leyes naturales y perviven en la memoria del corazón con el mismo arraigo de estima que tiene la propia existencia; y luego están los otros, los que sus cuerpos son tangibles a la vista y al tacto.

 

Y casi siempre son los seres más amados y preciados: amantes, amigos, familia, etcétera.

 

Desaparecen de la vida real, pero se quedan incordiando de manera bronca en el limbo de las zonas más abisales del inconsciente. Es como si tuvieran un avatar diabólico con la virtud de interactuar con nosotros a través de un colgajo umbilical invisible, anexionado, conectado a nuestra línea temporal.  Forajidos asaltantes de caminos, te puedes encontrar su fantasma en cualquier rincón de las vísceras, al abrir un armario o, acurrucados en la cama, al acecho de un descuido.

 

[Img #92756]

 

Entonces, intentas procurarles un respetable y pomposo duelo, y la costumbre de la ausencia.

 

Si tragas el sollozo por el muerto/vivo, el estómago no lo digiere, amasa el bolo y le da vueltas y más vueltas, hasta que regurgita con espasmos insufribles los deshechos cáusticos, abrasando todo a su paso: esófago, lengua, dientes, días.

 

Sabes que están al otro lado del teléfono, en una ciudad cercana. Pero la textura de su dimensión emocional, de su espacio y tiempo es tan densa y fría que no puedes abarcarla y mucho menos, atravesarla. Dan la medida de un planeta lejano e inaccesible.

 

No soltar las riendas de la serenidad y la aceptación, hasta que la aflicción de su retórica constante aminore la marcha y amortigüe el rabioso dolor por no tenerlos. Ser consecuente, porque probablemente, una dicotomía de amor/odio nunca nos abandonará.

 

O, estoy rematadamente chiflada o, soy rarita de narices o, le pasa a más gente.

 

Tía Ana María, decía: «Dejad que los muertos descansen en paz». Pero, y si son ellos, los que no te dejan a ti. Si su mutismo furibundo aniquila tu silencio íntimo.

 

Intentas deconstruir los espectros de las personas favoritas, a veces se puede pero no se quiere y, viceversa. Quizá sea porque conforman lo que eres y, sin ellos, no tendrías la misma identidad de memoria.

 

¡Hay que ver cómo somos los seres humanos! Hoy, mi extravagancia pasa por escuchar música mientras escribo; no tendría nada de particular si no fuera porque es la que compartíamos mis finados y yo. En este momento necesito esa clase de chute, no puedo ni quiero apartarlos de mi mente.

 

Vaya revoltijo de cuerpos ardiendo en el infierno sin la confianza de un dios que nos asista. Daría lo que fuera por tener una máquina del tiempo: solo cinco minutos. Tan pronto pienso que, para ajustar cuentas, como para saborear, una vez más, el recogimiento de nuestra historia.

 

Debo ser una aguerrida kamikaze emocional porque vuelvo a la memoria de mis muertos/vivos.

 

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